La última frontera HUGO Moscú, 15 de abril de 1954
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HUGO Moscú, 15 de abril de 1954

E l sabor a sangre me llenaba la boca.

Estaba sentado en el suelo frío del calabozo, encorvado, tratando de evitar que el dolor en mi costado se agravara.

Notaba el hormigueo en los dedos, como si no pudiera volver a sentirlos, como si fueran ajenos a mi cuerpo.

Todo estaba oscuro, salvo por una rendija de luz que entraba por debajo de la puerta metálica.

Pero lo peor era la garganta, rasposa, seca, con ese sabor metálico que me recordaba cada segundo que seguía vivo. Que aún estaba allí, encerrado.

El niño fue quien lo había encontrado. Lo vi con mis propios ojos cuando se escabulló hacia la parte trasera del taller, donde guardaba esos retratos clandestinos.

Su mirada curiosa recorrió el lienzo con una expresión de asombro, como si no entendiera lo que estaba viendo, y yo supe en ese instante que todo había terminado.

La madre, o el padre, claro, fueron quienes lo denunciaron.

Era inevitable. Me había mirado con sospecha desde el principio, como si supiera que había algo más en mí que el retratista respetado que pintaba a su familia.

Tal vez ya habría oído rumores. No lo sé.

Solo recuerdo su expresión cuando el niño le contó lo que había visto.

Al principio, trató de no mostrar nada, pero en sus ojos estaba la condena, el juicio que ya había dictado en su mente.

Y, días después, los soldados estaban ante mi puerta.

El viaje desde nuestro apartamento hasta la oscuridad fue una sucesión de imágenes borrosas. El ruido de las sirenas, los rostros de los transeúntes, algunos mirándome con horror, otros con indiferencia, como si yo fuera solo otra pieza rota en el engranaje de la ciudad.

Me dieron una paliza cuando llegamos. No preguntaron nada al principio, solo golpes, patadas en el estómago, en las costillas.

Quería gritar, pero no lo hice. Me negué a darles ese placer.

Sabía que el dolor era inevitable, pero la humillación…

eso era otra cosa. Mientras me tiraban al suelo, pensé en los cuadros, en esos rostros que había tratado de preservar.

¿Los habrían encontrado ya? ¿O todavía estarían buscando?

En ese calabozo oscuro, con una quemazón en la garganta, pensaba en todo lo que había perdido.

En los años que había pasado pintando, en el esfuerzo que había hecho para mantener viva una parte de mí, una parte de la Rusia que una vez fue.

Pensaba en Elena, en su sonrisa perdida, en Anya y las noches en que compartíamos historias de un mundo que ya no existía.

Pero, sobre todo, en los cuadros, en esas pinturas que nunca debieron haber visto la luz.

Tal vez fui ingenuo, tal vez quise desafiar demasiado.

Creía que podía preservar el pasado, que podía salvar algo de lo que todos habían decidido olvidar.

Pero me equivoqué. El régimen siempre ganaba.

El sonido de los pasos en el pasillo me sacó del aturdimiento.

No sabía cuánto tiempo había pasado en ese calabozo, días, tal vez semanas.

La sensación del tiempo se desvanecía cuando cada minuto era idéntico al anterior: el frío, la oscuridad, el dolor latente en mis costillas, la sangre seca en mis labios.

Pero esos pasos… eran diferentes. Era como si la realidad se estuviera preparando para cambiar de golpe.

La puerta chirrió al abrirse, y dos guardias entraron.

No dijeron una palabra. Parecían dos calcomanías.

Rubios, altos, fuertes, enfundados en su uniforme militar.

Uno de ellos me tomó del brazo, sin ningún cuidado, tirando de mí como si fuera una marioneta sin vida.

Me tambaleé al levantarme, las piernas entumecidas por la falta de movimiento, pero me obligaron a caminar.

Sabía lo que venía. Todos los que terminaban aquí sabían lo que venía.

Me llevaron por un pasillo largo, iluminado solo por un par de bombillas titilantes que parecían a punto de apagarse.

Las paredes tenían manchas de humedad y el aire estaba impregnado de un olor acre, una mezcla de sudor, metal y algo más…

algo que no quise identificar o quizá no pude, pero que me recordaba a los olores que había respirado en mis años en Auschwitz.

Los gritos de otros prisioneros resonaban a lo lejos, apagados pero presentes, como ecos de una agonía que compartíamos todos.

Finalmente, llegamos a una sala. Dentro, había una mesa de metal, fría y desprovista de cualquier tipo de humanidad.

Dos sillas y, en una esquina, un cubo de agua.

Al fondo, una pequeña ventana con barrotes dejaba entrar una luz grisácea de una mañana cualquiera de primavera en Moscú.

Allí, esperándome, había un hombre con un rostro inexpresivo, vestido con un uniforme impecable, sin una arruga.

El interrogador o, lo que sería lo mismo, el mismísimo diablo en persona.

—Siéntate —ordenó, sin levantar la vista de los documentos que tenía frente a él.

Me empujaron hacia la silla y uno de los guardias se quedó en la puerta, mientras el otro se mantenía cerca, vigilante.

El interrogador levantó la vista lentamente, mientras me recorría de arriba abajo con sus ojos claros e impasibles. Era como si me estuviera diseccionando, buscando algún punto débil que pudiera aprovechar.

—Alexandr Borísov —dijo, pronunciando mi nombre de forma mecánica—. Has sido detenido por actividades contrarrevolucionarias. Ya sabemos lo que has hecho. Sabemos lo que tenías guardado. Pero necesitamos que lo digas tú. Que lo admitas.

Me quedé en silencio. Mi boca seguía llena de ese sabor metálico, pero no iba a darle lo que quería. No tan fácilmente.

El hombre hizo una pausa, como si esperara que yo respondiera.

Luego, sin cambiar de expresión, asintió a los guardias.

El primero en moverse fue el que estaba a mi lado.

En un solo movimiento, me levantó de la silla y me tiró al suelo con violencia.

Mi cabeza golpeó contra el cemento, y el dolor me atravesó como un rayo.

Intenté protegerme con los brazos, pero no sirvió de mucho.

El primer golpe cayó sobre mi costado, justo donde ya me dolía.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. Luego vinieron más, una patada tras otra, y cada una la sentía más fuerte que la anterior.

Quise gritar, pero no lo hice. Me mordí la lengua para no soltar ni un gemido. Sabía que eso solo los animaría más.

—¿Dónde tienes los otros cuadros que no estaban en ese escondite? —preguntó el interrogador, mientras se levantaba de su asiento y se acercaba a mí, con una calma inquietante.

—No hay más —logré susurrar.

El hombre se arrodilló junto a mí, tan cerca que podía oler el tabaco en su aliento.

—Sabes que no tienes por qué hacerlo más difícil, Borísov. Eres un hombre inteligente, un artista. Te estoy ofreciendo una salida… Confiesa, colabora, y esto puede acabar más rápido de lo que piensas.

No le respondí. Sentía cómo el aire me faltaba y el dolor era insoportable. Pero no podía ceder. No podía traicionar lo que había pintado. Lo que había guardado en secreto, esos recuerdos de una Rusia libre, de un tiempo que ya no existía.

—Muy bien —dijo con frialdad—. Sigamos entonces.

Me levantaron de nuevo, pero esta vez me ataron a la silla, mis muñecas firmemente sujetas por detrás.

El interrogador volvió a su lugar y uno de los guardias trajo el cubo de agua.

Sabía lo que venía. Lo había escuchado de otros prisioneros.

El agua que ahogaba, que te arrancaba la respiración, que te hacía sentir que morías una y otra vez.

El guardia inclinó el cubo sobre mi cabeza, y el agua cayó sobre mí en una ráfaga brutal, cubriendo mi rostro, llenando mi nariz, mis ojos, mi boca.

Intenté respirar, pero cada intento solo me traía más agua.

Sentí el pánico apoderarse de mí, los músculos de mi cuerpo tensándose, tratando de escapar, pero no había a dónde ir.

Estaba atrapado en ese tormento líquido.

Cuando el cubo se vació, me dejaron toser y jadear, intentando recuperar el aliento. El sabor a sangre seguía ahí, pero ahora se mezclaba con el de la suciedad y el agua estancada.

—Te lo preguntaré una vez más —dijo el interrogador, inclinándose hacia adelante—. ¿Dónde están los cuadros?

Cerré los ojos. Pensé en esos días en los que creía que aún había esperanza. Pensé en todo lo que había perdido.

—No hay más —susurré de nuevo.

Otro golpe. Esta vez, el dolor fue tan intenso que me nubló la visión.

Sentí el mundo desvanecerse a mi alrededor.

Ahí fue cuando supe que, dijera lo que dijera, no me creerían.

Que buscaban a un culpable más grande, un caso enorme que destapar y que sirviera como lección.

Pero decía la verdad, no había más que unas telas arrugadas en aquel agujero. No tenía nada más escondido.

El interrogador se inclinó sobre mí, su aliento cálido en mi oído.

—Vas a decirlo. Lo harás. Tal vez no hoy, tal vez no mañana. Pero te quebrarás.

Lo sabía. Sabía que, tarde o temprano, me quebraría. Que diría lo que fuera para que aquello terminara.

Los golpes cesaron, pero el dolor seguía clavado en cada parte de mi cuerpo, una herida abierta que me recordaba lo frágil que era.

Apenas podía mantener los ojos abiertos cuando la puerta del calabozo volvió a chirriar.

Esta vez, no era uno de los guardias anónimos.

Las figuras que se acercaban eran familiares, inconfundibles a pesar del dolor y el aturdimiento que me embargaba.

Vlad y Mikhail entraron en la habitación, pero sin ningún signo de sorpresa en las caras.

Me miraron de arriba abajo, observando los rastros de la paliza, las manchas de sangre y el agua que aún goteaba de mi ropa.

Se acercaron despacio, casi como si no quisieran ser parte de aquel horror, pero sabían que lo eran. Eran parte de todo esto.