La última frontera PABLO Londres, marzo de 1954 #3
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PABLO Londres, marzo de 1954 #3

Nos sentamos a charlar, como hacíamos siempre antes de empezar la jornada, pero esa vez Frederick tenía algo más en mente. Después de unos minutos de conversación trivial, dejó la taza de té sobre la mesa y me miró directamente, con una intensidad que me descolocó.

—Meier —me llamó mientras me preparaba un café, bajando la voz un poco, como si lo que estuviera a punto de decir fuese confidencial—. Sabes que no suelo hablar de esto, pero hay algo que creo que te interesaría. Algo que podría cambiar las cosas para ti.

Lo miré, intrigado, pero también cauteloso.

—¿De qué estás hablando?

Frederick se inclinó un poco hacia adelante, con un brillo de emoción y gravedad en los ojos.

—He estado en contacto con algunas personas.

Gente que trabaja con la CIA y los servicios de inteligencia británicos en Berlín, en el terreno.

—Hizo una pausa, observando mi reacción—.

Han estado buscando a gente con experiencia en inteligencia, gente que colaboró durante la guerra.

Personas como tú, Albert, con las manos peladas de meterse de lleno en el conflicto.

Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de decir.

No era la primera vez que alguien mencionaba mi trabajo durante la guerra, pero siempre había sido en susurros, en conversaciones que prefería evitar.

No me gustaba recordar esa parte de mi vida, a pesar de que había sido necesaria.

Pero Frederick no parecía estar hablando de recuerdos.

Parecía estar ofreciéndome una puerta hacia algo más.

—¿La CIA? —pregunté, tratando de mantener la voz firme—. Y ¿qué tiene que ver eso conmigo ahora? La guerra terminó. No quiero seguir en ese mundo.

Frederick asintió lentamente, como si entendiera mis dudas.

—Lo sé, pero el mundo nunca deja de cambiar.

Lo que hiciste entonces no fue en vano, y no ha sido olvidado.

Lo que se necesita en Berlín son personas como tú.

Agentes que puedan marcar la diferencia en esta nueva guerra que se está gestando.

Una guerra silenciosa, pero igual de peligrosa.

Si te mudas allí, te entrenarán. Te darán las herramientas para estar al frente de algo grande.

Corren rumores —comenzó—. En los círculos de inteligencia, tanto aquí como en América.

Cosas que no suelen salir en los titulares, pero que todos sabemos que están sucediendo.

La guerra terminó hace casi una década, pero lo que estamos viendo ahora…

esto es algo diferente. No hay bombas cayendo ni tanques cruzando fronteras, pero las tensiones están ahí.

Y van en aumento. Un Telón de Acero ha caído en Europa, amigo mío.

Asentí en silencio. Había escuchado fragmentos de estas conversaciones antes, menciones ocasionales sobre la Guerra Fría en los periódicos.

Un término que, en 1954, aún estaba consolidándose en la conciencia pública.

Sabíamos que el mundo ya no era el mismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pero lo que Frederick sugería era algo más profundo. Algo mucho más inquietante.

—¿Te refieres a la Unión Soviética?

—Exactamente. —Frederick se recostó en la silla, cruzando los brazos—.

Stalin puede haber muerto, pero el régimen que dejó atrás sigue tan fuerte como siempre.

Moscú está expandiendo su influencia en Europa del Este, y no va a detenerse.

Los estadounidenses están convencidos de que lo próximo en la carrera armamentista no se va a quedar en simples misiles.

Las armas nucleares. Ya sabes lo que eso significa. Hiroshima fue solo el principio.

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda. Hiroshima. Había intentado no pensar mucho en eso desde que sucedió, pero ahora, mientras escuchaba a Frederick, no podía evitar imaginar las consecuencias de otro ataque nuclear. Esta vez, quizá más cerca de casa.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con los americanos? —pregunté, aunque una parte de mí ya intuía la respuesta—. ¿Qué quieren ahora?

Frederick tomó un sorbo de su té antes de responder.

—La CIA sabe que estamos en una nueva guerra, pero no es una guerra como la anterior.

Es una guerra de información, de espías, de influencia.

Y necesitan a personas que entiendan eso, que sepan cómo operar en las sombras.

Ya no se trata de soldados en el campo de batalla, Albert.

Se trata de agentes moviéndose entre bambalinas, de influir en gobiernos, de obtener información clave antes de que sea demasiado tarde.

Me quedé en silencio, dejando que sus palabras se asentaran. Lo que describía no era una guerra como la que había conocido. Era algo mucho más sutil, más insidioso. Pero también sabía que las cicatrices que dejaba eran igual de profundas.

—No es solo la Unión Soviética —continuó Frederick, con voz baja—.

También están los chinos, los países satélites en Europa del Este, las tensiones en Corea…

El mundo está dividido en dos grandes bloques y esa división se está haciendo más grande cada día.

El Telón de Acero no es solo una metáfora, es una realidad que se está consolidando.

Y alguien tiene que estar ahí para asegurarse de que no se desplome todo a nuestro alrededor.

—¿Y piensas que yo podría hacer algo al respecto? —pregunté con un tono que sonaba más escéptico de lo que pretendía.

Frederick me miró directamente a los ojos con una expresión seria.

—Ya lo has hecho antes. Aquí en Londres, durante la guerra, pasaste información que salvó vidas.

Sabes cómo moverte en estos círculos. Y sabes bajar al terreno y volver con vida.

Entiendes lo que está en juego. Y eso es exactamente lo que ellos buscan.

No eres solo un periodista más. Eres alguien que ha estado en el centro del huracán, y, si lo quieres, puedes volver a estarlo.

Las palabras de Frederick resonaban en mi cabeza mientras intentaba procesar todo lo que me estaba diciendo.

La idea de una nueva guerra, una en la que no veríamos batallas en las calles, sino en oficinas llenas de documentos confidenciales y espías intercambiando secretos, me llenaba de una mezcla de temor y curiosidad.

Frederick estaba ofreciéndome una puerta de entrada a ese mundo, pero también sabía que esa puerta venía con un precio.

—No es una decisión fácil, lo sé —añadió al ver mi silencio—. No te estoy pidiendo que respondas ahora. Pero piensa en esto: si no lo haces tú, alguien más lo hará. Y puede que no lo haga tan bien. Necesitamos a personas como tú con nosotros. Gente que sepa lo que está en juego.

—No sé si puedo volver a eso —murmuré, más para mí mismo que para él.

Frederick me miró con compasión y dejó que el silencio se acomodara entre nosotros un momento antes de responder.

—Piénsalo. Tienes la capacidad de ser más de lo que crees.

Me despedí de Frederick poco después, pero sus palabras resonaban en mi cabeza mientras volvía a casa esa noche. Había algo seductor en la idea de empezar de nuevo en Berlín, en un lugar donde nadie conocía mi pasado, donde no estaría atado a los recuerdos. Pero también estaba Janek.

Cuando llegué a nuestro apartamento, Janek me esperaba. Lo encontré en la cocina, preparando la cena, con la radio encendida en voz baja. Me acerqué a él, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura mientras él sonreía, recostando su cabeza en mi pecho.

—¿Cómo te fue hoy?

—Bien, lo de siempre —respondí, aunque en mi mente seguían rondando las palabras de Frederick.

Le di un beso en la mejilla, pero mi mente ya estaba a miles de kilómetros de distancia, en Berlín, imaginando qué sería de mí si aceptaba esa oferta.

La idea de dejar Londres, de dejar todo esto, no era fácil de digerir.

Pero algo me decía que la vida que estaba llevando aquí, en esta ciudad, no era suficiente. Que todavía quedaba algo por hacer.

Janek debió de notarlo. Al final de la cena, mientras lavaba los platos y yo me apoyaba en la encimera, en silencio, él se giró para mirarme.

—Estás distraído desde que has llegado.

Levanté la vista, atrapado en sus ojos claros. No quería preocuparlo, pero sabía que no podía seguir guardando esto para mí solo. Suspiré y, apoyándome un poco más en la encimera, empecé a hablar.

—Frederick me ha ofrecido algo hoy. Bueno, no exactamente él, pero… me ha hablado de una posibilidad —hice una pausa, tratando de encontrar las palabras—. Algo grande. En Berlín.

Janek frunció el ceño, secándose las manos con una toalla mientras se acercaba a mí.

—¿Berlín? ¿Qué tipo de posibilidad?