La última frontera HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943 #4
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HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943 #4

Tras sus palabras, la habitación se llenó de un silencio tenso.

Sabíamos que no había respuestas sencillas.

Los soviéticos no estaban interesados en nuestra nostalgia, en nuestros recuerdos, en lo que habíamos perdido.

Ellos solo querían deshacerse de lo que consideraban un problema, y Jakob, para ellos, no era más que un obstáculo en su maquinaria.

Un hombre sin utilidad, un sobreviviente que no encajaba en sus planes.

—Es una oportunidad, Jakob —dijo Mikhail con más firmeza, intentando sonar convincente y amable confidente al final—. Allí podrás empezar de nuevo. Todos vosotros podréis. Es un lugar donde los judíos tendrán su propio hogar, lejos de todo esto.

—Un hogar… —repitió, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. He perdido tantos hogares que ya no sé qué significa esa palabra.

Sentí un nudo en la garganta. Parecía que estuviese hablando de mí.

Podía imaginar lo que estaba pasando por la mente de Jakob en ese momento.

Estaba a punto de perderlo todo de nuevo, y esta vez no sería por la brutalidad de un campo de concentración ni por los horrores de la guerra, sino por las frías decisiones de un sistema que no nos veía como personas, sino como piezas que debían ser movidas de un lado a otro.

—Jakob, tal vez sea una nueva vida —dije intentando buscar las palabras adecuadas—. Algo que no sea esto. Algo mejor.

Jakob me miró y en su mirada pude ver una tristeza profunda, un agotamiento real.

—Hugo, no me engaño. Sabes tan bien como yo que no hay nuevo comienzo para nosotros. Solo hay otro lugar donde sobrevivir. Otro lugar donde nos convertirán en sombras.

Nos quedamos en silencio, la distancia entre nosotros cuatro era cada vez más palpable, aunque estábamos a solo unos pasos.

Sabíamos que ese era el final, o al menos un final para nosotros como lo habíamos conocido.

A mí me esperaba un tren hacia Moscú y, a Jakob, un futuro incierto en Palestina.

Y Mikhail y Vlad, bueno, ellos seguirían luchando por esa URSS que tanto amaban.

Nos dieron unos minutos más, en lo que era un gesto inusualmente considerado de su parte. Cuando el momento finalmente llegó, cuando no hubo más tiempo ni más palabras, Jakob me abrazó con fuerza, un gesto que lo decía todo sin necesidad de más explicaciones.

—Vive, Hugo —me dijo al oído—. Vive, y haz que valga la pena todo esto.

Me aparté de mi amigo con el corazón roto, sabiendo que no había manera de prometerle lo mismo. Y, luego, antes de que pudiera pronunciar nada más, los dos soldados me separaron de él.

—No hay nada que podamos hacer —intervino, al fin, Mikhail con su voz grave, en una mezcla de ruso y francés que acababa, sin embargo, rusificada del todo. Era el poder que tenía la URSS. Rusificarlo todo en un momento—. Esto no es una negociación.

El peso de la realidad era aplastante. Yo iba a Moscú porque tenía algo que ofrecerles: mis manos, mi arte, mi capacidad para crear algo útil para su régimen.

Pero Jakob, para ellos, no era más que un hombre roto, un sobreviviente que no encajaba en la maquinaria soviética.

Sentí una mezcla de rabia y frustración, porque sabía que el valor de una persona no debería reducirse a su utilidad, pero allí, en ese momento, todo se resumía en eso.

Sentí cómo me llevaban pasillo afuera mientras trataba de agarrarme a las paredes, a los marcos de las puertas, al pasado.

Una despedida más y una vida menos. Otra vida se me escapaba entre las manos y no podía hacer nada para remediarlo.

Nos obligaron a separarnos, empujándonos literalmente a caminos diferentes, y el vacío que se abrió entre nosotros parecía irreparable.

—Cuídate, Hugo —oí gritar a Jakob—. No dejes que te rompan. No te fíes de nadie.

No pude responderle. Y supe que esa sería la última vez que lo vería.

Me quedé allí, inmóvil, dejando que me arrastraran escaleras abajo, sintiendo una presión en el pecho que apenas me dejaba respirar.

La sensación de pérdida era abrumadora, y no importaba cuántas veces intentara convencerme de que era lo correcto, de que era la única opción: el vacío de su ausencia era insoportable.

Había perdido a todo el mundo. Nunca había conseguido que la gente se quedara a mi lado.

Me tiraron en la parte de atrás de una furgoneta sin ventanas, el metal frío de la carrocería se me clavaba en la espalda y el olor a gasolina y moho me llenaba los pulmones.

El motor rugió y supe que mi vida había dado otro giro irreversible.

No había despedidas adecuadas, solo la fría eficiencia de los soldados, el cierre brusco de la puerta y el silencio opresivo del interior del vehículo.

El traqueteo de la furgoneta me hizo estremecer, pero no solo por el movimiento.

Era una sensación de vacío, de saber que cada kilómetro que avanzábamos me alejaba más de Jakob, de Pablo, de París, de mi abuela y de todo lo que había conocido hasta ese momento.

Quise imaginarlo a salvo, camino de Palestina, pero la imagen se desvanecía tan rápido como aparecía.

Solo me quedaba la certeza de que yo iba a Moscú, a enfrentarme a un futuro que no controlaba, rodeado de hombres que no conocía ni en los que podía confiar.

El interior de la furgoneta era sofocante y mi mente no dejaba de volver al número en mi brazo, aquel número con el que me habían marcado en Auschwitz.

Me lo froté sin pensar, con la fuerza suficiente para que la piel me empezara a arder, como si al hacerlo pudiera borrar todo lo que había pasado.

Me picaba de rabia. Y, cuanto más me picaba, más me rascaba, pero el tatuaje no se iba y, por más que lo frotara con mis dedos, por más que lo restregara con agua y jabón, siempre estaría ahí.

Una marca, una cicatriz, un recordatorio imborrable de lo que me habían hecho y de lo que había sobrevivido.

Frustrado, dejé caer mi mano. No había escapatoria, ni de ese número, ni del pasado, ni de la furgoneta en la que me llevaban.

Sabía que, aunque lograra enterrar mi homosexualidad, aunque pintara y me convirtiera en el artista que los soviéticos querían, siempre habría algo que no podría esconder.

Mis pensamientos, mi miedo, el peso de las sombras que me seguían.

El viaje a la estación duró horas, o tal vez solo minutos; el tiempo ya no significaba nada.

Me aferré al único pensamiento que me mantenía cuerdo: la pintura.

Volver a pintar había sido un alivio, una pequeña chispa de vida en medio de la oscuridad.

Recordaba la sensación de volver a mover el pincel sobre el lienzo, de ver cómo las formas y los colores volvían a cobrar sentido.

Era como si parte de mí estuviera despertando de un largo letargo.

Quizá, solo quizá, eso podría salvarme en Moscú.

Pero, en ese momento, tirado en la parte de atrás de una furgoneta sin ventanas, me sentía más prisionero que nunca.

El tren partió al amanecer y, mientras dejaba Kiev atrás, no pude evitar sentir una mezcla de alivio y miedo.

La ciudad, aunque devastada, había sido un refugio, un lugar donde había empezado a recuperar parte de mi identidad.

Ahora, el horizonte se abría ante mí y, aunque el destino prometía más estabilidad, también traía consigo nuevas sombras que tendría que aprender a esquivar.

Sin equipaje y únicamente co n tres documentos entre mis piernas, reposando sobre el asiento.

Un nuevo pasaporte con otra identidad, un billete de tren y un papel con una dirección.

Abrí el pasaporte y memoricé el nombre que había allí escrito: Alexandr Borísov.