La última frontera PABLO Montecassino, Reino de Italia, mayo de 1944 #2
53%

PABLO Montecassino, Reino de Italia, mayo de 1944 #2

Una noche, durante una tregua momentánea, me encontré hablando con un soldado polaco llamado Janek, un joven que apenas debía tener unos veinte años, aunque el sufrimiento le había añadido muchos más.

Me seguía a todos lados, siempre unos pasos detrás de mí y esperando alguna orden.

Era atractivo, con la piel clara y el pelo muy oscuro.

Todo contrastaba en su semblante. La poca edad del cuerpo con la piel agrietada, el color oscuro con el claro, el temblor de sus manos con la parsimonia con la que después hablaba, las rasgos duros de su cara…

Nos sentamos al borde de una trinchera a compartir una botella de vodka que él había traído desde quién sabe dónde.

—¿Por qué estás aquí? —me preguntó, mirándome inquisitivamente mientras tomaba un trago largo.

Le conté una versión breve de mi historia, omitiendo detalles sobre quién había sido antes. Solo mencioné que había llegado desde Francia, que había escapado de la ocupación nazi y que ahora luchaba con los aliados.

Era un tipo silencioso la mayor parte del tiempo, no le molestaba escuchar, pero esa noche decidió hablar.

Me miró a los ojos, como si estuviera buscando algo en mí, algo que ni yo mismo sabía que existía, y, después de unos momentos, empezó a hablar sobre Polonia.

Me di cuenta de que los pocos polacos a los que entendía y que hablaban con nosotros, los escasos ingleses que quedábamos, siempre hablaban de Polonia.

Amaban Polonia. Todos a la una. Tan distintos a los españoles…

—Quiero volver a casa, Meier—me dijo en un susurro, usando el nombre que todos conocían, el nombre que había adoptado desde que llegué al ejército aliado—.

Cuando esta maldita guerra termine, quiero ver mi tierra, caminar por las calles de Varsovia otra vez.

Quiero saber si mi familia ha sobrevivido.

Si todavía hay un hogar esperándome. Si mi familia sigue viva.

Sentí un nudo en el estómago al escucharlo. Janek había escapado del terror nazi de alguna manera que nunca me contó del todo, y ahora, después de todo lo que habíamos visto en la guerra, todavía albergaba la esperanza de volver a una Polonia libre. Una Polonia que, en mi mente, ya no existía.

Yo también quería a mi país, pero mi relación con España era mucho más complicada.

Yo no podía volver allí. Ya no era el hombre que había dejado atrás en Barcelona.

Solo quería seguir luchando por volver a ver lo poco que me quedaba: Hugo.

Lo único que me quedaba de aquel pasado. Y eso no podía ni decirlo en alto.

—Yo también quiero llegar a Polonia, Janek —le respondí, mirando hacia el horizonte donde las explosiones iluminaban de vez en cuando la silueta de las montañas—.

Pero no sé si queda algo a lo que regresar.

Tampoco a qué nos vamos a tener que enfrentar si llegamos allí.

Todo ha cambiado demasiado, mira a tu alrededor. Todos hemos cambiado demasiado.

—¿De qué hablas? Polonia siempre será Polonia. La han destruido otras veces, pero siempre se levanta. Mi gente sigue allí. Los nuestros resistirán.

«Los nuestros». Esa frase resonó en mi cabeza. Para Janek, «los nuestros» significaba algo más profundo. Para él, era su pueblo, su cultura, su familia. Para mí, «los nuestros» eran fantasmas lejanos, recuerdos de un pasado que había dejado atrás en mi huida.

Al cabo de un rato, guardamos silencio. Él seguía fumando, callado, pensando en su propia vida, en las posibilidades de que su familia siguiera con vida. Sabía que las probabilidades no estaban a su favor, pero, aun así, se aferraba a la esperanza. La esperanza lo mantenía en pie.

A medida que pasaban los días, nuestra amistad se fue consolidando, pero siempre había una barrera invisible entre nosotros.

Él hablaba con orgullo de Polonia, de su pueblo, de su fe, mientras que yo mantenía aquella vaguedad, aquella imprecisión en mis respuestas.

Me daba cuenta de que Janek estaba desesperado por encontrar a alguien con quien compartir sus pensamientos, alguien que lo entendiera en lo más profundo.

Pero yo no podía ser esa persona, no completamente.

Una tarde, mientras nos preparábamos para otro ataque, Janek me dijo algo que me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Quizá lo había subestimado y era mucho más inteligente de lo que creía.

—¿Por qué quieres llegar a Polonia?

Me dejó blanco con su pregunta. Debí de estar unos segundos sin contestar, apenas sin moverme, porque trató de aclararse:

—Quiero decir, no eres polaco. Eres suizo, ¿no?

Aquello me tranquilizó y rápidamente elaboré mi mentira. Aquello era patológico, no paraba de hacerlo.

—Hay alguien allí que me gustaría ver.

—¿En qué parte? —me preguntó.

—Lo último que sé es que en Auschwitz.

—Sabes, Albert, a veces creo que no llegaremos a ver Polonia otra vez —dijo, con una risa amarga—.

Pero, si lo hacemos, si de alguna forma sobrevivimos a esta locura, quiero que sepas que siempre tendrás un amigo allí.

Yo también quiero volver, tenemos que terminar esto para tratar de reencontrarnos con ellos.

Ese fue el momento en que supe que mi desconfianza, por muy justificada que fuera, no podía borrar el lazo que habíamos creado en medio del caos.

Janek me había ofrecido algo más que una amistad; me había ofrecido una esperanza que yo ya no tenía.

Pero, irónicamente, yo seguía ocultando mi verdad, mi verdadero nombre, mi verdadero yo.

Fueron muchos meses más. Muchas pérdidas.

Y tanta, tanta guerra, pero en mayo, después de meses de lucha encarnizada, los polacos lograron lo imposible.

Su bandera ondeó sobre las ruinas de Montecassino.

Fue un momento de victoria amarga porque, aunque habíamos ganado, las pérdidas habían sido devastadoras.

Los cuerpos de nuestros compañeros caídos cubrían el suelo y el aire olía a muerte.

Albert Meier nació ahí. Sobre las ruinas de Montecassino, al lado de los polacos que me enseñaron lo que significa la perseverancia y la voluntad de vivir, incluso cuando todo parecía perdido.

No rendirse nunca. Aquello me ayudó a entender el porqué de muchas cosas, pero también porque fue en Montecassino donde realmente sentí el peso de lo que había perdido.

Allí fue donde vi por primera vez el reconocimiento de mis superiores convertirse en algo tangible.

Después de uno de los asaltos fallidos, me habían llamado a una reunión de oficiales.

El general Clark estaba presente, observándome con esos ojos duros, analíticos, antes de hablar.

Pensé que era el final. ¿Cómo podían haberse enterado de lo mío? Pero resultó ser todo lo contrario.

Ese fue el momento en que supe que mi vida había dado un giro definitivo. Ya no era solo un soldado raso. Me estaba convirtiendo en alguien más dentro de la maquinaria militar. Me había convertido en un camaleón en aquel engranaje.

Los meses que siguieron fueron una mezcla de caos, miedo y éxito.

Desde Montecassino fuimos empujando hacia el norte, conquistando cada centímetro de terreno con dolor y sangre.

Cada pueblo italiano liberado nos recibía como a héroes, aunque sabíamos que la victoria estaba lejos de ser segura.

Pero, a medida que avanzábamos, mi reputación también crecía.

Los oficiales comenzaron a confiar en mí para misiones más peligrosas, y yo, a mi propio modo, aceptaba cada una de ellas como un paso más hacia algo que no podía definir.

El reconocimiento llegó, primero en forma de medallas, luego en ascensos.

Para cuando llegamos a Florencia, en verano, ya era capitán.

Mi unidad había ganado la reputación de ser una de las más eficientes en operaciones de reconocimiento y ataque relámpago, y esa fama me abría puertas que nunca había imaginado.

Pero la guerra, con todo su horror, seguía siendo una constante.

En cada victoria, en cada ascenso, había una sombra que no podía ignorar.