La última frontera HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943 #3
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HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943 #3

Vlad y Mikhail venían a visitarnos regularmente, asegurándose de que todo estuviera en orden.

En cada visita, traían noticias del frente, información sobre cómo estaban progresando las reparaciones en la ciudad, y, ocasionalmente, más advertencias veladas.

Era obvio que ambos eran mucho más que simples funcionarios y, aunque siempre se mostraban amistosos y solidarios, también sabíamos que no debíamos cruzar ciertos límites.

—Moscú es diferente a Kiev —me advirtió Vlad una noche, mientras estábamos sentados en la cocina, bebiendo té caliente—.

Allí tienes más oportunidades, más gente con la que relacionarte.

Pero también tienes más ojos sobre ti. Allí, los artistas son necesarios, y tú tendrás un buen lugar si sabes jugar bien tus cartas.

Eres exactamente lo que buscan, Hugo. Solo asegúrate de que no encuentren algo que puedan usar en tu contra.

Jakob, siempre tan callado y pensativo, asintió a todo, pero rara vez decía algo. Estaba agradecido por la ayuda, pero creo que ambos sabíamos que nuestra libertad tenía un precio. Uno que yo, especialmente, tendría que pagar con mi silencio y mi capacidad para ocultar mi verdadero yo.

Mientras el sol comenzaba a amanecer sobre Kiev, con la ciudad despertándose lentamente a una nueva realidad de reconstrucción, me quedé mirando por la ventana de nuestra modesta habitación.

Sabía que pronto dejaríamos Kiev y que mi destino sería Moscú, una ciudad prometedora pero llena de peligros.

Afuera, las calles seguían vacías, pero, en mi interior, el bullicio de mis pensamientos era ensordecedor.

Mirando desde aquella ventana sin balcón ni vistas como la que tenía en París, sentía que llegar a la ciudad había sido casi un milagro.

Después de haber cruzado la frontera y encontrarnos con los primeros soldados soviéticos, Mikhail y Vlad se movieron rápido, aprovechando algunos contactos que todavía tenían de antes de la guerra.

Nos condujeron primero a un campo de refugiados, un lugar lúgubre en las afueras donde las tiendas de campaña se alineaban en un descampado bajo el cielo gris y opaco.

Allí nos hicieron preguntas, demasiadas.

Querían saber quiénes éramos, de dónde veníamos, y, sobre todo, si podíamos ser útiles.

Para los soviéticos, la utilidad lo era todo.

Y yo no me sentí útil. No para aquel engranaje.

A veces, cuando todo parecía calmarse, cuando los días pasaban con una engañosa normalidad, me encontraba mirando el número en mi brazo.

Aquellos tatuajes que nos habían grabado en Auschwitz.

Era como si mi piel, mi propio cuerpo, ya no me perteneciera del todo, marcado para siempre por esa cicatriz indeleble.

El número era una constante, un recordatorio silencioso de lo que había soportado, de lo que nos habían hecho a todos nosotros.

Había noches en las que, incapaz de soportar la vista de ese trozo de piel, corría al lavabo, agarraba un trozo de jabón y comenzaba a frotar.

Lo hacía con fuerza, como si pudiera arrancar el tatuaje de mi piel.

Me frotaba hasta que la piel se enrojecía, quemaba y el agua helada caía sobre el número que nunca se desvanecía.

Me decía a mí mismo que no era real, que solo necesitaba un poco más de esfuerzo, un poco más de fuerza para borrarlo, pero el número seguía ahí. Siempre seguiría ahí.

Cada vez que lo miraba, revivía esos días de horror, humillación y dolor.

Los gritos, los golpes, el hambre… la deshumanización sistemática.

Ese número no era solo tinta en mi piel, era el testimonio de las veces que me trataron como si no fuera nada, como si mi existencia se redujera a una cifra, un registro en una lista interminable de horrores.

Y no importaba lo lejos que llegara de aquel lugar, lo que intentara construir, ese número estaba siempre conmigo, como una sombra alargada de Auschwitz.

Las visitas de nuestros compañeros de fuga cada vez se intensificaban más.

Siempre traían noticias del frente, de cómo la guerra avanzaba lentamente hacia Occidente y de cómo la URSS intentaba reconstituir lo que quedaba de Ucrania.

En cada visita, se aseguraban de que estuviéramos bien provistos de lo básico: un poco de comida, ropa para el frío, y, ocasionalmente, libros o periódicos viejos, donde las victorias soviéticas eran celebradas con titulares grandilocuentes.

Jakob y yo aceptábamos lo que nos daban, pero no podíamos dejar de sentir el peso de la vigilancia constante.

Y la noticia llegó de repente, sin previo aviso. Una mañana de finales de noviembre, pasó. Sin esperarla.

Al llegar, Vlad y Mikhail me dieron unos papeles.

Me quedé en silencio mientras leía, intentando procesar lo que eso significaba.

No entendía prácticamente nada de lo escrito en ruso, pero algunas palabras me bastaban para entender que solo había un pasaporte nuevo.

Jakob no estaba en sus planes. No figuraba en los planes del régimen.

No era útil. Esa palabra, tan fría y tajante, lo había condenado.

Me dolía pensarlo, pero sabía que era así: para los soviéticos, Jakob era solo una boca más que alimentar, alguien sin un propósito claro en su nuevo sistema.

El silencio en la habitación se volvió opresivo cuando lo miré y vi cómo él, que siempre había sido tan reservado, intentaba procesar lo que estaba pasando.

Lo supe en el momento en que nuestras miradas se cruzaron.

Esa separación iba a suceder y no había nada que pudiéramos hacer para evitarla.

Me levanté lentamente, con el peso de esa verdad cayendo sobre mí, mientras él, sentado en el borde de la cama, apretaba los puños en un intento inútil de contener el dolor.

—No puedo irme sin ti —murmuré, aunque sabía que era una mentira. No podía hacer nada para detenerlo.

Jakob levantó la vista, su rostro demacrado tras meses de miseria y privación, y negó con la cabeza.

—Ellos no me quieren allí —susurró con amargura—. No soy como tú, Hugo. No tengo un lugar en su sistema.

El aire entre nosotros se cargó de una tensión que nunca antes había existido.

No habíamos hablado mucho de lo que vendría después de Kiev, pero ambos habíamos asumido, tal vez ingenuamente, que estaríamos juntos, que de alguna manera podríamos salir de todo esto como un equipo, como dos sobrevivientes unidos por un destino común. Pero el destino tenía otros planes.

—Desde Moscú… será diferente —intenté decir, aunque las palabras se me atragantaban en la garganta—. Tal vez pueda hacer algo por ti una vez que esté allí.

Jakob me miró, y en sus ojos vi una mezcla de tristeza y resignación. Sabía que mis palabras no significaban nada, que no había promesas que pudiera hacer que cambiaran lo que estaba a punto de suceder.

—No te engañes, Hugo. Sabes lo que soy para ellos. Un susurro, una sombra. Soy nada. Parece que los judíos no tengamos sitio en Europa.

Vlad me miraba fíjamente. Fue Mikhail el que, tras una pausa, comentó:

—Hugo, a Jakob lo enviarán a Palestina. Allí hace años que se asientan miles de judíos que desde toda Europa tratan de encontrar un sitio en Jerusalén, o en cualquier orilla de Jordán. Hasta han creado una ciudad: Tel Aviv.

Jakob se levantó de la cama y caminó hasta la puerta, con la mandíbula tensa. No dijo nada, pero en sus ojos había un abismo que no podía ignorar. Intentó mantener la calma, pero el dolor era evidente. Sabía lo que esto significaba para él, lo que significaba para nosotros.

Me quedé mirando la escena. Cómo Jakob contenía la rabia. Cómo yo intentaba buscar mil planes alternativos para no separarme de mi amigo. Cómo los otros dos nos miraban, atentos, sin apenas moverse ni parpadear, como si aquello no los fuese a alterar.

El silencio que siguió a las palabras de Mikhail me dejó en blanco.

Me quedé mirando a Jakob, buscando alguna señal de que esa noticia, de que esa posibilidad le diera algo de esperanza, pero su expresión no cambió.

Era como si las palabras apenas hubieran hecho mella en él, como si el destino que le prometían no significara nada en comparación con lo que estábamos perdiendo en ese momento.

Vlad seguía mirándome fijamente, impasible, como si estuviera esperando mi reacción o quisiera fulminarme con la mirada puesta en mis pantalones de pinzas marrones, desgastados, pero suficientes para cubrirme del frío.

No había emoción en su rostro, solo una frialdad calculada, como si ya supiera que no tenía elección.

Mikhail, en cambio, parecía estar intentando suavizar el golpe, pero incluso él sabía que no había forma de disfrazar lo que estaba pasando.

—¿Palestina? —repetí en un débil susurro.

La palabra sonaba extraña, como un concepto distante, algo que no tenía forma ni significado real para nosotros.

Sabíamos de la existencia de ese territorio, de las promesas que se estaban haciendo en su nombre, pero nunca lo habíamos considerado una posibilidad.

Para Jakob, era como enviarlo al otro lado del mundo.

—Una ciudad para los judíos —murmuró Jakob, como si estuviera probando las palabras, intentando entender lo que eso significaba—. Algo nuevo, dicen. Pero ¿qué hay de lo que dejamos atrás? ¿De lo que hemos perdido? ¡Mi familia está en Alemania! —gritó mientras se encaraba a Vladímir.

—No quedará nadie de tu familia en Alemania —afirmó mientras se notaba el enfado y desespero en sus palabras—. ¿Qué piensas? ¿Que te estarán esperando al llegar? Asúmelo, habrán corrido el mismo destino que tú o peor. Eres un afortunado.