PABLO Roma, octubre de 1944
D espués de la batalla de Montecassino, llegamos a Roma.
Ahí terminó nuestra ofensiva. La ciudad liberada parecía un respiro en medio del caos.
Las calles adoquinadas estaban llenas de vida, aunque una vida apagada por la guerra.
Las ruinas de los edificios se mezclaban con el bullicio de los civiles, que intentaban reconstruir su existencia en medio de la devastación.
Las tropas aliadas patrullaban las calles, pero el temor al regreso de la violencia aún rondaba entre las sombras.
La ciudad estaba rota, pero viva. Las iglesias seguían en pie, aunque aún mostraban las heridas de los bombardeos, y las plazas se llenaban de gente en busca de trabajo, comida, o simplemente un rastro de normalidad.
Los italianos gritaban. Su voz vibraba en el aire, una mezcla de desesperación y esperanza que resonaba con ecos de familiaridad.
Aquel tono elevado, lleno de gesticulaciones y pasiones desbordadas, me recordaba a los españoles, que en tiempos de desasosiego también habían alzado la voz en un clamor colectivo, buscando ser escuchados.
Los diálogos se entrelazaban en la plaza, cada uno con su propia historia, pero compartiendo un mismo hilo de lucha.
Había algo visceral en la forma en que los italianos expresaban sus emociones, como si cada palabra pronunciada fuera un grito por la justicia y la dignidad.
Era una danza de gestos y miradas, una sinfonía de lamentos y risas nerviosas que hablaban de un futuro incierto, pero que aún se aferraba a la posibilidad de renacer.
En ese bullicio, el pasado y el presente se fundían, y la esencia de su cultura, forjada en siglos de historia, permanecía inquebrantable ante la adversidad.
Janek y yo, como tantos otros, éramos extraños en esta ciudad.
A pesar de haber luchado codo a codo con los aliados, no podíamos evitar sentirnos fuera de lugar.
Había perdido a mi unidad y, al final, solo me quedó unirme a aquellos que encontré.
Los habían matado a todos. No quedaba nadie vivo tras nuestro paso por Montecassino.
Por eso había decidido unirme a los polacos.
Roma no era nuestro hogar, ni para mí ni para mis compañeros, solo una parada más en el largo viaje hacia el norte.
Polonia seguía siendo nuestro objetivo, aunque todos sabíamos que la situación allí no sería mejor.
El país estaba dividido, ocupado tanto por los nazis como por los soviéticos, y nadie sabía con certeza qué futuro nos esperaba allí.
Caminábamos por la ciudad, buscando noticias para salir de Italia, tratando de entender qué sucedía en el Frente Oriental, pero la información llegaba de forma confusa y fragmentada.
Las tropas alemanas seguían resistiendo en el norte de Italia y el invierno se acercaba rápidamente, dificultando cualquier plan de movimiento.
La guerra parecía estar llegando a su fin, pero su sombra seguía alargándose sobre nosotros.
La vida en la ciudad era extraña. Había belleza en las iglesias, en las fuentes de las que aún seguía brotando agua, en las calles estrechas y serpenteantes que nos llevaban a las plazas llenas de historia.
Pero esa belleza estaba manchada por la guerra, por el hambre, la desesperación, la incertidumbre.
Por las mañanas, cuando salía sin saber a dónde, pongamos que a tomar un café en el primer bar que encontrara, escuchaba a las mujeres gritar, de balcón a balcón, mientras tendían la ropa en unas cuerdas que ataban de piso a piso, y la dejaban colgando en la calle.
Gritaban, no hablaban, pero con los meses había aprendido que los italianos hablaban gritando.
Y el olor que hacía todo, a desasosiego, se mezclaba con el jabón casero con el que habían lavado las sábanas, o quizá las camisas, o los pantalones que se habían visto obligadas a llevar por la guerra.
Era un olor a aceite rancio y a un químico que no lograba reconocer, que no llegaba a asimilar, pero toda la ciudad olía a aquello.
Íbamos vestidos de militares, yo con las condecoraciones puestas con la intención de que cualquier información útil nos llegara para salir de Roma y llegar a Polonia.
Compartíamos historias en cafés improvisados en las esquinas, donde el humo del tabaco y el olor del café rancio llenaban el aire.
Las conversaciones siempre giraban en torno al fin de la guerra, a qué pasaría después, pero nadie tenía respuestas.
Un día, mientras nos sentábamos en un café junto a una plaza, Janek me miró de repente, como si acabara de recordar algo importante.
—Albert… tú también quieres ir a Polonia, ¿verdad?
Era una pregunta simple, pero en ella se escondía una duda más profunda. Él no sabía todo sobre mí y, en ese momento, sentí que no podía seguir ocultando la verdad.
Asentí, sin decir ni una palabra. La guerra nos había enseñado a sobrevivir a través del silencio.
—Entonces, volvamos juntos —respondió después de un largo silencio, como si mi respuesta hubiera sido suficiente para él. A veces, las palabras eran menos importantes que la compañía. Sabíamos que, aunque el futuro era incierto, no teníamos otra opción más que seguir adelante.
—Tengo que llegar a Auschwitz.
Janek me miró, fijamente, mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera y lo introducía entre sus labios. Dio una calada justo antes de afirmar, sin disimular la cara de desconcierto:
—Nadie sale de Auschwitz, Albert.
Me quedé en silencio. Sin entender por qué, saqué la foto que Loreine me había dado del bolsillo de mi chaqueta. Estaba arrugada y amarillenta, pero se distinguía perfectamente.
Janek la agarró y, dando otra calada a su cigarro, preguntó:
—¿Cómo tienes esto?
—No preguntes más.
Estábamos atrapados en un limbo, entre el pasado y el futuro, entre lo que habíamos perdido y lo que aún teníamos por ganar.
Y Roma, con sus calles antiguas y sus cicatrices de guerra, nos ofrecía un respiro temporal, un lugar para prepararnos para el próximo paso.
Pero quería pensar que mi camino no terminaría allí.
Días más tarde, Janek nos reunió a varios en aquel mismo café en el que yo le había contado, sin demasiados detalles, mi historia.
El aire dentro era denso, impregnado de humedad y el olor rancio del tabaco.
Afuera, la ciudad seguía con su rutina de supervivencia, pero allí dentro todo giraba en torno a una idea: cómo volver a Polonia.
Éramos cinco, todos polacos menos yo. Habíamos estado con ellos en el II Cuerpo Polaco desde Montecassino y, aunque nuestras rutas hacia Roma habían sido distintas, nuestro objetivo final era el mismo.
Alrededor de la mesa estaban Tomasz, un sargento retirado de voz grave, cuya presencia intimidante contrastaba con su mirada agotada; Piotr, un muchacho joven, pero ya con cicatrices profundas de la guerra, y Anna, una enfermera que se había unido a nosotros después de que los aliados liberaran la ciudad.
Cada uno vestía una mezcla de uniformes desgastados, prendas que habíamos recogido a lo largo del camino desde que habíamos empezado en nuestras respectivas profesiones.
Los uniformes no coincidían; algunos llevaban chaquetas británicas, otros pantalones italianos y botas alemanas tomadas de soldados caídos.
Las insignias de nuestro ejército estaban descoloridas, pero aún las exhibíamos con una extraña mezcla de orgullo y dolor.
El verde oliva de las chaquetas estaba manchado de barro y sangre, pero nadie parecía preocuparse por eso.
La guerra nos había despojado de la importancia de las apariencias. Lo que importaba era estar vivo.
Anna, con el pelo recogido bajo un pañuelo sucio, fumaba en silencio, observándonos a través de una niebla de humo.
Sus ojos eran claros, pero también llenos de cansancio.
Sabía que ella había visto cosas peores que nosotros en su tiempo como enfermera en los frentes, pero no hablaba mucho de ello.
Todos teníamos nuestras historias y, en esa pequeña habitación, parecíamos compartir un pacto tácito de no preguntar demasiado.
—Polonia no está a nuestro alcance por ahora —dijo Piotr, su voz firme pero baja.
Sabía cómo manejar una conversación como si estuviera planeando una operación militar.
Su chaqueta, desabotonada hasta la mitad, mostraba el cuello sucio de una camisa blanca desgastada, sujeta por un viejo cinturón de cuero que había visto mejores días.
—Lo sé —respondí, frotándome las manos para intentar sacudirme el frío de la noche. El otoño comenzaba a sentirse, y en Roma, a pesar de su clima más cálido, la humedad se colaba por las paredes como un enemigo invisible.
Janek se inclinó hacia adelante, con su chaqueta grisácea, las mangas demasiado largas y gastadas por el roce constante.
Me miró, y en sus ojos vi el mismo anhelo que sentía yo.
Él también quería volver a Polonia, pero sabía que las rutas eran inciertas.
Había algo más que un deseo en su mirada, algo que no podía nombrar, pero que lo empujaba como una marea imparable hacia el este.
—No podemos esperar más —dijo con una urgencia contenida—. Si no salimos pronto, no habrá Polonia a la que regresar. Los soviéticos están tomando todo. Cada día que pasa, nuestro país se vuelve más… irreconocible. Por unos, o bien por otros.
Asentí, aunque una parte de mí sabía que Janek tenía razón.
El frente soviético avanzaba rápidamente, y cada noticia que llegaba de Polonia hablaba de ciudades arrasadas, pueblos enteros desaparecidos.
Sabíamos que los alemanes estaban en retirada, pero también sabíamos que los soviéticos no eran liberadores.
Llegaban como un nuevo conquistador, y Polonia, en medio de este conflicto entre gigantes, era la tierra que todos querían, pero que nadie respetaba.