HUGO Moscú, septiembre de 1944 #4
Elena y Anya hablaban poco de política, aunque las vi observar los carteles de propaganda que cubrían las paredes de Moscú con una mezcla de cautela y resignación una mañana que salieron a comprar cuando yo me iba a entregar unos trabajos.
Esos carteles mostraban imágenes gloriosas de los soldados del Ejército Rojo marchando hacia la victoria, de campesinos fuertes trabajando en los campos para alimentar al pueblo.
La narrativa del sacrificio, de la glorificación del trabajo, de la inevitabilidad de la victoria soviética, se repetía en cada esquina.
Y yo, pincel en mano, contribuía a esa misma historia, aun sabiendo que estaba ayudando a crear una mentira.
El miedo estaba en todas partes. La gente hablaba en susurros en las colas del mercado, y muchas veces los más desafortunados se quedaban sin pan o carne.
Pero el régimen insistía en que todo marchaba bien, que la victoria estaba cerca, que Stalin lo tenía todo bajo control.
En ese ambiente, aprendí a moverme con cautela.
Mis pinturas debían estar perfectamente alineadas con los ideales del régimen, sin desviarme ni un milímetro de lo que se me pedía.
No había espacio para ser quien realmente era.
En Moscú, ser homosexual era más peligroso que cualquier otra cosa.
El régimen lo consideraba una aberración, una traición a los valores del Estado, y cualquier sospecha me hubiera llevado directamente a la prisión, o peor.
Así que me convertí en Alexandr Borísov, el pintor leal al partido que cumplía con cada encargo sin hacer preguntas, sin mostrar nada más que obediencia y silencio.
El ruso era difícil de aprender, pero poco a poco iba calando en mi mente, como una melodía extraña que al principio parece disonante, pero luego, con la repetición, empieza a tener sentido.
Me había acostumbrado a vivir con ese doble filo, ese riesgo constante de que cualquier día alguien podría hacer las preguntas incorrectas, atar los cabos sueltos, y mi fachada se desmoronaría.
¿Por qué un hombre con un nombre tan ruso no habla el idioma correctamente?
, me pregunté tantas veces que me sorprendía que no lo hicieran los demás.
Era una grieta obvia en mi historia, pero en el Moscú estalinista las historias de la gente estaban llenas de vacíos, de preguntas sin respuestas.
Nadie quería saber demasiado. Preguntar era peligroso, y responder, incluso más.
Me refugiaba en esa falta de curiosidad generalizada, una especie de pacto tácito entre todos los que caminábamos por esas calles grises.
Las niñas, como las apodé en mis adentros, me miraban con curiosidad cuando trataba de hablar ruso con más fluidez, entre risas y correcciones amistosas.
Pero nunca se preguntaron por qué yo, alguien con un nombre tan arraigado en su cultura, parecía ser un extranjero en mi propio idioma.
A veces, sentía la tentación de decírselo, de confesarles quién era en realidad.
Pero sabía que no podía. Ellas estaban tan atrapadas como yo, danzando en esa delgada línea entre lo que se permitía mostrar y lo que se debía esconder.
Había cosas que no podían saberse, secretos que debían quedar enterrados.
Y mi verdadera identidad, mi pasado en París, mis recuerdos de Pablo y, sobre todo, mi homosexualidad, eran secretos que, si salían a la luz, me condenarían.
En la Rusia de Stalin, no había espacio para las imperfecciones.
Todo tenía que ser fuerte, puro, y estar alineado con los ideales del régimen.
Los artistas, los bailarines, los poetas, todos debíamos servir a un propósito mayor.
Las personas como yo, que no encajábamos en esa v isión de un hombre soviético robusto, simplemente no existíamos.
Era como si nuestra misma existencia fuera un error que había que borrar, como las zarinas y los aristócratas que yo hacía que se esfumaran sobre los lienzos antiguos.
El pasado debía desaparecer y, con él, todas las vidas que no servían al futuro brillante que Stalin prometía.
Y yo lo sabía. Sabía que, si alguna vez descubrían lo que realmente era, todo terminaría para mí.
Pero esa tensión, esa constante vigilancia, era también lo que mantenía viva mi creatividad.
En esos momentos de soledad, mientras el invierno moscovita azotaba las ventanas de mi pequeña habitación y la ciudad se desvanecía en un silencio gélido, era cuando más pensaba en el pasado y, a veces, cuando el ruso se me hacía un nudo en la lengua y sentía que la fachada se resquebrajaba, me retiraba al rincón más oscuro de mi mente y repetía las palabras en español, mi lengua materna, como un consuelo privado.
Las frases suaves y redondas de mi infancia y de mis días en Montmartre me envolvían como una manta cálida, recordándome que había sido alguien más antes de que la guerra me lo arrebatara todo.
Pensando en que la guerra terminaría pronto y yo volvería a París.
Lo que no sabía yo era que los años de antes de la guerra ya no existirían. Nunca.