La última frontera HUGO Moscú, septiembre de 1944 #3
56%

HUGO Moscú, septiembre de 1944 #3

—¿Y tú? —preguntó de repente—. ¿Qué ves en todo esto? —Elena me miró fijamente, como si buscara algo.

—No lo sé —admití, sintiendo que no tenía las respuestas que esperaba.

El comunismo me había parecido un refugio tras la salida del infierno, un lugar donde podría empezar de nuevo como se me había prometido tanto tiempo antes.

Había escapado de un horror tan grande que cualquier lugar me parecía mejor.

Pero había empezado a notar las grietas ya en Kiev, con esa tensión constante en el aire, las decisiones de quién servía y quién no, junto con las miradas furtivas y las palabras no dichas.

—Tal vez veas lo que todos vemos al principio —dijo Elena, suavizando su tono—. Esperanza. Pero eso se desvanece rápido. El régimen sabe cómo romper a la gente. Te da lo suficiente para que sobrevivas, pero nunca lo suficiente para que sientas que puedes vivir de verdad.

Miré mi té, sin saber qué decir. Las palabras de Elena resonaban en mi mente.

Tenía razón. Había una sombra sobre Moscú, sobre todos nosotros, que no era fácil de identificar al principio, pero que se hacía evidente cuanto más tiempo pasabas allí.

Las cúpulas doradas de la ciudad, los edificios imponentes del gobierno, todo parecía ser una fachada para algo mucho más frío y oscuro.

—Pero tú eres diferente, Alex. —Elena me sonrió, esta vez con un toque de ternura—. Eres ruso, pero no hablas casi ruso de tanto tiempo que has vivido fuera. Quizá puedas ver lo que nosotros ya no podemos.

Quise decirle que no me sentía tan diferente, que también estaba atrapado, que también ocultaba cosas que podían costarme la vida.

Que quería volverme a París y abrir la puerta de madera de aquel apartamento que todavía, tantos años después, consideraba mío.

Pero no lo hice. No me fiaba de ellas. Simplemente asentí y dejé que el silencio volviera a caer entre nosotros, pesado y lleno de verdades no dichas. Fueron años de silencio.

Siempre me repetían que era diferente. Quizá lo repetían por la cantidad de mentiras que les había tenido que contar para que mi identidad cuajara y creyeran que era ruso, que no dudaran de mi identidad al estar enseñándome durante horas cómo hablar su idioma, las palabras que más se usaban, las más graciosas, lo que me sacaría de un apuro…

Lo que más las sorprendió fue el cariño con el que las trataba.

No esperaban que alguien como yo, que venía de un lugar tan lejano y que, al principio, parecía un completo desconocido, fuera tan considerado.

«Eres diferente», me decía Anya a menudo, como si no pudiera creer que alguien del régimen soviético las tratara con algo más que indiferencia.

No sabía cómo explicarles que mi humanidad no tenía nada que ver con el sistema en el que ahora vivía, que venía de un lugar mucho más profundo, de un pasado que trataba de enterrar, pero que seguía resonando en mí.

Ellas nunca preguntaron mucho sobre mi vida.

No les importaba de dónde venía ni por qué mi ruso era aún torpe y vacilante aun siendo un artista al servicio del gobierno.

Tal vez, en el fondo, tampoco querían saberlo.

Eran conscientes de que todos aquí teníamos nuestros secretos.

Lo que les importaba era que les permitía limpiar mi casa sin que se sintieran pequeñas, sin tratarlas como simples sirvientas.

Las dejaba entrar en mi espacio y, con el tiempo, sin quererlo, ellas se convirtieron en parte de él.

A veces, después de terminar sus tareas, se quedaban un rato más, bebiendo té conmigo en la pequeña cocina.

Anya hablaba de los días en que los teatros estaban llenos y las calles de Moscú vibraban con música y risas.

Elena, más pragmática, solía mirar hacia la ventana con una expresión pensativa, como si siempre estuviera a la espera de algo, un cambio, una noticia, una señal de que la guerra, al fin, terminaría.

El contraste entre ellas era algo que siempre me fascinaba.

Anya, con su risa, sus movimientos llenos de vida, su juventud tan intacta como su pelo rubio, perfectamente cuidado, como si el deseo de bailar estuviera siempre a flor de piel, esperando ser liberado.

Elena, en cambio, se había sumido en la rutina, había aceptado el peso de la realidad con una resignación que a veces me resultaba dolorosa de ver.

A menudo, la encontraba sentada junto a la ventana, mirando hacia las calles vacías de Moscú, como si buscara algo que no estaba allí, envuelta en un pañuelo de seda viejo estampado con motivos florales que cubría su cabellera castaña.

Ella nunca hablaba de lo que había perdido en términos dramáticos.

Simplemente seguía adelante, haciendo lo que podía para sobrevivir, para mantener viva a su hermana en ese mar de incertidumbre.

Nunca me lo dijo directamente, pero sabía que Elena cargaba con la responsabilidad de proteger a Anya, quizá por ser mayor que ella; de asegurar que ella tuviera la oportunidad de bailar de nuevo, incluso si eso significaba sacrificar sus propios sueños.

En varias ocasiones traté de imaginar cómo sería para ellas volver a un teatro, sentir de nuevo el calor de los focos sobre la piel, escuchar los aplausos del público.

Sabía lo que era tener un sueño arrebatado, el arte y la pasión reducidos a nada más que la supervivencia, y me dolía ver en ellas el mismo vacío que a veces sentía en mí mismo.

Ellas nunca supieron de Pablo, ni de mi vida en París, pero en su amor por el ballet , en su deseo de volver a ser quienes eran, sentía una conexión profunda, algo que iba más allá de las palabras.