HUGO Moscú, septiembre de 1944 #2
Cuando la soledad se hacía demasiado pesada, me preguntaba si valía la pena seguir adelante.
Pero siempre terminaba recordando lo que había pasado para llegar hasta Moscú.
Las atrocidades que había visto, los rostros de los que no sobrevivieron.
No podía dejar que todo eso fuera en vano.
Tenía que seguir pintando, tenía que seguir respirando, aunque fuera solo como una sombra del hombre que había sido.
No había lugar para los sueños ni para el amor. Solo había lugar para la supervivencia.
Elena y Anya, además de ser mis amigas, tenían un pasado fascinante que me revelaron poco a poco, como quien entiende que la vida sabe que puede terminarse.
Ambas habían sido bailarinas antes de que la guerra arrasara sus vidas.
La primera vez que lo mencionaron, estábamos sentados en mi apartamento, una noche fría de septiembre.
Habíamos improvisado una cena con lo poco que tenían: patatas hervidas y algo de pan negro, como casi siempre, y el aire estaba cargado de ese silencio cómodo que compartíamos después de nuestras charlas.
Dos bailarinas de la compañía del Teatro Bolshói que ahora componían el servicio del hogar que me habían dado para que no tuviese que preocuparme de nada más que de pintar, y yo, un artista venido a menos.
Llegaron a mi vida de manera inesperada, casi por accidente, cuando empezaron a limpiar en mi pequeña casa de Moscú.
Las dos eran jóvenes, apenas en sus veintitantos, pero los estragos de la guerra las habían envejecido demasiado rápido.
Sus manos, ásperas y endurecidas, contrastaban con la delicadeza de sus gestos cuando barrían el suelo o sacudían el polvo de los pocos muebles que tenía.
La guerra había envejecido todo. No solo a las personas, sino también los lugares, los recuerdos, el propio aire que respirábamos.
Mi rostro, antes joven y despreocupado, ahora mostraba líneas que no deberían haber estado allí.
Había perdido esa chispa que alguna vez lo animaba, como si el peso de lo vivido hubiera borrado cualquier rastro de la persona que fui antes.
Mis amigas, aunque eran más jóvenes que yo, también llevaban la guerra en sus cuerpos, en la forma en que movían sus manos, en sus ojos que, a veces, parecían vacíos, ausentes, como si su verdadero ser estuviera atrapado en algún lugar que ya no podían alcanzar.
Nosotros, los supervivientes, compartíamos una conexión silenciosa.
Sabíamos que, aunque estuviéramos vivos, algo dentro de nosotros había muerto con el conflicto.
Todos envejecimos prematuramente, no solo por la falta de comida o las duras condiciones, sino por la forma en que la guerra había devorado nuestra juventud, nuestros sueños, nuestra inocencia.
La guerra no solo destruyó edificios y arrasó campos de batalla.
Destruyó la noción del tiempo. Me daba cuenta de que ya no medía mi vida en años, sino en sucesos, en pérdidas.
Cada amigo que se había ido de mi lado tras una época acompañándome, cada casa que veía en ruinas, cada tren que había tenido que tomar huyendo de algún lugar, el amor que había dejado atrás y los años que habían pasado de todo aquello.
Mi piel parecía llevar esas cicatrices, como una especie de mapa que nadie más podía leer pero que yo, junto con el tatuaje que me recordaba que un día había sido un número, trataba de esconder bajo las mangas de la camisa.
Recordaba París, recordaba las tardes caminando por sus calles, la música en los cafés, las conversaciones sin prisa.
Pero incluso esos recuerdos estaban manchados ahora.
En mi mente, las imágenes eran borrosas, como si la guerra no solo hubiera destruido el presente, sino que hubiera empezado a devorar también mi pasado.
Las cosas, las personas que amé parecían lejanas, irreales, como si hubieran pertenecido a otra vida.
A veces, me encontraba preguntándome si la guerra habría envejecido también mi alma, si me habría vuelto más cínico, más duro, o simplemente más cansado.
La primera vez que las vi, no imaginé que terminaríamos siendo amigos.
Yo era para ellas, al principio, simplemente otro inquilino más, otro hombre que podía tratarlas con indiferencia o desdén, como quizá tantos otros antes que yo.
Pero no fue así. No pude evitar ser amable con ellas.
Tal vez porque me recordaban lo que había perdido, o quizá porque en su cansancio, en su resistencia diaria, veía algo de mí mismo.
Elena, la mayor, era la más reservada, siempre cuidadosa de no meterse en problemas, evitando hacer demasiado ruido.
Anya, por otro lado, tenía algo de chispa en sus ojos, un brillo que me hacía pensar que, a pesar de todo, aún tenía esperanzas de que la vida mejorara.
Con el tiempo, empezaron a hablarme más.
Al principio, era sobre las tareas que hacían en la casa, sobre qué necesitaba o si estaba todo en orden.
Luego, poco a poco, las conversaciones comenzaron a extenderse.
Me contaban historias de su vida antes de la guerra.
No las hubiera imaginado al verlas en el salón del apartamento, siempre con ropa sencilla y gastada, sus cuerpos marcados por el trabajo duro y la falta de comida, con los pómulos afilados y las ojeras oscuras.
Pero, cuando hablaban del ballet , sus ojos se iluminaban de una manera que no había visto en mucho tiempo.
Para ellas, el baile era más que un recuerdo.
Era una promesa, un sueño al que se aferraban con desesperación.
—Cuando todo esto termine —me dijo Anya, la más joven de ambas, esa primera noche en la que compartimos la cena que Elena había cocinado—, volveremos a bailar. Lo sé. Volveremos al teatro y todo será como antes.
Elena asentía, aunque con menos convicción.
Ella parecía menos segura de que ese día llegaría.
«El comunismo no deja mucho espacio para soñar», me había dicho una vez, en un tono que rozaba la desilusión, casi sin abrir los labios por si alguien podía escucharla.
Lo decía porque lo había vivido como algo propio y por eso lo expresaba con una resignación que solo alguien que había vivido demasiadas decepciones podía tener.
Estábamos sentados en la pequeña cocina, como tantas otras noches, con una taza de té caliente entre las manos.
Elena limpiaba los bordes de la mesa con movimientos lentos, como si estuviera perdida en sus pensamientos.
El vapor del té subía en espirales y el silencio en la habitación parecía más denso que de costumbre.
Sentía que algo flotaba en el aire, algo que no nos atrevíamos a decir.
—¿No es mejor ahora que con los zares? —pregunté, rompiendo el silencio. Lo dije casi sin pensar. Sabía tan poco sobre la Rusia anterior, esa época que había desaparecido, barrida por la Revolución y por el tiempo.
Elena dejó de limpiar y me miró con los ojos oscuros centelleando bajo la luz tenue de la lámpara.
Su boca se curvó en una sonrisa amarga, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Durante un instante, no dijo nada. Solo me observaba, como si tratara de decidir si podía confiar en mí y contarme la verdad.
—¿Mejor? —repitió, con un tono que rozaba el sarcasmo—. Claro, tenemos más pan en la mesa y menos nobles a los que servir. Pero, dime tú, ¿crees que somos libres de verdad?
Me encogí de hombros, sin saber qué responder.
Siempre había pensado en el comunismo como una liberación, una especie de promesa de igualdad, de justicia para los que siempre habían sido oprimidos.
Por aquellos años, tan joven como era, solo quería sentirme vivo.
Tampoco sabía más del tema de lo que me había llevado a unirme, junto con Pablo, al PCE antes de la guerra en España y de lo que nos había unido a ambos a la Resistencia en París tras nuestro exilio.
Tampoco había intuido, en aquella época de felicidad, que los años del oprobio que vendrían me llevarían a la otra punta del mundo.
La propaganda en Moscú era abrumadora, todo estaba envuelto en esa imagen gloriosa del pueblo unido, de la clase trabajadora redimida. Los retratos de Stalin vigilaban cada esquina, cada calle, como si la ciudad entera fuera un escenario montado para mostrar la grandeza del régimen.
Tras un breve parón, Elena siguió hablando. Sacaba un hilo de su inglés, aprendido en sus giras con el ballet antes de la guerra, que mezclaba con un acento ruso que me impedía entenderla todavía en algunas ocasiones.
—No te dejes engañar por los carteles o los discursos.
Lo que hay ahora no es libertad. No para mí, no para Anya, ni para la mayoría de los que conoces aquí.
—Tomó un sorbo de té, sus dedos tensos alrededor de la taza—.
Antes servíamos a los zares, ahora servimos a otros amos.
Los nombres han cambiado, pero no las cadenas.
—Me miró de reojo, buscando en mi expresión alguna señal de comprensión.
—Pero tienes trabajo, tienes una vida aquí —respondí, sintiendo que no entendía del todo la magnitud de lo que me estaba diciendo. Me aferraba a la idea de que había algo de verdad en la propaganda, en esa promesa de un futuro mejor para todos.
—Sí, claro —respondió Elena con una risa amarga—, tenemos trabajo, sí.
Pero ¿a qué precio? No puedes decir lo que piensas, no puedes confiar en nadie.
El miedo está en cada esquina, en cada palabra que dices.
Si hablas mal del gobierno, desapareces.
Si miras a la persona equivocada, te denuncian. Vivimos, pero no respiramos.
Me quedé en silencio, la verdad me golpeó con más fuerza de lo que esperaba.
Sabía que había algo oscuro en el régimen, algo que no alcanzaba a entender del todo, pero escuchar a Elena, ver su rostro cansado, me lo dejaba claro.
Había una opresión diferente bajo esta nueva estructura, una opresión que no se veía tan fácilmente.