La última frontera HUGO Moscú, 15 de abril de 1954 #2
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HUGO Moscú, 15 de abril de 1954 #2

—Hugo… —dijo Vlad utilizando mi nombre real, su voz sonaba más suave de lo que esperaba.

Llevaba años sin escucharlo en alto, pero en su mirada había algo más que un intento de tocar mi yo real para que dijera la verdad que ellos creían cierta, algo calculador—.

Ya te advertimos, ¿recuerdas? Te dijimos que no te metieras en líos. Esto se podría haber evitado.

Mikhail, a su lado, asintió. Su rostro era más duro, menos dispuesto a mostrar simpatía, pero detrás de esa máscara había algo más profundo, una especie de preocupación, como si esto fuera un deber incómodo que preferiría evitar.

—¿Por qué, Hugo? —preguntó Mikhail finalmente, con los ojos fijos en mí—. ¿Por qué arriesgarlo todo? Sabías lo que significaba hacer esos retratos. Sabías que no podías quedarte atado al pasado, que el régimen no toleraría ninguna forma de nostalgia por una Rusia que ya no existe.

Intenté hablar, pero mi garganta estaba tan seca que solo salió un susurro ininteligible. Vlad se inclinó hacia mí, su mirada más compasiva que la de Mikhail, pero no menos peligrosa.

—Te dijimos que pintaras lo que el gobierno quería —continuó Vlad—.

Sabías que era lo más seguro. Conseguimos que hasta te dejaran pintar a civiles, retratarlos.

Pero insististe en mirar hacia atrás. En desafiar lo que estábamos construyendo.

Hugo, en tiempos como estos, no hay espacio para la disidencia.

Estamos en una lucha constante, una guerra que no se libra en campos de batalla, sino en las sombras, en la mente de cada ciudadano.

La guerra no terminó con los nazis. El verdadero enemigo está allá afuera, en Occidente.

Estados Unidos, Europa… Todos ellos quieren destruir lo que estamos creando.

Me forcé a tragar, el dolor agudo en mi garganta me arrancaba una mueca de dolor, pero seguí escuchando.

—La amenaza capitalista es algo real, Hugo —intervino Mikhail, inclinándose más cerca—. Y cada uno de nosotros tiene un papel que jugar. Tú, con tu talento, podrías sernos útil. Podrías redimirte.

—¿Redimirme? —murmuré.

Vlad se acercó aún más y en su rostro se esbozó una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—El gobierno podría perdonarte, Hugo. No todo está perdido para ti. Sabemos que eres valioso. Tus contactos, tus habilidades, incluso tus conexiones con el extranjero y las vanguardias… todo eso podría servir a la causa. Pero necesitas darnos algo a cambio.

—¿Qué queréis de mí? —logré articular, aunque cada palabra me costaba un esfuerzo monumental.

Mikhail se cruzó de brazos y me miró con una mezcla de dureza y lástima.

—Queremos que trabajes para nosotros. Para la KGB.

Sabes que estamos en una guerra que no se detiene.

Los enemigos están por todas partes: en Occidente, en los propios ciudadanos que se rebelan en silencio, como tú lo hiciste.

Pero tú puedes infiltrarte en esos círculos.

Podrías pintar para los más poderosos del mundo, escuchar lo que dicen, lo que piensan.

Y, lo más importante, podrías ayudar a identificar a aquellos que no son leales.

Salir de Moscú cuando sea necesario, hacerlo en la propia ciudad, ayudar a la causa.

Sentí cómo el mundo se desmoronaba aún más. Querían usarme como espía… como una herramienta del régimen. Yo, que había intentado preservar una pequeña parte de lo que alguna vez fue mi vida, ahora me pedían que traicionara a los demás, que entregara sus almas a ese sistema corrupto.

—No puedo hacer eso —dije, mi voz quebrada pero firme.

Vlad suspiró, como si esperara esa respuesta, y se acercó aún más, hasta que su rostro estuvo a centímetros del mío.

—Si te niegas, Hugo, no serás el único que pague el precio. Sabemos dónde está Elena. Sabemos dónde está Anya. Sabemos el cariño que les tienes. Si te niegas a colaborar, ellas pagarán por tus errores. Serán arrestadas. Y no sobrevivirán a lo que tú has soportado aquí.

Un frío helado recorrió mi columna vertebral al escuchar esas palabras. Mi respiración se aceleró, y el dolor en mi pecho se intensificó.

—Ellas no tienen nada que ver con esto —murmuré.

—Pero eso no importa. Lo que importa es que el gobierno exige lealtad. Y tu lealtad es ahora la única cosa que puede salvarlas. No te equivoques, Hugo. No es una petición. Es una orden.

Mis pensamientos se desmoronaban bajo el peso de esa amenaza. Ver la imagen de Elena, inocente, de Anya, con su melancolía de los días pasados… No podía dejar que las destruyeran. Pero ¿a qué costo? ¿Convertirme en uno de ellos? ¿Ser una herramienta de la maquinaria que ya me había arrebatado todo?

—Tienes dos opciones —dijo Vlad, volviendo a su tono más conciliador—. O aceptas lo que te pedimos y trabajas para nosotros, como espía, como alguien que puede moverse entre los poderosos, o te enfrentas a la muerte. Y no solo a la tuya. A la de ellas también.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Sentía que cada segundo caía sobre mí como un peso imposible de soportar.

Tenía que tomar una decisión. Una decisión que definiría no solo mi vida, sino la de las dos mujeres a las que más quería en el mundo y con las que, a pesar de los secretos, había construido una familia entre las ruinas de lo que un día fue para los tres.

Vlad y Mikhail intercambiaron una mirada antes de que Vlad se inclinara de nuevo, sus ojos oscuros llenos de una frialdad calculadora.

El ambiente en la sala era pesado, cargado con la sensación de que algo irrevocable estaba a punto de suceder.

Sabía que lo que estaba por venir no era solo una amenaza.

Era la oferta más peligrosa que jamás recibiría.