PABLO Londres, marzo de 1954 #2
Mi corazón dio un vuelco cuando vi el estilo inconfundible de Hugo en esos trazos.
Me arrodillé frente a ella, observando detenidamente los cuadros.
El primero era un retrato mío, solo, sentado en el sofá que solíamos compartir, con una expresión pensativa, como si estuviera perdido en mis propios pensamientos.
El segundo… era de nosotros dos, juntos en la cama.
Era un retrato íntimo, uno que solo Hugo habría podido pintar.
Estábamos desnudos bajo las sábanas, entrelazados, con la luz del amanecer bañándonos en un cálido resplandor.
Nuestros rostros, tranquilos, estaban llenos de una paz que ahora me parecía casi irreal.
Sentí un nudo en la garganta al verlo. Era como una ventana a un pasado que ya no existía, un momento capturado por Hugo con un amor que parecía eterno. Durante esos breves instantes habíamos sido invulnerables al mundo exterior, solo dos personas compartiendo un rincón de paz en medio del caos.
—Puede llevárselos, si quiere —dijo la mujer con una sonrisa amable—. Supongo que tienen más valor para usted que para mí.
No lo dudé ni un segundo. Tomé el retrato de nosotros dos, abrazándolo con cuidado, como si fuese la última parte de Hugo que aún podía llevarme. La mujer me miró con simpatía, como si comprendiera sin necesidad de explicaciones.
— Merci —murmuré con un hilo de voz apenas audible.
Ella asintió con una sonrisa suave y me acompañó hasta la puerta.
Mientras salía, sentí una mezcla de emociones abrumadoras.
No había encontrado a Hugo, pero lo que me llevaba era más que un simple cuadro.
Era un recordatorio de lo que habíamos tenido, de lo que una vez compartimos, y de lo que, a pesar de todo, no podrían borrar ni la guerra ni el tiempo.
Mientras caminaba por las calles, apretando el retrato contra mi pecho, supe que no estaba listo para dejarlo ir por completo.
Hugo seguiría viviendo en ese cuadro, en mis recuerdos, aunque ahora era el momento de empezar a construir algo nuevo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí en paz con eso.
Al final, lo comprendí: no podía enterrar a los fantasmas de mi vida si seguía aferrándome a ellos como si fueran lo único que me quedaba. Era hora de aceptar que Hugo nunca volvería, y con ello, tal vez, podría finalmente encontrar la paz que tanto ansiaba.
Finalmente, tras tomar un tren hacia la costa y muchas horas sentado mientras me envolvía en mis pensamientos en el vagón, abordamos el ferri hacia Inglaterra.
El viento en el canal era brutal, y nos envolvimos en nuestros abrigos mientras mirábamos el agua gris y agitada.
Janek apenas habló durante el viaje, fijando la vista en el horizonte como si estuviera despidiéndose de algo.
Yo, en cambio, sentía una mezcla de ansiedad y alivio.
El viaje había sido largo, pero estábamos cerca.
Cuando llegamos a Londres, era como si el tiempo hubiera dado un salto. La ciudad estaba fría, envuelta en una bruma espesa, pero las calles ya no parecían tan desoladas como las que habíamos dejado atrás en Polonia. Había gente por todas partes, tráfico, vida. Era septiembre de 1945.
Todo parecía al mismo tiempo igual y diferente en la ciudad.
Las calles seguían ahí, los edificios se mantenían en pie, pero la ciudad respiraba de otra manera.
Londres estaba vivo, aunque lleno de cicatrices, tanto visibles como invisibles.
Sentía que la ciudad intentaba recomponerse de la misma forma que yo lo hacía.
La guerra había dejado marcas en todos, y, aunque Londres había sobrevivido, el dolor aún se percibía en el aire.
Reencontrarme con mis viejos amigos fue un alivio y, a la vez, un recordatorio de lo que habíamos perdido.
Loreine seguía siendo tan cálida a ratos y distante en otros como siempre, pero sus ojos tenían un brillo distinto, como si la guerra le hubiera robado algo que no podía recuperar.
Había decidido quedarse en Londres. «En Francia no me queda nada, Pablo», me susurró, entre confidencias, cuando nos reencontramos al volver a la pensión que había dejado cuando decidí regresar al continente.
Me llamó Pablo, hacía mucho que nadie me llamaba así.
Sentí que era de lo poco que me quedaba de casa.
Frederick, siempre el más serio de nosotros, parecía más rígido que nunca, con un aire de solemnidad que lo envolvía. Alice, en cambio, mantenía su espíritu vibrante, pero notaba en ella una risa nerviosa, como si ocultara su propio dolor detrás de esa fachada alegre.
Nos veíamos a menudo en un café cerca de Piccadilly, un lugar que había sobrevivido a los bombardeos y que, para nosotros, se había convertido en un refugio.
Nos sentábamos allí, hablando de banalidades, pero siempre conscientes de que había más cosas que no decíamos, heridas que no se discutían, al menos no abiertamente.
El Londres de 1954 intentaba parecer optimista, pero, bajo la superficie, todos teníamos cicatrices.
Janek fue quien realmente me cambió tras la guerra.
Lo conocí en medio de aquel caos que era Europa en ruinas, ambos escondiéndonos del mundo y de lo que éramos.
Janek también era gay, también había sobrevivido a su propio infierno, y eso nos unía de una manera que ni siquiera mis amigos más cercanos podrían comprender.
Al principio, nuestra relación fue más silenciosa que cualquier otra cosa.
Pasábamos horas caminando por las calles de Londres, a veces sin decir palabra, como si el simple hecho de estar juntos fuera suficiente.
Otras veces hablábamos durante horas sobre el pasado, sobre lo que habíamos perdido, sobre aquellos a quienes ya no veríamos más.
Sabíamos lo que significaba ser discretos, vivir nuestras vidas con cuidado.
Incluso en un Londres que comenzaba a liberarse de las cadenas de la posguerra, todavía había muchas miradas que temer.
Con los años, Janek y yo nos fuimos acercando.
Nuestra amistad se transformó en algo más, algo que ninguno de los dos esperaba.
Al principio, yo me aferraba al recuerdo de Hugo.
Durante tantísimo tiempo había pensado que nunca podría amar a nadie más.
Hugo había sido mi todo, y perderlo fue como perder una parte de mí mismo.
Había pasado años creyendo que había muerto en Auschwitz y, aunque esa incertidumbre me atormentaba, con los años comencé a aceptarlo.
Hugo se convirtió en un recuerdo lejano, una herida que, si bien no desapareció, dejó de doler tanto.
Janek me ayudó a seguir adelante. Lo que sentíamos el uno por el otro no era solo compañía, era una especie de paz que ambos necesitábamos.
Me di cuenta de que, por mucho que hubiese amado a Hugo, la vida seguía.
Encontré en Janek algo diferente, una forma de cariño que se construyó sobre nuestras cicatrices compartidas.
Aquella mañana de 1954 me giré y lo vi acostado a mi lado.
Londres estaba frío, pero el aire ya comenzaba a cambiar, como si la primavera quisiera abrirse paso.
Los cerezos en los parques empezaban a florecer y, a pesar de que la ciudad seguía envuelta en una niebla constante, había algo en el ambiente que me hacía sentir esperanzado.
Lo vi, allí acostado. Habíamos dormido juntos, una noche más. Toda la noche. Ya iban cuatro años.
Cada mañana, cuando salía de casa para ir a la BBC, Janek seguía en la cama.
Me despertaba antes que él, lo observaba unos instantes mientras dormía, el rostro relajado, el pelo en desorden, y me inclinaba para darle un beso suave en los labios.
A veces apenas se movía, otras veces sonreía entre sueños, pero siempre me respondía con un murmullo suave y un leve apretón de su mano en la mía antes de volver a sumirse en el sueño.
Entraba mucho más tarde a una tienda de libros.
Los vendía, arreglaba, a veces hasta encolaba.
Había encontrado su sitio allí y yo, al final, no quería despertarlo del sueño que tuviese entre manos en las nubes de la posguerra.
Aquel día no fue distinto. El sol de la mañana apenas filtraba sus primeros rayos entre las cortinas, creando una luz tenue en la habitación.
Me vestí en silencio, tratando de no hacer ruido.
Mientras me abrochaba la chaqueta del traje de raya diplomática, lo observé una vez más, deseando que aquellos momentos de calma se alargaran en el tiempo.
—Voy a trabajar —le susurré, inclinándome de nuevo para besar su mejilla. Janek se movió un poco, abriendo apenas los ojos.
—Ten un buen día —murmuró adormilado. Su mano se deslizó por mi brazo, acariciándome brevemente antes de caer de nuevo sobre la cama.
Salí del apartamento con una sensación de familiaridad y tranquilidad, pero también con la ligera inquietud que siempre me acompañaba.
A mi vuelta, Frederick me había perdonado y permitido volver a mi antiguo puesto de trabajo de redactor de contenidos.
«Sería un estúpido si no lo hiciera, pero voy a estar encima de ti, Meier», me dijo.
«No quiero juegos ni tonterías». Había sido una forma de empezar de nuevo, de dejar atrás el pasado y volver a mi presente, uno del que quizá no debí de haber escapado, pero no podía quedarme descifrando mensajes, escribiendo contenidos o redactando lo que me llegaba del frente. Yo necesité ir al conflicto, vivirlo.
Cuando llegué a la oficina, me encontré con Frederick en la sala de descanso, como era habitual.
Habíamos trabajado juntos desde que me integré en el equipo y, en todo ese tiempo, se había convertido en algo más que un colega.
Era un amigo, uno de los pocos que había logrado mantener después de todo lo que había pasado.