PABLO Londres, marzo de 1954 #4
Le conté, lentamente, todo lo que Frederick me había dicho.
Cómo la CIA estaba buscando agentes que hubieran trabajado en inteligencia durante la guerra, cómo estaban formando a personas para ser parte de una nueva lucha, esta vez en las sombras.
Mientras hablaba, observaba la expresión de Janek cambiar, de la curiosidad inicial a una creciente preocupación.
—¿Quieres volver a ese mundo? —preguntó finalmente, su voz baja y cargada de incertidumbre.
Sabía que era una pregunta justa. Después de todo lo que habíamos pasado, tanto él como yo habíamos buscado un poco de normalidad.
Habíamos huido de la guerra, de los horrores que habíamos visto, y aquí, en Londres, habíamos encontrado una pequeña burbuja de paz.
Pero también sabía que, en el fondo, nunca había sentido que esa paz fuera suficiente.
—No lo sé.
Janek asintió lentamente, pero sus ojos estaban fijos en los míos, buscándome en las palabras que decía.
—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó suavemente.
—Janek, no quiero perder lo que tenemos —le dije, dando un paso hacia él—. Pero no puedo ignorar esto. Es como si… como si algo me estuviera llamando. No puedo explicar lo que siento. Pero, si me quedo aquí, no sé si estaré realmente completo.
Janek bajó la mirada, su expresión más apagada de lo habitual. Se quedó en silencio por unos momentos y, cuando levantó la vista, me sorprendió con una suave sonrisa, aunque sus ojos seguían mostrando preocupación.
—Si esto es lo que necesitas, entonces lo entenderé. Pero no quiero que lo hagas porque sientes que es lo único que puedes hacer. Si te vas, tiene que ser porque realmente quieres eso, no porque sientas que tienes que huir de algo… o de alguien.
Su última frase me golpeó con más fuerza de la que esperaba.
Sabía a lo que se refería. Aunque nunca lo había dicho abiertamente, Janek sabía que había una parte de mí que aún estaba atrapada en el pasado, en los recuerdos de Hugo, en esa vida que había dejado atrás, pero que seguía llevándome consigo, como un ancla invisible.
—No estoy huyendo de nadie —le dije, tomando su mano entre las mías—. Solo quiero algo más. Algo que me haga sentir que todo lo que he vivido tiene un propósito. Pero no quiero perderte. No quiero que esto se interponga entre nosotros.
Janek asintió, aunque su mirada seguía reflejando la sombra de la duda.
—Siempre estaremos bien —murmuró, pero le temblaba un poco la voz—. Solo… prométeme que lo pensarás con detenimiento. No quiero que te arrepientas después.
Le prometí que lo haría, aunque no estaba seguro de lo que eso significaba.
Esa noche, cuando nos fuimos a la cama, nos abrazamos en silencio y, aunque el calor de su cuerpo junto al mío siempre había sido reconfortante, esa vez sentí una distancia que no pude ignorar.
Era como si algo dentro de mí ya hubiera empezado a separarse, a buscar una salida hacia ese futuro incierto.
Al día siguiente, busqué a Frederick en su oficina en la BBC. Me recibió con una sonrisa ligera, como si supiera lo que iba a decir antes de que yo abriera la boca.
—Lo acepto —dije, sin darle más rodeos.
Frederick no pareció sorprendido, solo asintió lentamente.
—Sabía que lo harías —respondió—. Me encargaré de todo. No te preocupes. Te conseguiremos los documentos, la visa, todo lo que necesites. En Berlín ya te están esperando, Meier.
Hablaba con tanta seguridad, como si el destino ya estuviera escrito. Y, si bien una parte de mí aún dudaba, me sentí arrastrado por esa determinación.
De vuelta al apartamento, Janek no estaba en casa.
Sabía que tarde o temprano tendría que contárselo, pero no encontraba las palabras.
Esa noche no vino a dormir. Ni la siguiente.
Tampoco dos noches después. Lo fui a buscar a la librería en la que trabajaba, pero había dimitido.
Se lo había tragado la tierra. No me recriminó que quisiera irme, directamente optó por su camino y entendió que, quizá, no habría un «nosotros» en aquella Europa en la que vivíamos. Nunca más volví a verlo.
Pasé el resto del día en ese apartamento, sentado en el borde de la cama, observando el reloj de Janek marcar los minutos, hasta que finalmente el sol comenzó a descender en el horizonte.
El apartamento, que una vez había sido nuestro refugio, de repente se sentía vacío, ajeno.
Un eco de lo que alguna vez fue. Los libros, las fotos, el caballete en la esquina… todo parecía insignificante ahora.
Frederick se encargaría de todo, sí. Pero, mientras me preparaba para dejar Londres, no podía evitar la sensación de que también estaba dejando una parte de mí mismo, algo que nunca recuperaría.
El tiempo me había enseñado muchas cosas, pero, sobre todo, me había mostrado que la soledad era inevitable.
Los fantasmas del pasado siempre volvían y las personas que una vez amamos se desvanecían, ya fuese por la guerra, por la distancia, o por nuestras propias decisiones.
Y, mientras me preparaba para un nuevo comienzo en Berlín, comprendí, quizá demasiado tarde, que estar solo era algo que invadía a todos, de una manera u otra.
Era el precio que pagábamos por seguir adelante, por intentar sobrevivir en un mundo que se desmoronaba a nuestro alrededor.