La última frontera PABLO Montecassino, Reino de Italia, mayo de 1944
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PABLO Montecassino, Reino de Italia, mayo de 1944

L as bombas nos caían encima. Aquel día, escondido en un lateral del monte que resguardaba las ruinas de la abadía de Montecassino, fue uno de esos en los que me di cuenta de que no había vuelta atrás.

Había cruzado Italia, habíamos pasado el estrecho meses atrás, habíamos navegado por el Atlántico mucho antes…

pero, hasta que no llegué a Montecassino, no fui consciente de nada.

Para mí, al final, la guerra había quedado en el que fui en París, en el que había llegado a Ginebra esquivando oficiales de las SS y revisores de tren, en el que se había subido a un avión en un país neutral y aterrizado en Londres.

Allí la guerra, por mucho que la sintiéramos como propia, se veía lejana.

En nada se le parecía la Europa devastada a aquella Inglaterra herida y que veía cómo los horrorizados llegaban a ella.

Las explosiones alemanas hacían vibrar el suelo bajo mis pies, mientras los aviones aliados rugían sobre nuestras cabezas.

Habíamos escalado colinas, atravesado ríos y librado batallas imposibles para llegar hasta allí, y ahora, frente a nosotros, se alzaba aquella antigua abadía en ruinas, un recordatorio silencioso de los siglos de historia que habían sido arrasados por la guerra.

Habíamos pasado frío, en Italia hacía tanto frío como en París y, conforme la primavera iba avanzando, hacía tanto o más calor que en Barcelona.

Después del desembarco en Sicilia, todo cambió para mí.

Al principio, no era más que un soldado raso en las filas del ejército aliado, uno entre miles que luchaba por liberar Italia de las garras del fascismo y el nazismo.

Pero la guerra tenía esa capacidad de empujarnos a situaciones inimaginables.

Eso fue lo que me sucedió en Salerno. El desembarco fue brutal, angosto como la idea de atravesar un desfiladero en lo que realmente era una playa.

Llovían bombas alemanas y la playa, conforme desembarcábamos en ella, se iba convirtiendo en un caos de gritos, humo y cuerpos que yacían sobre la arena italiana.

Pero, en medio de esa locura, algo en mí se encendió.

Sabía que tenía que sobrevivir, pero también sabía que podía hacer algo más que solo eso.

Me moví con rapidez, organizando a los hombres a mi alrededor, dando órdenes donde hacía falta.

Era curioso, pero, mientras que los demás se quedaban paralizados, yo me desenvolvía con rapidez.

Había huido demasiado como para no saber dónde pisar, dónde no y en qué sitio esconderse.

Para cuando el humo se disipó, ya no era simplemente uno más.

Me había ganado el respeto de mis compañeros, y mis superiores tomaron nota.

Poco después de Salerno, me asignaron al mando de una pequeña unidad de reconocimiento.

Fue entonces cuando comencé a ver cómo funcionaba el ejército en otro nivel.

No solo era una máquina de guerra, también era una máquina política, y aquellos que sabían cómo moverse dentro de ella podían ascender rápidamente.

Lo entendí pronto, no era un necio ni me había visto obligado a estar allí.

Sabía entender dónde me encontraba, por qué y a dónde quería llegar, y supe que, si quería sobrevivir y tener algún tipo de futuro después de todo, tenía que ser inteligente.

Había compañeros que solo querían vencer, costara lo que costara y cayera quien cayera, pero yo, que creía en la educación, en la formación, en entender, si algo quería era comprender qué me rodeaba, por qué eran todos tan brutales.

Todo era un aprendizaje. De todo había aprendido. Hasta de donde no debía haber estado.

Si quería llegar a Auschwitz, tenía que cruzar Italia y media Europa ocupada; solo no lo iba a conseguir. Y la subida por la bota italiana fue lenta, dolorosa. Cada pueblo, cada colina, cada río que cruzábamos, estaba defendido con ferocidad.

El invierno había sido especialmente cruel con nosotros.

Las lluvias nos calaban hasta los huesos y el barro hacía que cualquier avance fuera lento y agotador, pues lo cubría todo, desde las botas hasta los tanques, y muchas veces sentí que estábamos peleando más contra la naturaleza que contra el enemigo.

Pero, a medida que avanzábamos hacia el norte, mis responsabilidades aumentaban.

Me condecoraron por valentía en combate durante la toma de Nápoles y, poco después, me asignaron a un pelotón de reconocimiento avanzado.

La campaña en Italia no fue solo una serie de batallas, fue una prueba constante de resistencia.

La Línea Gustav, que los alemanes habían fortificado a lo largo del centro del país, se convirtió en nuestra mayor barrera.

Montecassino, al final de esa línea, era un bastión casi impenetrable.

Los aliados intentaron asaltarlo una y otra vez, y en cada ocasión fueron rechazados con grandes pérdidas.

Por mucho que hubiera sufrido en Italia, nada me había preparado para lo que veríamos al llegar a Montecassino.

El monte se alzaba como una fortaleza natural, coronado por la histórica abadía que, hasta hacía poco, había sido un símbolo de paz y espiritualidad.

Ahora, esa misma abadía era una ruina devastada por los bombardeos aliados, aunque los alemanes seguían aferrándose a cada piedra con una tenacidad impresionante.

El lugar emanaba una mezcla de majestuosidad y horror, con la niebla cubriendo parcialmente las alturas, lo que añadía una atmósfera casi irreal a la batalla que se libraba.

Cuando llegamos a Montecassino, uno de los aspectos más desoladores fue la ausencia de vida. Cuando los bombardeos aliados y la ocupación nazi transformaron la zona en un campo de batalla, los habitantes de la ciudad y los pequeños pueblos cercanos fueron desplazados o huyeron por completo.

Muchos de ellos habían sido evacuados por las fuerzas aliadas o simplemente habían huido hacia el sur, tratando de escapar del conflicto que arrasaba la península italiana.

La guerra no perdonaba, y Montecassino era un punto estratégico, un nudo crítico en la Línea Gustav que los alemanes defendían a muerte para evitar el avance aliado hacia Roma.

Los que no pudieron escapar a tiempo fueron arrastrados por el caos del conflicto.

Algunos se refugiaron en cuevas y sótanos, en intentos desesperados por sobrevivir a los bombardeos y los enfrentamientos constantes.

Pero el hambre, el frío y el terror acabaron con muchos de ellos.

Los que sobrevivieron vivían en una pesadilla perpetua, escondidos entre los escombros, temblando cada vez que un proyectil sacudía la tierra o un avión rugía sobre sus cabezas.

El símbolo de paz y espiritualidad, un lugar que había resistido siglos de guerra y destrucción, había sido casi completamente arrasado por los bombardeos aliados en febrero.

La decisión de bombardear el monasterio fue extremadamente polémica, ya que los aliados creían que los alemanes lo utilizaban como puesto de observación.

Sin embargo, después del ataque, se descubrió que los alemanes habían respetado el santuario hasta ese momento, y fue solo tras su destrucción que los restos de la abadía se convirtieron en una fortaleza para las tropas nazis.

Nos desplegaron en las estribaciones de la colina, uniéndonos con los polacos del II Cuerpo.

Recuerdo claramente el momento en que me uní a ellos; los hombres estaban curtidos por meses de combate, pero había algo en su mirada que revelaba una determinación aún mayor que la nuestra.

Eran soldados que no solo luchaban por la libertad de Europa, sino por la libertad de su propio país, sabiendo que, aunque combatían bajo el mando aliado, el futuro de Polonia estaba muy lejos de ser seguro.

Eran un grupo compacto que se movía con una disciplina nacida de la desesperación tanto como del entrenamiento.

El comandante polaco que nos recibió era un hombre alto, con una barba de varios días y el uniforme embarrado, pero sus ojos eran claros y decididos.

—Bienvenido al infierno —me dijo con una sonrisa amarga y un apretón de manos—. Aquí, o mueres o vives para contar que nunca debiste venir.

Fue una bienvenida cruda, pero sincera. Éramos pocos, no debíamos de superar la decena.

Diez soldados cansados, demacrados, agotados de meses sin parar.

Diez autómatas que apretaban el gatillo sin saber a ciencia cierta que eso implicaba la muerte de alguien y que, por muy distinta que fuera nuestra forma de pensar, era un humano.

«No se equivoque, Meier, los nazis no son humanos.

No lo tratarían como tal a usted si lo capturaran», me dijo mi superior tras mi primer disparo.

Tenía razón, pero era sumamente difícil de entender.

El resto había caído por el camino, o bien habían decidido quedarse a establecer la paz en los lugares ocupados.

Nosotros, al final, por orden o cabezonería, cada cual con sus razones, habíamos decidido llegar hasta Montecassino.

Yo sabía a la perfección que, en ese lugar, la muerte era más probable que la supervivencia.

La niebla y el humo de los bombardeos nos envolvían, a veces no podíamos ver a más de unos metros de distancia.

Cada paso era un riesgo; cada colina, una trampa mortal.

Pero los polacos seguían adelante, como si nada pudiera detenerlos.

Yo los seguí, sabiendo que, si alguien podía tomar esa maldita colina, eran ellos.

Porque tenían rabia. Odiaban a los enemigos mucho más que cualquier otro.

Los habían dejado sin patria y a los judíos que componían las filas polacas los habían enviado desde los gulags rusos a Teherán con sus familias para protegerlos.

Allí se había reorganizado la Resistencia polaca.