La última frontera PABLO Berlín, Sector Británico, mayo de 1954
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PABLO Berlín, Sector Británico, mayo de 1954

E l sol de primavera tras la guerra apenas calentaba las aceras y el viento que corría por las calles tenía un filo extraño. El viejo Berlín se recuperaba, lentamente, de las heridas de la guerra.

Los edificios bombardeados, algunos aún en ruinas, se alzaban como esqueletos entre nuevas construcciones que trataban de devolverle algo de vida a la ciudad.

Había niños jugando entre los escombros, mujeres con pañuelos en la cabeza que empujaban carritos de mercado vacíos y soldados británicos que patrullaban con la mirada distante, como si el conflicto no hubiera terminado del todo.

Siempre había creído que los fantasmas existen.

Que nos mantienen unidos a un momento y un sitio concretos.

Y yo, a pesar del espacio y el tiempo que habían pasado, me había quedado atado.

Algunos permanecen atados a un trozo de tierra, otros a una fecha, a un derramamiento de sangre que en la mente ha quedado como un crimen terrible.

Pero mis fantasmas no solo se habían atado a aquello.

Mis fantasmas rondaban lo físico, sí, pero se enraizaban en mis emociones, en ese momento en el que mi cuerpo friccionaba contra el de Hugo mientras los rayos de sol incidían sobre nuestras pieles en los apartamentos que habían escondido nuestro amor, en esos impulsos que había tenido que tomar, en lo que iba perdiendo, en la venganza que quería o en el amor que ansiaba recuperar casi de forma fantasmal. Y esos nunca se iban.

Los últimos días en Londres pasaron como la niebla espesa, un desenlace inevitable que no pude detener ni siquiera mientras se desmoronaba frente a mí.

El apartamento que compartíamos Janek y yo se sentía vacío, aunque todavía vivía allí.

El aire cargaba con el peso de las palabras no dichas, con despedidas que se desdibujaban en el silencio.

Sabía que, cuando llegara el momento de partir, Janek no estaría allí para decir adiós. Y así fue.

El último día, me desperté solo. Como tantos otros desde que decidió irse.

Su lado de la cama estaba frío, y su chaqueta, la que solía colgar en el perchero junto a la puerta, ya no estaba.

Nunca había vuelto. Ni siquiera había dejado una nota.

No lo culpaba. No podía. Yo había tomado la decisión de dejarlo atrás, de embarcarme en algo más grande, algo incierto, y él había hecho lo mismo de una manera diferente. Su forma de despedirse fue no hacerlo.

Aquella misma tarde, en las que yo empaquetaba lo poco que había conseguido acumular en diez años de rehacer lo que parecía mi vida, Loreine me llamó.

Nos habíamos visto menos en los últimos años, pero siempre había algo tranquilizador en su presencia.

Había sido una constante en mi vida desde que volví a Londres después de la guerra, y, aunque sabía que nuestro vínculo había cambiado con el tiempo, ella siempre estaba allí, en los momentos clave.

Nos encontramos en un café en Covent Garden, un lugar que habíamos frecuentado durante los primeros años de mi vuelta a Londres, cuando todos intentábamos rehacer nuestras vidas tras la guerra.

—Te vas, entonces —dijo, sin mirarme directamente, mientras removía su taza de té—. Me lo imaginaba.

—Sí —respondí mientras me apartaba el pelo que me caía sobre la cara mientras arrugaba la nariz para evitar llorar.

Otra despedida. Era consciente de que no conocía los detalles de mi nuevo trabajo.

Bastante tenía con saber que aquel cambio suponía una gran oportunidad para mejorar mi futuro laboral.

No podía ponerla en peligro con más información—. Me voy.

Loreine me miró con una mezcla de tristeza y comprensión. Ella siempre había sido más pragmática que sentimental, pero ese día vi algo más en sus ojos. Un cansancio, quizá.

—No puedes dejar que otra guerra estalle, Pablo. El mundo no lo soportaría. Nosotros no lo soportaríamos —me dijo con su voz suave, pero cada palabra llevaba un peso inmenso—. Ya vimos lo que una guerra puede hacer. No podemos pasar por eso otra vez.

—¿De verdad crees que yo podría marcar una diferencia? —le pregunté con una sonrisa un tanto cínica. Como si quisiera quitar importancia a lo que estaba siendo una despedida.

Ella dejó la cucharilla en la mesa y me miró fijamente.

—No lo sé, Pablo. Nadie lo sabe. Pero yo no soy tonta.

Y tú tampoco. Si puedes ayudar a los americanos a mantener el equilibrio allí en Berlín, entonces quizá valga la pena.

Aunque no te engañes —agregó, con un tono algo más duro—, ellos solo harán lo que sea necesario para salvar su propio pellejo.

Su único interés es Estados Unidos. No se trata de nosotros, ni de Europa.

No se trata de proteger al mundo. Para ellos, esto es un juego de poder, y no puedes olvidarlo.

No dejar que se extienda el comunismo. Pero —hizo una pausa, suspirando—, si ese juego significa que no estallará otra guerra, entonces quizás haya algo de esperanza.

Asentí sin decir nada. Tenía razón en todo, pero Loreine era de las pocas personas que me llamaba Pablo y yo de los pocos que conocía su verdadero nombre.

Algo en mí se rompió al escuchar mi nombre.

Esos fantasmas que se agarraban a emociones profundas habían aparecido. Y esos eran los más inquietantes.

Sabía que tenía razón. Los americanos no eran los salvadores altruistas que algunos querían creer.

Estaban en esta lucha por sus propios intereses, por asegurarse de que la Unión Soviética no ganara más terreno.

Lo que iba estallando no era solo una disputa de ideologías; era un enfrentamiento entre dos superpotencias que amenazaban con destruir al mundo si no conseguían lo que querían.

—Y tú, ¿qué harás? —le pregunté, desplazando el foco de la conversación hacia ella, porque no soportaba la idea de quedarme atascado en mis propias dudas.

—Seguiré aquí, supongo —respondió, encogiéndose de hombros—.

Frederick tiene sus planes, claro, pero yo no estoy hecha para ese tipo de luchas.

París me dejó agotada. Pienso todavía en volver a aquello y no puedo ni respirar.

Lo mío son las palabras. Pero estaré bien.

Aquí hacen faltas muchas manos. Seguiré.

Encontraré mi sitio. De alguna forma, ¿no?

Loreine tomó un sorbo de té y me miró de nuevo, con un brillo de determinación en los ojos que siempre había admirado en ella.

La observé detenidamente, enfundada en aquel dos piezas de color verde que tan bien le quedaba y que le otorgaba un aire exótico, un toque parisino que no se quitaba de encima por mucho tiempo que pasara.

Aquel día nos abrazamos. Como cuando volvimos a vernos.

No lo hacíamos mucho, pero ese día tocó.

Berlín me recibió como un golpe en el rostro. No por la hostilidad de la ciudad, sino por su intensidad, su atmósfera cargada de tensión, su ritmo que parecía moverse entre las ruinas y la reconstrucción. Los primeros días, la sensación de estar perdido no se iba.

El apartamento que me había conseguido Frederick estaba en el sector británico, un edificio de ladrillo oscuro con una escalera de incendios que crujía cada vez que alguien la utilizaba.

Era pequeño, con un salón que también hacía de comedor, una cocina minúscula y un dormitorio donde apenas cabía la cama.

Pero era funcional, suficiente para alguien que, como yo, buscaba más refugio que comodidad.

Desde la ventana podía ver una parte de la ciudad aún en reconstrucción, y en las noches tranquilas —que no eran muchas— podía oír el murmullo lejano de los pasos en la acera, el rugido distante de los camiones militares y, de vez en cuando, el sonido de disparos en la frontera.

Los primeros días en Berlín fueron un contraste absoluto con todo lo que conocía.

Venía de un Londres frío, taciturno, que aún exhibía las cicatrices de la guerra.

Aquí, en cambio, todo parecía estar en un tenso equilibrio entre el pasado y el futuro.

Las fachadas aún marcadas por metralla, los edificios nuevos que intentaban levantarse como prueba de un renacimiento, y una población que vivía con la certeza de que la ciudad podía volverse a quebrar en cualquier momento.

Había una sensación de urgencia, un constante ir y venir de diplomáticos, soldados y espías disfrazados de burócratas.

Era un pulso de vida distinto, que por momentos me revitalizaba, pero que también me recordaba cuánto había cambiado yo.

Mi rutina en Berlín se asentó más rápido de lo que esperaba.

Todas las mañanas, después de salir del pequeño apartamento, caminaba hasta la estación de metro y tomaba la línea que me llevaba al sector estadounidense, donde estaban ubicadas las oficinas de inteligencia.

No era un edificio particularmente imponente, al menos no desde fuera.

De hecho, se confundía entre tantos otros de hormigón y vidrio que dominaban la ciudad.

Pero, una vez dentro, la sensación era distinta.

Los pasillos eran silenciosos, con un aire de eficiencia casi militar.

Todo parecía estar diseñado para no llamar la atención, como si lo importante siempre ocurriera a puerta cerrada.

Mis primeros días allí consistieron en reuniones con oficiales de enlace y supervisores.

Frederick, como siempre, había manejado todo con una discreción envidiable.

Me presentaron a un hombre llamado Thomas O’Leary, un tipo corpulento de mediana edad con el pelo ralo y gafas de montura gruesa.

Tenía esa actitud de exmilitar, con el ceño siempre fruncido y un tono de voz bajo y firme.

—Bienvenido a Berlín —dijo con su inglés americano, observándome con cautela—. Aquí todo es cuestión de paciencia. Albert, ¿verdad? Frederick me habló de ti. Hiciste un trabajo excelente en Londres.

—Gracias —respondí, sintiendo cómo su mirada me evaluaba—. A mí me ha hablado muy poco de esto.

Soltó una carcajada desde lo más hondo. Y, tras aquella risa, me puse manos a la obra. Sin darme cuenta. No sé en qué momento, pero empecé a espiar para los americanos.

Tal vez fue en aquella primera reunión con O’Leary, cuando me miró con sus ojos grises y me dijo que en Berlín la confianza era más valiosa que cualquier información.

O tal vez fue después, cuando me entregaron un expediente con nombres que no conocía y me pidieron que prestara atención a quién entraba y salía de ciertos cafés, de ciertas librerías, de ciertos hoteles en el sector soviético.

Todo parecía inofensivo al principio. Pequeños favores, intercambios de información que no resultaban muy significativos.

Pero Berlín era un tablero de ajedrez y cada movimiento contaba.

Los días se mezclaban con las noches en una ciudad que nunca dormía del todo.

Caminaba por las calles nevadas del invierno y por las avenidas polvorientas del verano, siempre con una sensación extraña en el estómago, como si estuviera al borde de un precipicio.

La tensión en Berlín era una presencia tangible.

A un lado, el sector occidental, con su reconstrucción acelerada, sus soldados británicos y estadounidenses, su aire de promesa incierta.

Al otro lado, la sombra soviética, con sus espías y sus silencios.

Las diferencias entre sectores no eran solo líneas en un mapa.

Eran atmósferas. En el Oeste, todo olía a reconstrucción acelerada, a cemento fresco y a una especie de optimismo forzado que a veces se sostenía más por necesidad que por convicción.

Cafés nuevos, fachadas recién pintadas, jóvenes intentando vestir como en París, aunque todavía caminaban entre solares vacíos.

En el Este… bueno, ahí el aire tenía otro peso.

Las calles eran más silenciosas, no por falta de gente, sino por una cautela casi instintiva.

Los edificios parecían observarte. Incluso los que estaban siendo restaurados lo hacían con una sobriedad que rozaba lo severo.

Y, sin embargo, había algo auténtico allí, una sensación de que la vida continuaba sin teatro.

Todo era gris en aquella ciudad que resurgía de haber sido arrasada.

Todo menos los cabarés en los que, divididos por zonas y sectores, se encontraban cada noche ingleses, franceses, estadounidenses y rusos.

Eran pequeños oasis de luz en medio de una ciudad partida.

Algunos intentaban revivir la década dorada de entreguerras, con plumas, humo y pianistas que parecían haber sobrevivido a mil noches y una más.

Otros eran apenas sótanos mal ventilados donde un cantante desafinado trataba de imponer alegría a golpe de acordeón.

Pero todos compartían una misma obstinación: la de recordarle a la ciudad que todavía podía permitirse una carcajada, un baile torpe, un poco de extravagancia.

Me di cuenta de que mi papel no era tan inocente como había pensado cuando O’Leary me pidió que me reuniera con un hombre en un cabaret del sector francés.

Se hacía llamar John. Vestía un abrigo marrón demasiado gastado y tenía una forma peculiar de encender los cigarrillos, girándolos entre los dedos antes de llevárselos a los labios.

—No puedes salir de esto una vez que empiezas —me dijo una noche, sin mirarme, con la voz ahogada por la música de un piano desafinado.

No le respondí. Porque, en el fondo, ya lo sabía. Solo dejé que me contara más .