PABLO Roma, octubre de 1944 #4
Me quedé callado, sintiendo cómo me hervía la sangre.
La invasión de esa privacidad, algo tan personal, tan arraigado, se había convertido en un marcador silencioso de mi verdadera identidad.
Me sentí expuesto, vulnerable de una manera que no había experimentado en años.
Me acordé de las palabras de Hugo en París: «Os ponen la estrella porque no saben cómo es un judío».
—No tienes que preocuparte —añadió—. Nunca se lo diría a nadie. No soy yo quien debería juzgarte. Yo también soy judío. Ya lo sabes. Solo me preguntaba por qué a veces parecías… como si cargaras con todo el peso del mundo sobre tus hombros. Y ahora sé por qué.
—Es una de las tantas cosas que me callo. Supongo que todos tenemos secretos aquí —repetí en voz baja, con una amargura que se me hizo extraña en la boca.
Janek se inclinó hacia adelante. Por primera vez, sentí una cercanía genuina en él, una especie de comprensión que no habíamos alcanzado en todo este tiempo.
A pesar de nuestras diferencias, de las cosas que callábamos y de los miedos que compartíamos en silencio, había una conexión que trascendía las palabras.
El silencio se hizo aún más denso, como una bruma que nos envolvía a ambos.
Janek me miraba, quizá más intensamente que nunca, sus ojos buscando algo en mí que ni siquiera yo estaba seguro de poder darle.
Habíamos compartido demasiado, más de lo que era seguro, más de lo que habíamos compartido con cualquiera desde que la guerra había comenzado a destrozar todo a su paso.
Había algo en él que pedía consuelo, algo que buscaba alivio en medio de tanta devastación.
Sin decir una palabra, se inclinó hacia mí, sus manos temblorosas pero decididas.
Su respiración se volvió más profunda, más pesada, y, en un momento de desconcierto, comprendí lo que estaba a punto de hacer.
Nuestros rostros estaban demasiado cerca y, antes de que pudiera reaccionar, su mano tocó mi rostro, trazando con suavidad una línea desde mi mejilla hasta mi barbilla.
—Albert… —murmuró, con la voz algo quebrada, casi como un susurro que temía hacerse audible.
El gesto fue casi imperceptible al principio, sus labios en busca de los míos, pero, en ese instante, algo en mí se encendió. No era miedo lo que sentía, sino una tristeza profunda, una especie de vacío que Janek no podía llenar, por más que quisiera.
Lo aparté con delicadeza, colocando mi mano sobre su pecho, frenándolo antes de que se acercara más. Su sorpresa fue palpable, sus ojos llenos de confusión, de esa soledad que ambos compartíamos, pero que no podía resolverse de esa manera.
—No puedo —dije, la voz rota por emociones que no me atrevía a desenterrar.
Janek se quedó quieto, con la mirada perdida, tratando de entender, de procesar mi rechazo. No lo estaba rechazando por quien era, ni por lo que sentía, sino por algo más profundo que me mantenía anclado en el pasado. No era él; era yo, o más bien, Hugo.
—No es por ti, Janek… —comencé, intentando encontrar las palabras adecuadas—. Es… es el pasado. Es Hugo.
Su nombre salió de mis labios como una herida abierta, un recuerdo que nunca había dejado de sangrar. Janek parpadeó, tratando de recordar, tal vez, o de darle sentido a esa confesión.
—¿Hugo? —preguntó finalmente, con una mezcla de sorpresa y desolación en su tono.
Asentí, sin apartar mi mano de su pecho, como si de alguna manera necesitara que entendiera lo que estaba pasando dentro de mí.
Hugo había sido mi vida antes de todo esto, antes de la guerra, antes de las mentiras y las máscaras que había aprendido a usar para sobrevivir.
Aún podía verlo en mi mente, su sonrisa, sus ojos que lo decían todo sin necesidad de palabras.
Él había sido mi refugio, mi único hogar verdadero en un mundo que se desmoronaba a nuestro alrededor.
—Hugo y yo… estuvimos juntos en París —admití, finalmente dando voz a algo que había mantenido en silencio desde hacía tanto tiempo—.
Nos queríamos. Salimos juntos de nuestra ciudad por eso.
Y, cuando todo se vino abajo, desapareció.
Lo perdí, Janek. Lo perdí en medio del caos y desde entonces no he dejado de pensar en él.
Asimiló mis palabras en silencio, retirando su mano con lentitud, casi como si ahora comprendiera lo que me mantenía distante.
No era por lo que él representaba, ni por la complicidad que habíamos desarrollado en estos meses.
Era porque una parte de mí seguía atada a París, a los recuerdos de lo que alguna vez fue, y no podía entregarme de nuevo, no de esa manera.
—Lo siento —susurré—. No puedo…
—Pues qué suerte tiene, si sigue vivo, de que alguien recorra lo que vas a recorrer por volver a verlo.
Janek respiró hondo, apartándose del todo y volviendo a su posición original, el peso de la situación cayendo sobre nosotros como una losa. La intimidad del momento se había roto, pero no con dureza, sino con una comprensión mutua.
—No tienes que disculparte, Albert —añadió, aunque su voz sonaba más apagada que antes—. Supongo que todos estamos persiguiendo fantasmas, ¿no?
Asentí, sin saber qué más decir. La guerra nos había arrebatado tanto, pero también nos había dejado atrapados en esos fantasmas, incapaces de seguir adelante, de soltar lo que una vez habíamos tenido.
Nuestro transporte y la inminente salida de la ciudad se convirtió en nuestra obsesión.
Tomasz se movía de un contacto a otro, buscando al mejor conductor, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.
Mientras tanto, nosotros, los demás, intentábamos mantenernos ocupados, aunque el nerviosismo se palpaba en cada conversación.
Anna se había vuelto más callada en los últimos días.
La guerra había destrozado su espíritu, pero algo en su manera de moverse, siempre alerta, la mantenía en pie.
—Nunca te vi tan callada, Anna —le dije una tarde, mientras estábamos sentados en un café improvisado en las afueras del mercado negro.
Ella sonrió, pero era una sonrisa amarga, sin alegría.
—Estoy agotada, Albert —afirmó, usando mi nombre con una familiaridad que me sorprendió—. Pensaba que había visto lo peor en el frente, en aquella enfermería, pero cada día parece que hay algo nuevo que me quita un pedazo más de lo que soy. Todo es tan complicado… Hasta volver a casa es difícil.
Miré sus manos, las mismas que seguramente habían salvado vidas, pero también habían visto la muerte demasiado cerca. Esas manos temblaban ahora, como si cada fibra de su cuerpo estuviera agotada por los horrores que había presenciado.
—Lo entiendo —dije, aunque sabía que en realidad no lo entendía del todo. Mi guerra había sido diferente a la suya, pero el dolor, la pérdida, eran universales.
Los días avanzaban con una lentitud desesperante.
El contacto de Tomasz tardaba demasiado, tres días parecieron una vida.
Habíamos vendido tanto que ya no nos quedaba nada que cambiar para comer.
Anna y Piotr habían vendido hasta lo poco que quedaba de sus pertenencias.
Piotr había cambiado su última moneda de oro, un objeto que había guardado desde los primeros días de la guerra con la esperanza de usarlo en su viaje de regreso a casa.
Anna había intercambiado sus medallas de servicio, algo que parecía haberle supuesto un coste emocional más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Yo también tuve que vender las mías, pero a mí aquello no me importaba lo más mínimo. Quería salir de Roma.
Un día, Tomasz nos reunió a todos en la pequeña habitación que compartíamos.
—Es ahora o nunca —dijo, mirando a cada uno de nosotros con intensidad—.
Tenemos suficiente para pagar el transporte, pero no podemos retrasarnos más.
Si no salimos esta semana, perderemos nuestra oportunidad.
Solo nos llegará para pagarle hasta la frontera, a partir de ahí tendremos que buscarnos la vida sin dinero.
Y lo que os pregunte… responded lo que sea.
Mentid si es preciso. Y, cuando lleguemos a la frontera, salid corriendo del coche.
Que no le dé tiempo a delatarnos por cuatro monedas.
Todos nos miramos en silencio, sabiendo que esa decisión no era una que tomáramos a la ligera. Era un todo o nada .