La última frontera PABLO Roma, octubre de 1944 #3
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PABLO Roma, octubre de 1944 #3

—Este tipo quiere garantías —dijo Tomasz con la voz baja tratando de no ser escuchado, pero a la vez de que distinguiéramos su voz entre la multitud—.

Quiere saber que no vamos a traicionarlo.

Y, para eso, necesita saber quiénes somos y qué hacemos.

Habrá preguntas. Si no le gustan las respuestas, no habrá viaje.

El silencio que siguió a esa declaración fue aplastante. Sabíamos que Tomasz no podía garantizar nada y, en ese mundo, revelar demasiado era jugarse la vida.

—No tenemos opción —dijo Piotr, rompiendo el silencio.

Era cierto. No teníamos más opción.

El silencio volvió a asentarse sobre nosotros, como una niebla densa que cubría cada pensamiento, cada miedo no expresado.

Sabíamos que Piotr tenía razón: no había opción.

Estábamos atrapados entre la incertidumbre de un viaje lleno de riesgos y la seguridad de quedarnos varados en Roma, sin posibilidad de regresar a Polonia.

Tomasz nos había dado un plan, pero ese plan exigía más de lo que habíamos esperado.

—Y ¿si no le gustan nuestras respuestas? —preguntó Janek, mirando fijamente a Tomasz.

—Entonces, no habrá viaje —respondió Tomasz, seco, mientras su mirada se oscurecía—.

Y tendremos que buscar otra forma. Pero confío en que todo irá bien.

Este tipo ha hecho esto antes y sabe cómo jugar a nuestro favor.

Creo que lo que no quiere son líos. Le interesa el dinero, estará necesitado. Creedme.

Janek no dijo nada, pero yo notaba su incomodidad, la tensión que se acumulaba en sus hombros.

Estaba dispuesto a cualquier cosa para llegar a Polonia, lo sabía, pero la desconfianza nunca lo abandonaba.

Siempre había algo en Tomasz que lo incomodaba, aunque nunca lo había dicho en voz alta.

Era como si algo en su intuición lo mantuviera alerta.

Esa noche, en la pequeña habitación que mi compañero polaco y yo habíamos alquilado, con los sacos de dormir tirados por el suelo y el sonido distante de la guerra todavía resonando en la lejanía, nos quedamos pensativos.

Roma parecía un refugio temporal, pero la sensación de amenaza siempre estaba presente.

En cualquier momento, algo podía romper ese frágil equilibrio.

Me acomodé en el suelo, al lado de Janek, que se había quitado su chaqueta de cuero desgastada, esa que siempre llevaba, incluso en los días más cálidos.

Se veía joven, pero la guerra lo había envejecido de una manera que solo se percibía en la dureza de sus ojos.

—¿Cómo conociste a Tomasz? —pregunté, intentando distraerme de los pensamientos que me asfixiaban.

Janek levantó la mirada, como si la pregunta lo hubiera sacado de una profunda reflexión.

—Lo conocí en Ancona, justo después de la retirada alemana —dijo con la voz casi apagada—.

Estaba buscando información sobre cómo llegar a Polonia.

Tomasz era el único que tenía respuestas.

Se movía entre los soldados aliados como si siempre hubiera pertenecido allí, pero nunca me dijo cómo llegó a hacer tantos contactos.

Es un hombre de recursos, pero… —se detuvo, mirando hacia la ventana, donde la luz de la luna apenas iluminaba la habitación— hay algo en él que no me termina de encajar.

Es demasiado hábil para ser un simple soldado.

Sabía a lo que se refería. Tomasz tenía ese aire de superviviente nato, alguien que siempre sabía más de lo que decía, alguien que podía navegar entre las sombras sin que lo notaran. En este mundo, esas habilidades eran cruciales, pero también peligrosas.

—No confías en él —dije, más como una afirmación que como una pregunta.

—No se trata de confianza —respondió Janek, encogiéndose de hombros—. Es cuestión de supervivencia. No tenemos opción, y él es nuestra única salida.

Sabía que tenía razón, pero había algo en su tono que me inquietaba. Yo también tenía secretos, cosas que no podía compartir con ninguno de ellos, y, en momentos como ese, sentía que la desconfianza era una barrera insalvable entre nosotros.

Nos quedamos en silencio, cada uno atrapado en sus propios pensamientos. La habitación estaba oscura, iluminada apenas por una lámpara de petróleo que habíamos conseguido en el mercado negro. El aire olía a humedad y a sudor acumulado después de días sin agua caliente.

Pasaron varios minutos antes de que decidiera romper el silencio de nuevo.

—Janek, ¿tú rezas? —pregunté, casi de manera casual, mientras mi mirada se perdía en las grietas del techo. No era algo de lo que solíamos hablar, pero, en ese momento, con el peso de la incertidumbre sobre nosotros, la pregunta surgió como un reflejo.

Janek levantó la mirada. Parecía desconcertado.

—¿Por qué lo preguntas? —dijo, mirándome con una mezcla de curiosidad y cautela.

—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Solo… he estado pensando. Todo esto que estamos viviendo. A veces, parece que lo único que nos queda es rezar, aunque no sepamos si alguien escucha.

Janek se quedó en silencio por un momento, observándome como si tratara de descifrar algo. Luego, habló con una voz más baja, como si estuviera escogiendo cuidadosamente cada palabra.

—¿Tú rezas a tu dios, Albert? —preguntó, enfatizando mi nombre falso, como si esa simple palabra fuera un recordatorio de todas las capas que ocultaba. La pregunta, directa y personal, me hizo sentir expuesto.

Lo miré y vi el brillo tenue de sus ojos, a la espera una respuesta.

—A veces —dije finalmente—. Aunque no sé a quién le rezo exactamente.

—¿Eres judío? —preguntó de repente, con una mezcla de sorpresa y sospecha en su tono.

Aquello me descolocó. Nunca había hablado abiertamente de mi pasado, de quién era realmente, y por un segundo me sentí atrapado. La guerra me había obligado a ocultar tantas partes de mí mismo que, en ocasiones, ni siquiera yo sabía quién era.

—Es una de las cosas que oculto —le respondí, intentando sonreír, pero el gesto murió en mi rostro antes de completarse.

Janek frunció el ceño, claramente confundido, pero no insistió. Sabía lo que era guardar secretos, lo que era ocultar partes de ti mismo para sobrevivir en un mundo que no aceptaba nada que no fuera estrictamente conforme a sus reglas.

—¿Te pesa? —preguntó finalmente, con una voz cargada de una empatía que no esperaba.

Suspiré y me senté en el suelo, apoyando los codos sobre las rodillas. Miré mis manos, sucias y agrietadas por el frío y la vida militar, pero sobre todo por la constante necesidad de ser alguien que no era.

—Claro que me pesa —dije con una sinceridad que escapó de mis labios antes de poder contenerla—.

Me pesa más de lo que imaginaba. Cada mentira, cada nombre falso, cada vida que me he inventado para sobrevivir.

A veces pienso que, cuando todo esto termine, si es que alguna vez lo hace, ni siquiera sabré quién soy.

Janek asintió, comprendiendo más de lo que podía expresar en palabras.

—No eres el único. Yo tuve que salir corriendo justamente por eso.

Por ser judío —confesó en voz baja, mirando de nuevo su rifle como si de alguna manera pudiera encontrar en ese objeto una respuesta que nunca llegaría.

Nos habían robado tanto, no solo nuestras familias o nuestros hogares, sino también nuestra identidad.

Estábamos perdidos en un mar de mentiras y la única forma de sobrevivir era seguir navegando.

—Pero diste la cara. Yo me escondí.

—Y no hay día que no me arrepienta de haberla dado. Esas estrellas que nos ponían para localizarnos, los barrios cerrados, los camiones… No me voy a olvidar de nada de lo que me han hecho hasta que he llegado aquí.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Crees que después de todo lo que has visto, de todo lo que hemos hecho, puedes seguir creyendo en algo?

Janek levantó la vista y sus ojos se llenaron de un brillo melancólico. Me di cuenta en ese momento de que, a pesar de todo lo que habíamos compartido, de las batallas luchadas codo con codo, había partes de Janek que yo nunca entendería del todo.

—No sé si creo en algo o en alguien —dijo, finalmente, con la voz apagada—. Pero quiero volver a Polonia. Quiero que todo lo que hemos vivido haya valido la pena, que haya un propósito en el caos. Y, si Dios quiere que tras eso lo perdone, me lo tendrá que suplicar.

Janek sonrió levemente, una sonrisa triste, como si supiera que, aunque rezáramos, el camino que nos esperaba estaba lleno de sombras. Quizás ese fuera nuestro destino.

El silencio en la habitación se hizo más denso después de mi confesión. Janek seguía mirándome con esa mezcla de sorpresa y comprensión. Era como si hubiera esperado ese momento durante mucho tiempo, aunque quizá no de la forma en que ocurrió.

No podía aguantarlo más. Algo en su reacción me quemaba por dentro, una necesidad de entender cómo había llegado a esa conclusión, a esa pregunta tan directa que había tocado una herida que llevaba años tratando de ocultar.

—¿Cómo lo supiste? —pregunté, con un tono más brusco del que pretendía. El peso de la mentira me hacía estar a la defensiva.

—Te vi… en Montecassino —dijo, con un tono tan neutral que hizo que me removiera incómodo.

—¿Montecassino? —Tratando de recordar. La batalla, el caos, el barro, el humo, el miedo constante. Pero nada específico surgía de mi memoria.

Janek asintió, con un gesto leve. Su mirada no era acusatoria, ni había rastro de burla. Era simplemente un hecho que ya no se podía ignorar.

—Te vi meando detrás de una roca, justo antes de que avanzáramos al siguiente puesto. Ahí lo supe.

Tardé un segundo en procesar lo que me estaba diciendo. La circuncisión. Eso era todo. En medio de la guerra, de la locura y del sufrimiento, un detalle tan íntimo, tan pequeño, había sido lo que lo delató todo. No pude evitar reírme.