PABLO Roma, octubre de 1944 #2
—¿Cuál es el plan, entonces? —cuestionó Piotr, su voz apenas un susurro.
Parecía el más joven de todos, pero sus ojos ya habían visto suficiente muerte.
Su uniforme era una mezcolanza de retazos, con una chaqueta de un soldado alemán que le quedaba grande, y un casco británico que parecía haber sido recogido en algún campo de batalla.
Tomasz se inclinó sobre la mesa, sacando un mapa arrugado de su bolsillo. Las marcas en el papel estaban desvaídas, pero todavía podíamos ver las líneas fronterizas y las rutas principales que conectaban Italia con el resto de Europa. Nos señaló un punto en el norte.
—Aquí, cerca de Trieste —comentó, marcando el mapa con el dedo—. Podemos llegar allí si conseguimos transporte. Desde Trieste, la frontera con Yugoslavia es lo más cercano, y de ahí podríamos encontrar la manera de seguir hacia el norte. No será fácil, pero es nuestra mejor opción.
El plan sonaba tan simple, pero todos sabíamos que nada en esta guerra lo era. Los caminos estaban llenos de soldados, de refugiados, de desesperación. Y, aunque Roma había sido liberada, el peligro acechaba en cada esquina.
—¿Y si no lo logramos? —preguntó Anna, rompiendo su silencio por primera vez. Su voz era suave, pero había una dureza en ella que todos entendimos. Sabíamos lo que nos estaba preguntando. ¿Qué pasaría si no llegábamos a Polonia? ¿Si todo lo que estábamos buscando no existía más?
—No nos queda más opción —respondió Janek, con un aire de decisión que rara vez le había visto.
Yo lo miré, sabiendo que, para él, esa afirmación era más que una simple declaración patriótica.
Janek quería volver a casa, no solo por la tierra, sino porque había perdido todo lo demás y creía que allí, sobre la misma tierra de siempre, encontraría de nuevo su hogar.
Yo, por otro lado, sabía dónde tenía que empezar a buscar, pero el peligro era real.
Era un camino que aún no estaba cerrado del todo, una puerta entreabierta que me empujaba a seguir caminando.
—Lo intentaremos —dije—. No hay otra opción.
Mientras las brasas del cigarrillo de Anna se consumían lentamente en la penumbra, sentí que todos compartíamos algo más que el deseo de regresar a Polonia. Compartíamos una desesperanza que solo aquellos que habían perdido todo podían entender.
Salimos de la reunión con más preguntas que respuestas, pero con una determinación que no habíamos sentido en mucho tiempo.
Teníamos un plan, y eso ya era algo. Ahora el problema era encontrar los medios para ejecutarlo.
Necesitábamos transporte, y para eso, dinero.
No era algo que sobrara en nuestra situación, pero los contactos correctos podían obrar milagros si uno sabía moverse.
Tomasz parecía ser el hombre adecuado para ese tipo de trabajo.
Al día siguiente, nos llevó a un mercado negro en las afueras de Roma, donde soldados y civiles intercambiaban de todo: comida, ropa, armas, cualquier cosa que pudiera ser de valor en tiempos de guerra.
Todo era comprable y vendible, hasta las almas.
Las calles eran un bullicio. Gente por todas partes cubierta con trajes raídos, pero con la mirada alerta, buscando su próxima oportunidad.
El olor del humo de los cigarrillos, del sudor y del miedo a ser descubierto flotaba en el aire, mientras el sonido del regateo llenaba el espacio entre los puestos improvisados, y algunas chimeneas, encendidas por el paso del otoño, expulsaban el humo demasiado bajo, muy cerca de nosotros.
—Aquí es donde conseguiremos nuestro transporte —nos dijo Tomasz con su tono bajo pero confiado—. Hay conductores que no hacen preguntas, pero necesitamos suficiente dinero para pagarles.
El problema era claro: entre los cinco, no teníamos suficiente dinero ni para un viaje en tren, mucho menos para pagarle a alguien que nos llevara hasta Trieste.
Empezamos a intercambiar lo que podíamos, trocando insignias militares, cigarros, incluso algunas joyas robadas en la retirada alemana, todo por un poco de efectivo.
El proceso era lento y frustrante. No podíamos confiar en nadie y cada transacción estaba teñida de desconfianza.
Anna vendió la pitillera de plata de su abuelo y yo tuve que deshacerme del reloj que mi padre me había regalado de la joyería cuando había celebrado mi bar mitzvah.
La correa era de cuero y la esfera, de oro.
Sobrevivió a París y al hambre atado a mi muñeca.
Al dárselo a aquella mujer sin dientes, me sonreí.
Me acordé de mi familia, de mi hermano Jakob, de mi madre y mi padre, de todos mis hermanos.
¿Estarían vivos? ¿Seguirían en Barcelona?
¿Habría abierto Jakob la tienda que prometía, juraba y perjuraba que abriría tras la guerra?
¿Y mi hermana Isabela? ¿Seguiría haciendo sus artesanías?
¿Y Kelim habría seguido defendiendo sus ideales de igualdad?
Entre lo suyo y lo mío no conseguimos más que un billete de tren entero, ni hablar de cinco viajes a la frontera.
Anna, con la mirada sombría y un abrigo militar demasiado grande que había conseguido para protegerse del frío, quizá robándolo a cualquier despistado en algún bar, fue quien obtuvo más con una habilidad sorprendente para negociar.
Su rostro severo y su postura inflexible la hacían parecer más peligrosa de lo que realmente era.
Sabía jugar el papel de mujer endurecida por la guerra y los comerciantes respondían ante eso.
Era difícil imaginarla como la enfermera que había sido antes del conflicto, salvando vidas en lugar de buscar maneras de dar con un transporte que pudiera costarnos la nuestra.
Solo pudimos reunir un pequeño montón de billetes, algunas joyas que habíamos decidido conservar y un par de relojes de los soldados alemanes caídos. No era suficiente, pero estábamos cerca.
—Faltan quinientas liras —dijo Tomasz, revisando los billetes con una expresión de frustración contenida—. No va a ser fácil encontrarlo en estos tiempos.
Nos miramos en silencio, sabiendo que no había muchas opciones.
Piotr, se removió incómodo en su asiento.
Era un chico delgado y nervioso, con las manos siempre temblorosas.
A veces, me preguntaba si era por el frío o por el trauma que llevaba dentro, pero jamás hablaba de ello.
Era inquieto y movía todo lo que lo tocaba: el mantel de la mesa, el abrigo militar largo que llevaba, los flecos de la bufanda sucia que colgaba de su cuello, los cordones de las botas… Temblaba constantemente.
—Podemos buscar más trabajo —sugirió Piotr en voz baja, como si temiera que lo escucháramos.
—¿Trabajo de qué? —preguntó Tomasz vacilante, que estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo—. No somos obreros. No hay tiempo para ganarse ese dinero limpiando pisos o cargando cajas.
Tomasz era el que tenía la última palabra, como siempre. Era la columna vertebral de nuestro pequeño grupo, el más fuerte, el más decidido. Aunque había algo en él que me inquietaba. No hablaba nunca de su pasado y siempre me había parecido que ocultaba más de lo que mostraba.
Esa noche, mientras el grupo se dispersaba y cada uno se iba al rincón en el que tuviese una cama caliente y algo que llevarse al estómago, Anna y yo nos quedamos en mitad de aquella calle, dando las últimas caladas a nuestro cigarro. El viento agitaba las hojas de los árboles.
—¿Cómo te hiciste enfermera? —le pregunté, rompiendo el silencio. No hablábamos mucho, pero me salió solo. Un intento por saber quién era esa mujer.
Anna se encogió de hombros, sin apartar la mirada de la taza que sostenía entre las manos.
—Mi padre era médico —dijo con voz apagada—. No había otra opción en mi familia. Fui a la escuela de enfermería cuando tenía dieciséis. Me alisté al comienzo de la guerra, pensando que podía ayudar. Pero lo que vi en los campos de batalla…
Su voz se apagó, y durante unos segundos, el silencio se volvió incómodo.
—Nada te prepara para eso —añadió finalmente.
Levanté la mirada hacia ella, notando el cansancio en su cara, las líneas profundas alrededor de sus ojos, que revelaban no su edad, sino el peso de las vidas que había visto desvanecerse entre sus manos. Había envejecido a una velocidad brutal, como todos nosotros.
—Yo no tenía una vocación así —admití, recordando mis días en París, donde todo parecía tan diferente—. Solo quería enseñar. Vivir una vida tranquila, sin responsabilidades, sin complicaciones. Luego, llegó la guerra a España y…
Anna levantó la vista y me miró con comprensión. Ella sabía lo que significaba llevar una vida destruida por algo que estaba más allá de tu control. También había perdido todo y, al igual que yo, estaba buscando una forma de seguir adelante.
—Ahora, todo es supervivencia —dijo, casi en un susurro—. ¿Eres español?
Me había salido de dentro. La fachada que había construido había caído como un castillo de naipes al mover la mesa.
Asentí. Ella se quedó pensativa antes de añadir la respuesta a su propia pregunta:
—Tus motivos tendrás para querer ir al conflicto habiendo salido de uno.
A medida que los días pasaban, Tomasz continuó moviéndose por los mercados negros, buscando una forma de conseguir el dinero que nos faltaba.
Cada día parecía más nervioso, más tenso.
Nosotros seguíamos moviéndonos por la ciudad, trapicheando con lo que podíamos y acudiendo a reuniones que fuesen necesarias, tanto las del Cuerpo de Polacos como las nuestras clandestinas.
Finalmente, una tarde, nos reunió a todos en el mismo café de siempre.
—Conseguí a alguien —dijo, sin preámbulos—. Es un conductor. Nos llevará a Trieste en tres días, pero quiere todo el dinero por adelantado.
—Y ¿lo tenemos? —preguntó Janek, siempre directo.
Tomasz asintió.
—Lo tenemos. Pero hay un precio más alto que pagar.
Nos miró a todos, como si evaluara nuestras reacciones.
—¿Qué precio? —pregunté, esperando ya lo peor.