La última frontera HUGO Moscú, diciembre de 1944
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HUGO Moscú, diciembre de 1944

M oscú estaba cubierto por una capa espesa de nieve, que silenciaba los ruidos de la ciudad y hacía que cada paso se sintiera como si camináramos en otro mundo.

Pero, claro, eso era una mentira. La guerra estaba en todas partes, incluso en Moscú, aunque no se escucharan las explosiones ni los gritos.

Allí, la guerra era silenciosa, una presencia que impregnaba el aire, las calles, las conversaciones en voz baja.

Mi vida en Moscú había tomado un rumbo que nunca habría imaginado.

Había aprendido a moverme con cautela, a dejar que la rutina me tragara, porque era más fácil así.

Más seguro. Las sospechas, los controles y las purgas internas seguían aquí, siempre presentes, como una sombra sobre nuestras cabezas.

Yo no sabía qué decir ni qué hacer. La confianza era algo difuso y yo, al final, creía que solo podía fiarme de la realidad de mis propios pensamientos y que exteriorizarlos con alguien que no fuese de plena confianza podía salirme demasiado caro. Allí no estaba permitido pensar, solo acatar.

Elena y Anya estaban atrapadas en una prisión diferente a la mía, pero igual de opresiva.

El régimen las había aplastado, no solo como bailarinas, sino como mujeres, como personas con sueños.

No se atrevían a decirlo en voz alta, pero sabíamos que era verdad.

La vida bajo el comunismo no era tan diferente a la vida bajo los zares, al menos no para la gente común.

Ellas seguían oprimidas, seguían siendo invisibles para aquellos que ostentaban el poder.

Mientras hablaban aquella mañana de invierno conmigo, mis ojos se detuvieron en la esquina de la habitación, donde guardaba los lienzos que pintaba para el régimen.

Lo que una vez había sido una pasión, un modo de expresarme, ahora parecía una obligación, una tarea mecánica que me habían encomendado.

No me dejaban pintar otras cosas y yo, al final, tampoco lo intentaba.

Una línea mal hecha, un color fuera de lo normal y mi vida terminaría pronto.

—¿Tienes que pintar otra vez sobre estos demonios? —preguntó Elena, notando hacia dónde dirigía mi mirada.

Asentí.

—Siempre lo mismo. Ellos traen retratos antiguos, de los Romanov, de la aristocracia. Y yo los tapo con algo más adecuado… algo que exprese los nuevos valores. Un dictado constante.

Elena suspiró, acercándose más a la estufa.

—La nieve tapa todo, pero no desaparece. Es igual con esas pinturas. Puedes cubrirlas, pero las capas de abajo siempre estarán ahí, enterradas. Como nosotras.

—Lo mismo pasa con la guerra —añadí, más para mí mismo que para ellas—. Parece lejana, pero siempre está aquí. La sentimos, aunque Moscú siga en pie.

Había momentos, al caminar por las calles, en que podías percibirlo.

La gente tenía miedo, aunque fingía lo contrario.

El régimen lo controlaba todo, y a veces eso se sentía más opresivo que cualquier invasión.

El frío, las filas para el pan, los ojos que seguían cada uno de tus movimientos, todo era un recordatorio constante de que vivíamos bajo una autoridad implacable.

Elena y Anya me escuchaban en silencio, con la comprensión que solo aquellos que han sufrido calladamente pueden compartir reflejada en sus miradas.

Nos habíamos vuelto cercanos, aunque esa cercanía estaba limitada por lo que no se podía decir, por lo que no se podía expresar abiertamente.

Las chicas no esperaban que fuera tan bueno con ellas, quizás acostumbradas a que los hombres las ignoraran o las trataran con desprecio.

Para mí, eran una conexión con una humanidad que me costaba encontrar en ese lugar.

—¿No creéis que en el futuro alguien debería de poder recordar el pasado? —pregunté casi sin pensar.

Elena y Anya levantaron la vista, sorprendidas por la seriedad de mi tono.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó Elena con su voz suave, pero con una tensión subyacente. Sabía que mi pregunta estaba cargada de algo más.

Me incliné un poco hacia adelante, como si lo que fuera a decir necesitara de cierta confidencialidad, aunque estábamos solos en mi apartamento.

—Los cuadros —susurré, señalando los lienzos que se amontonaban en la esquina, a medio terminar— son encargos para tapar el pasado. Cada vez que me traen un retrato de un zar, de una nobleza que ya no existe, me piden que lo cubra con propaganda comunista. Que borre lo que había antes.

Anya exhaló con fuerza, un suspiro largo que reflejaba el peso de lo que estaba diciendo.

—Es lo que piden de todos —dijo, mirándome a los ojos—. Tapar el pasado. Borrar lo que era. Asentar los principios del nuevo régimen.

—Pero ¿es eso lo correcto? —insistí, sintiendo una urgencia creciente en mi pecho—.

¿Deberíamos borrar lo que fue? Si no dejamos huellas del pasado, ¿cómo aprenderá el futuro?

¿Cómo sabrán las generaciones que vienen lo que hubo antes de esto, si todo lo que hacemos es borrar y tapar para pintar encima?

Hubo un silencio incómodo. Elena miró a Anya y luego bajó la vista hacia sus manos, que descansaban sobre su regazo, inmóviles.

—No tienes ni idea de cómo vivíamos con los zares. Se nota que has vivido mucho tiempo lejos —dijo Elena al fin, sin levantar la vista. Su voz sonaba apagada, como si arrastrara siglos de cansancio.

—¿Tan terrible era? —pregunté con cautela.

—«Terrible» no alcanza —intervino Anya, con una dureza que no le conocía—.

Éramos siervos en nuestras propias tierras.

Las aldeas enteras vivían sometidas, sin pan, sin escuela, sin esperanza.

Los nobles paseaban en carruajes dorados mientras los niños morían de frío a la puerta de sus palacios.

Y, cuando llegó la Revolución, todos creyeron que algo cambiaría.

Y algo cambió, sí…, pero no como esperábamos.

—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque temía la respuesta.

—A que la libertad también puede tener barrotes —respondió ella, mirándome fijamente—. Antes obedecíamos a los zares, ahora obedecemos a otros hombres, pero el miedo sigue siendo el mismo. Solo cambió el retrato en la pared.

El silencio se hizo pesado otra vez. Afuera, el viento golpeaba las contraventanas, y por un instante tuve la sensación de que el pasado y el presente se miraban cara a cara a través de nosotros.

—Entonces —dije al fin, casi en un susurro—, tal vez no se trate de tapar el pasado… sino de aprender a mirar lo que hay debajo de la pintura.

Anya levantó la vista y sonrió con tristeza.

—Eso solo lo haría un verdadero artista —dijo—. Los demás solo pintan lo que les mandan.

Elena asintió lentamente.

—Tienes razón —admitió finalmente—. No se trata de borrar el pasado. Pero es que, si dejamos rastro, nos meteremos en problemas. Los cuadros que pintas son pedidos directos.

Anya asintió, pero algo en su expresión cambió. La chispa de una idea.

—No tenemos que dejar rastro. Podríamos… desmontar los cuadros. Quitamos las telas con los retratos antiguos y las escondemos. En su lugar, ponemos lienzos nuevos, blancos, para que puedas seguir pintando lo que te piden. Nadie se daría cuenta.

Elena levantó la mirada, sorprendida por la audacia de la idea.

—¿Es eso posible? —preguntó, mirando hacia los cuadros en la esquina—. ¿Podemos realmente hacer eso?

Mi mente comenzó a trabajar rápido. Era una idea arriesgada, pero factible.

Si trabajábamos con cuidado y sin dejar huellas, podríamos preservar las obras de arte originales, ocultándolas bajo otras telas, mientras seguía pintando lo que me pedían en lienzos nuevos. Nadie lo sabría. Nadie se daría cuenta.

Elena se detuvo de repente. Se quedó mirando la pared detrás de uno de los armarios, una de esas paredes de piedra y yeso que ya estaba desgastada por el tiempo.

—Hay algo que quiero enseñarte.

Me extrañó el tono de su voz. Era la primera vez que la veía tan cautelosa, casi nerviosa, y, sin decir más, me hizo un gesto para que la siguiera. Anya nos acompañó. Parecía que ambas sabían algo que yo no.

Elena caminó hacia la pared al fondo del apartamento, donde las sombras eran más densas por la mala iluminación. Movió con cuidado uno de los armarios, un mueble viejo y pesado que había permanecido allí desde que yo llegué, y reveló una parte de la pared que antes no se veía.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, acercándome.

No respondió de inmediato. En lugar de eso, movió el armario que tenía delante, se agachó y comenzó a tocar la pared con sus manos, palpando la superficie hasta que encontró lo que buscaba.

Un suspiro ligero de satisfacción escapó de sus labios.

Luego, con un movimiento rápido, sacó una navaja pequeña de su bolsillo y comenzó a raspar el yeso.

La pared se desmoronó más fácil de lo que esperaba y, en cuestión de minutos, había creado un pequeño hueco.

—Aquí está —dijo en voz baja, apartándose para dejarme ver.

Me acerqué y, al iluminar el hueco con la lámpara, vi que era más profundo de lo que imaginaba. Era una pequeña cavidad, apenas visible si no sabías que estaba allí, lo suficientemente grande para esconder varias cosas, tal vez un par de lienzos enrollados o documentos.

—Lo encontré hace unas semanas —confesó Elena—. Estaba limpiando las paredes, porque pasas demasiado tiempo aquí encerrado pintando desde que te trajiste el taller a casa, y noté que el yeso en esta zona sonaba hueco. Es un escondite perfecto.

La miré, impresionado. ¿Cuánto tiempo llevaba sabiendo esto sin decir nada? Y ¿por qué me lo contaba ahora?

—Podemos usarlo para esconder las telas originales —siguió—. O cualquier cosa que queramos proteger de los ojos del régimen. Aquí no buscarán. No saben que existe.

Me agaché junto a ella, tocando el borde del hueco con las yemas de los dedos. Era sorprendentemente profundo, y el polvo que se había acumulado me hizo pensar que llevaba años intacto. Tal vez desde antes de la Revolución. Tal vez era uno de esos rincones que la historia misma había dejado atrás.

—Es perfecto —murmuré, todavía asimilando lo que habíamos descubierto.