PABLO Londres, marzo de 1954
Me levantaba cada mañana nervioso. Agitado. Como si esperara que una bomba me cayera encima o que un disparo enemigo impactara contra mi piel y ahí terminara todo.
Me despertaba, esperando estar envuelto en una manta mulera en el suelo árido de Montecassino, pero no, estaba entre unas sábanas de algodón y sobre un colchón de lana.
Me iba corriendo a la ventana de mi apartamento.
Miraba y solo veía niebla, espesa y fría, como le gustaba a Londres en marzo.
Me sentaba allí, en el marco, a esperar que algo pasara.
Salir de Cracovia tras la guerra fue una decisión difícil, pero necesaria.
Lo sabía, y lo sabía también Janek, aunque no quisiera admitirlo.
Polonia, para él, era una tierra de fantasmas.
No le quedaba nada ni nadie, pero había una especie de obstinación silenciosa que lo mantenía atado a aquellas ruinas, como si creyera que permanecer ahí de alguna manera podría honrar la memoria de los que había perdido.
Yo lo entendía. Me costaba dejar atrás todo lo que había vivido, todo lo que había perdido. Pero, al mismo tiempo, algo dentro de mí me decía que debía seguir adelante, escapar de aquel cementerio de recuerdos.
Dos meses después de que terminara el conflicto y tras muchos intentos de sacarlo del país sano y salvo, finalmente partimos de Cracovia en una mañana fría y gris.
Vestíamos lo poco que habíamos podido conservar de los últimos años: abrigos raídos, botas gastadas, ropas que habíamos reparado tantas veces que casi no se parecían a lo que eran al principio.
El viento soplaba con fuerza, helándonos las manos y los rostros.
Apenas llevábamos equipaje, solo lo esencial: un par de mudas, algunos recuerdos y los papeles que nos permitirían cruzar las fronteras.
Tampoco teníamos mucho dinero, lo que habíamos conseguido al llevar a cabo unos trabajos descargando camiones y lo poco que había sobrado tras nuestro viaje a Polonia.
Si llegar a Polonia había sido difícil, salir de ella parecía algo imposible, y la burocracia era densa, pero después de semanas de trámites, por fin teníamos los documentos necesarios.
Una copia para Albert Meier, que recuperaría su documentación al llegar a Londres, y otra para Janek Mihno, que sería un polaco judío más que buscaría su sitio en un mundo que iniciaba su reconstrucción.
El tren que tomamos hacia el oeste estaba abarrotado, lleno de gente que, como nosotros, intentaba huir de las sombras del pasado.
El interior del vagón era oscuro y frío y el vapor de nuestras respiraciones empañaba las ventanas sucias.
Nos sentamos uno al lado del otro en un banco de madera duro, sin hablar mucho.
La conversación ya no era necesaria. Sabíamos que este viaje cambiaría nuestras vidas, aunque ninguno de los dos estaba seguro de cómo.
Durante las primeras horas, todo lo que veíamos era un paisaje desolado: campos vacíos, casas en ruinas, árboles sin hojas que se alzaban como esqueletos contra el cielo plomizo.
El traqueteo del tren se convirtió en un sonido constante, casi hipnótico, que nos arrullaba en un estado de semiinconsciencia.
De vez en cuando, Janek apoyaba la cabeza en mi hombro y cerraba los ojos, pero su rostro seguía tenso, incluso en el sueño.
Yo me quedaba despierto, mirando por la ventana, intentando imaginar cómo sería Londres después de tanto tiempo lejos.
El viaje fue largo, interminable. Cruzamos fronteras a paso lento y en cada una de ellas los guardias revisaban nuestros papeles minuciosamente, como si sospecharan de que cualquier viajero era un enemigo disfrazado.
Nos detuvimos en pequeñas estaciones en mitad de la nada, donde a veces subía o bajaba más gente, pero el tren siempre seguía avanzando penosamente hacia el oeste.
En una de las paradas, al entrar en Alemania, Janek me miró con una expresión que no olvidaré jamás. Había algo en sus ojos, un destello de miedo, de incertidumbre.
—¿Crees que realmente podremos empezar de nuevo? —me preguntó en voz baja, casi como si no quisiera que nadie más lo oyera.
—Creo que no tenemos otra opción. Están todos muertos —le respondí. Y era cierto. ¿Qué más podíamos hacer sino intentarlo? Ambos habíamos perdido tanto que aferrarnos a cualquier posibilidad de una vida mejor era lo único que nos quedaba.
—Hugo, quizá no. Nunca quisiste ir al campo —añadió clavando su pupila en la mía.
—No quedaría nadie, Janek. La gente, la poca que quedó con vida, salió corriendo. Ya viste cómo llegaban a Cracovia. Nunca lo hubiera encontrado si estuviese vivo.
Hizo una mueca triste y siguió apoyado en mi hombro, viendo el paisaje aparecer y desaparecer entre la desolación de Europa por la ventanilla del tren.
Al llegar a Francia, las cosas empezaron a cambiar.
El paisaje se volvía menos devastado y, aunque todavía veíamos ruinas y cicatrices de la guerra, había un aire de reconstrucción en el ambiente.
La gente en las estaciones parecía un poco más viva, más optimista.
Ya no se trataba solo de sobrevivir, sino de empezar de nuevo.
París fue una breve escala en nuestro viaje y, a pesar de que no tuvimos tiempo de explorar la ciudad, regresé a mi apartamento a rebuscar entre los fantasmas del pasado, pensando, por un momento, que Hugo estaría allí esperándome.
El simple hecho de estar allí ya era un rayo de esperanza.
Si París podía renacer, entonces tal vez nosotros también.
Pero, al mismo tiempo, me preguntaba cómo podía pensar en aquello.
Tenía que enterrar a los fantasmas del pasado para seguir.
Pero la mente juega esas trampas. Durante el trayecto desde la estación, me sorprendí mirando por las ventanas de los edificios como si, de alguna manera, lo fuera a encontrar entre las sombras.
Recordaba cada rincón de París como si el tiempo no hubiese pasado, pero todo parecía más distante, ajeno.
Las calles que una vez habíamos recorrido juntos estaban ahí, pero eran las mismas que recorría solo.
Sin embargo, esa tarde, de pie frente a lo que había sido nuestro hogar, sentí un tirón en el pecho, como si una parte de mí aún esperara verlo cruzar la puerta.
Todo dentro de mí se rebelaba contra la realidad.
Sabía que Hugo no estaría allí, no podía estarlo.
Pero la costumbre de buscarlo, de sentirlo cerca, aún no se había ido del todo.
Era irracional, lo sabía. ¿Cómo podía pensar que, después de todo lo que había pasado, él simplemente estaría esperándome, como si la guerra no hubiera arrasado con nuestras vidas?
Me pregunté si alguna vez podría dejar atrás esos fantasmas.
Los recuerdos de Hugo eran lo único que me había acompañado durante los peores años y, a pesar de saber que tenía que seguir adelante, no podía evitar aferrarme a ellos.
Había momentos en que me parecía desleal dejar que su recuerdo se desvaneciera, como si, al hacerlo, estuviera olvidando una parte de mí mismo.
Pero había otra parte de mí que sabía que, si no soltaba ese pasado, nunca podría vivir plenamente en el presente.
Después de unos segundos que parecieron eternos, la puerta se abrió.
Al otro lado, una mujer de mediana edad, con una sonrisa cálida y una expresión simpática, me miró con curiosidad.
Tenía el cabello castaño ligeramente desordenado y vestía una bata ligera, como si acabara de levantarse de la siesta.
Su francés era cerrado, difícil de entender.
— Bonjour, monsieur , ¿puedo ayudarle?
Sentí un nudo en la garganta al darme cuenta de que el pasado no estaba en esa puerta. Hugo no estaba allí, y probablemente nunca lo había estado desde que me fui. Tragué saliva y me forcé a sonreír, sintiéndome un poco tonto.
—Perdone que moleste —dije desempolvando mi francés mientras trataba de no tartamudear—. Viví aquí… hace unos años. Me preguntaba si… si alguien había preguntado por mí en algún momento. Me llamo Pablo.
La mujer me miró un momento, pensativa, y luego negó con la cabeza lentamente, con su sonrisa intacta.
—No, monsieur , nadie ha preguntado por un Pablo desde que estoy aquí. Vivo aquí desde hace años. Creo que los anteriores inquilinos se fueron durante la guerra —dijo, inclinando un poco la cabeza, como si intentara recordar algo—. Lo siento mucho.
Sentí un ligero pesar en el pecho al escuchar su respuesta. Era una tontería pensar que Hugo o alguien más me hubiera estado buscando. El peso del tiempo pasado me golpeó con fuerza en ese momento. Pero no podía evitar preguntar una cosa más.
—¿Queda algo de los antiguos inquilinos? Cosas que pudieron haber dejado. Algo personal.
La mujer frunció el ceño brevemente, como si estuviera haciendo memoria, y luego su rostro se iluminó.
— Oh, maintenant que vous le dites … —exclamó en francés, y rápidamente me invitó a pasar con un gesto amable—. Encontré algunas cosas. Nada importante, pensé que eran solo viejos papeles, pero puede que haya algo para usted.
Después de hurgar un poco entre algunas cajas, la mujer sacó un paquete envuelto en papel amarillento de una caja que tenía arrumbada en una esquina del apartamento. Lo desenvolvió con cuidado y allí, entre algunas cartas y papeles antiguos, aparecieron dos retratos.