La última frontera HUGO Moscú, septiembre de 1944
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HUGO Moscú, septiembre de 1944

E n septiembre, en Moscú ya hacía frío. Pronto supe que era solo el preludio de lo que llegaría.

La lluvia golpeaba la ventana por las mañanas, lenta y persistente, como si cada gota estuviera midiendo el tiempo con una precisión que yo ya había perdido.

La guerra seguía rugiendo allá afuera, aunque en Moscú, en ese lugar extraño y distante, era como si aquello fuera solo un eco, algo que escuchábamos de vez en cuando, pero que nunca sentíamos realmente.

En la ciudad todo seguía su curso, con un aire de tensión contenida, una calma casi irreal, como si el régimen lo mantuviera todo en una especie de burbuja.

Cada vez que caminaba por las calles de Moscú, no podía evitar sentir el peso de la historia que se cernía sobre la ciudad.

Era una sensación aplastante, como si los muros y los edificios mismos contuvieran siglos de secretos, de vidas aplastadas y sueños olvidados.

Pero lo que más me impresionaba, lo que siempre capturaba mi atención, eran las cúpulas de las iglesias ortodoxas, que sobresalían como fantasmas dorados entre la arquitectura gris y monolítica del régimen.

Las cúpulas eran una contradicción que brillaba en medio del paisaje opresivo con sus colores imposibles: rojos, verdes y azules, coronadas con cruces doradas que relucían bajo la débil luz del sol que descendía entre los huecos de las nubes.

Eran un recordatorio del pasado, de una Rusia que parecía querer olvidarse, pero que no lograba desaparecer del todo.

Me preguntaba si los moscovitas sentirían lo mismo, si al ver esas cúpulas tendrían, aunque fuera por un segundo, la sensación de que había algo más allá de la rigidez del régimen, algo más antiguo y, tal vez, más libre.

Para mí, esas cúpulas eran como un ec o del París que había perdido, una conexión con algo más espiritual, algo que me hacía sentir un poco menos solo.

Y las nubes me recordaban a las que a Pablo le iban saliendo, poco a poco.

Las nubes de su pelo, entre las que yo quería envejecer.

La Plaza Roja, a un par de manzanas de mi estudio, sin embargo, era diferente.

Siempre que pasaba por allí, sentía una mezcla de admiración y temor.

El espacio amplio y abierto, dominado por el Kremlin y la catedral de San Basilio con sus cúpulas, me hacía sentir pequeño, insignificante.

Y supongo que ese era el propósito, hacer que todos nos sintiéramos así.

El poder, que emanaba de cada ladrillo, de cada estatua, era palpable.

La Plaza Roja no era solo un lugar, era un símbolo del poder absoluto que gobernaba nuestras vidas y, al mismo tiempo, de la fragilidad de todo lo que habíamos sido antes de la guerra.

En las mañanas frías, cuando la niebla todavía cubría el pavimento, y los soldados marchaban rígidos con sus uniformes oscuros, me detenía un momento para mirar a mi alrededor.

Era extraño cómo un lugar podía ser tan monumental y, a la vez, estar tan vacío.

No había gente paseando ni niños jugando, solo ese desfile constante de silencio y de control.

Todo parecía ordenado, perfectamente sincronizado.

Los sonidos de la guerra parecían lejanos, como si Moscú existiera en una burbuja aislada, ajena al caos que seguía devorando Europa.

Caminaba día tras día por esas calles, observando a la gente que pasaba, y me preguntaba quién más llevaría una máscara como la mía.

Todos parecíamos figuras en un escenario gigante, cumpliendo con nuestro rol, sabiendo que cualquier error podría costarnos la vida.

Las cúpulas ortodoxas, con su esplendor dorado y su indiferencia ante el presente, eran el único testigo silencioso de esa farsa.

Me preguntaba si, debajo de todo, la gente aún tendría fe, si seguían susurrando oraciones en la oscuridad de sus hogares, o si el régimen les habría robado incluso eso.

Me levantaba de la cama temprano, antes de que el sol despuntara por completo, aunque no me sentía descansado. Dormir, para mí, era una suerte de evasión más que un verdadero descanso.

Allí todo tenía ese aire pesado, denso, como si la ciudad misma estuviera atrapada en una espera interminable.

El régimen lo controlaba todo: los horarios, los trabajos, incluso las conversaciones.

Pero más allá de las paredes, en los rumores, se colaba el sonido lejano de los cañones, el susurro de algo que se desmoronaba en el horizonte.

Mi rutina era monótona, pero era lo que me mantenía anclado.

Despertar, vestirme rápidamente con ropa que no era mía, pero que me habían dado los soviéticos al llegar a Moscú, y salir a caminar por la ciudad.

Los trajes oscuros y los abrigos largos me camuflaban bien.

Alexandr Borísov, el artista, el pintor al servicio del régimen, un hombre sin pasado, sin historia, un rostro más entre tantos que habían sido absorbidos por la maquinaria del sistema.

Moscú era gris, no solo por el clima, sino por la sensación de incertidumbre que flotaba en el aire.

Las calles estaban llenas de gente, de rostros tensos, de uniformes y de miradas que no se cruzaban más de lo necesario.

Los hombres llevaban esos trajes sencillos y gastados, abrigos que parecían haber sobrevivido a otra vida.

Las mujeres, más bien cubiertas, con pañuelos en la cabeza y esas faldas largas que parecían arrastrar el peso de años de sufrimiento.

La ciudad entera parecía caminar hacia algo inevitable, pero nadie sabía exactamente qué.

Y yo, que me pasaba los días en el estudio que me habían asignado, mucho menos.

Era un cuarto pequeño, frío, apenas iluminado por una lámpara de aceite que parpadeaba cada vez que el viento se colaba por las rendijas de las ventanas.

Allí trabajaba en los encargos que el régimen me daba.

Murales, carteles, grandes retratos de Stalin y de los líderes del partido.

El arte que una vez me había liberado, que me había permitido explorar los colores, las formas, los rostros que amaba, ahora era una cárcel en sí mismo.

Pintaba lo que me decían que pintara y, cuando me daba cuenta, estaba tratando de borrarme aquel número que llevaba tatuado en el antebrazo bajo el grifo y con una pastilla de jabón en la mano.

Raspaba y raspaba, pero no salía. Lo intentaba cada día, como si una de esas veces lo fuese a conseguir.

Raspaba, sin descanso, hasta que me brotaban gotas de sangre de los poros de la piel y, agotado, me dejaba caer bajo el fregadero.

Sentado sobre mis rodillas, trataba de recuperar la humanidad que aquel tatuador me había querido arrebatar al escribirme ese número sobre la piel.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que me había permitido ser Hugo, desde la última vez que había pintado algo verdadero…

El recuerdo de París, de las tardes en los cafés, de los colores vibrantes que solían surgir de mis pinceles, era casi una sombra ahora.

Allí, en ese otro tiempo, en esa otra vida, estaba él.

Mi amor, yo lo pensaba como tal, pero realmente era mucho más.

Era mi confidente, mi todo. Pablo. La guerra se acercaba, lo sabíamos, pero habíamos querido vivir, elegimos sentir.

Recordaba cómo nos abrazábamos, sintiéndonos invencibles, hasta que la realidad se nos vino encima.

No hubo despedidas dramáticas, ni promesas eternas.

Fue una salida rápida, casi muda. El miedo lo nublaba todo.

Pablo se quedó atrás, como si pudiera resistir algo que yo no podía.

Me arrastraron sin mirar atrás, dejando París, a él y a una parte de mí que nunca volvería.

Una parte que componía mi humanidad. Esa se la habían llevado.

Vlad y Mikhail seguían siendo los únicos en quienes confiaba parcialmente, pero incluso con ellos mantenía una distancia.

Me habían ayudado a establecerme en Moscú, a conseguir un lugar en el que pudiera pintar, a obtener encargos que me permitían sobrevivir, pero que me recordaban constantemente que mi única tarea era pintar, crear esas imágenes grandiosas que el régimen necesitaba para inspirar al pueblo.

Lo demás, mi verdadera vida, mis deseos de querer volver a París a encontrarme con Pablo, tenían que quedar apartados para seguir siendo útil al pueblo y así poder sobrevivir.

A veces, mientras caminaba por las calles de Moscú, sentía que el aire estaba cargado de sospechas.

La gente hablaba en susurros, las miradas eran breves, siempre alertas.

Los ruidos de la guerra llegaban de lejos, pero aquí, la guerra era diferente.

Era una guerra de miradas, de silencios, de cautela.

Todo el mundo sabía que no podías confiar en nadie.

Un comentario fuera de lugar, una sospecha mal dirigida, y podías desaparecer.

Por la noche, volvía a mi pequeño apartamento, me desvestía lentamente y me quedaba mirando el techo, tratando de recordar el rostro de Pablo.

Me obsesionaba con ello. Llevaba haciendo lo mismo desde que nos habían separado.

¿Cómo tenía el diente que le desalineaba la sonrisa?

No tenía fotos, ni nada que me trajera de vuelta a él.

Al principio, su imagen estaba nítida en mi mente, como si lo hubiera visto ayer.

Pero, con el tiempo, se había ido desvaneciendo, como todo lo demás.

Me preguntaba si él también me habría olvidado, si seguiría en París, si habría encontrado a alguien más.

Me preguntaba si yo podría seguir viviendo con esa parte de mí enterrada para siempre.