HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943 #2
Al desvelarlo, me encontré con un retrato de la zarina.
La imagen, pintada en un estilo clásico, mostraba a la emperatriz en su majestuosa grandeza: su rostro sereno, los ojos altivos y el vestido lleno de detalles, tejido con hilos dorados y adornado con joyas que brillaban con una luz opaca.
Parecía inmortalizada en su gloria imperial, un símbolo de un mundo perdido.
Debí de responder con desconcierto. Nunca me hubiera imaginado que me darían un lienzo así. Me acerqué lentamente, casi con reverencia, como si la imagen de la zarina todavía impusiera respeto, incluso en ese rincón de Kiev, ahora bajo control soviético.
—¿Queréis que pinte sobre esto? —pregunté, sintiendo que tal vez había algún malentendido—. ¿Encima de ella?
Vlad, que estaba apoyado contra la pared con una expresión de satisfacción, sonrió con desdén.
—Sí, exactamente, Hugo —respondió con una risa seca—. Sobre esa escoria.
«Escoria». La palabra me golpeó con fuerza.
Estaba claro que, para ellos, el retrato de la zarina no era más que un vestigio de la opresión aristocrática, un símbolo de todo lo que el régimen soviético despreciaba.
Para Vlad y Mikhail, aquella imagen representaba el pasado que ellos estaban decididos a destruir, para levantar un nuevo mundo sobre las cenizas del antiguo.
Nosotros veníamos de ser considerados escoria en otro lado y, ahora, yo me iba a convertir en el que pintara por encima de otra escoria.
La historia era diferente, pero la palabra era la misma.
Su veneno ya lo conocíamos. La historia cambiaba, las caras eran distintas, los que iban a tomar la vara de mando también eran diferentes, pero la palabra seguía intacta.
—Es solo un recuerdo de una época que ya no existe —dijo Vlad con la dureza habitual en su tono—.
El pasado de los zares, de la realeza y su falsa grandeza ha terminado.
Ahora es nuestro turno. Y tú, Hugo, tienes el poder de transformar eso.
Pinta algo que importe de verdad, algo que hable del presente y del futuro.
Miré de nuevo el retrato. Era una obra bien ejecutada, técnicamente impecable, pero cargada de esa vanidad vacía que tanto había definido a la monarquía rusa.
No me dolía pintar encima, pero lo que sí me golpeó fue la idea de lo que representaba hacerlo: una época que había sido borrada sin piedad.
Aun así, entendí la orden. Tenía que pintar algo nuevo, algo acorde con los tiempos que corrían.
Tras la Revolución de Octubre, aquellos cuadros no tenían cabida en ninguna ciudad rusa.
Tenía que convertir a esa zarina en un símbolo de su derrota.
—Queremos ver lo que puedes hacer, Hugo —añadió Vlad, entregándome pinceles y pinturas que habían conseguido a través de sus contactos—. Aquí tienes todo lo que necesitas. Demuéstranos tu arte.
Sentí una mezcla de emociones, un nudo en el estómago que no sabía cómo desatar.
Hacía meses que no tocaba un pincel, desde antes de Auschwitz, antes de la huida, antes de todo.
El simple hecho de sostener el pincel entre mis dedos temblorosos me resultaba casi extraño, como si una parte de mí hubiera olvidado lo que significaba crear, pero, al mismo tiempo, el deseo de pintar, de expresar lo que había quedado atrapado en mi interior durante tanto tiempo, se hacía cada vez más fuerte.
Agarré el pincel con las manos aún algo temblorosas y mojé las cerdas en la pintura.
El primer trazo sobre el rostro de la zarina fue profundo, cubriendo la altivez de su mirada con un rojo oscuro que sangraba sobre el lienzo.
Era como si, con cada pincelada, estuviera borrando no solo su imagen, sino también todo lo que ella representaba.
Vlad y Mikhail observaban en silencio, sus ojos fijos en mis manos, esperando ver qué surgiría de las cenizas de esa mujer olvidada.
Mientras pintaba, pensé en todo lo que había visto en los últimos meses.
El hambre, la muerte, la desesperación, todo ello se mezclaba en mi mente y encontraba salida en ese lienzo.
Cada trazo nuevo era una liberación, pero también una condena.
Estaba transformando a la zarina en algo nuevo, algo oscuro y brutal, algo que representaba el presente y no ese pasado dorado que ya no existía.
El rostro altivo fue desintegrándose bajo mis manos, reemplazado por figuras abstractas, distorsionadas, que hablaban de un nuevo orden, de lucha, de sobrevivir a toda costa.
—Tranquilo, tómate tu tiempo —dijo Mikhail, observándome desde un rincón. Su tono era relajado, pero sus ojos parecían estudiar cada uno de mis movimientos.
Pinté con rabia, con pasión. Los meses de miedo, de frío y hambre, de esconderme de la muerte, de perder la fe en la humanidad, todo eso salió a la superficie a través de la pintura.
Los colores eran oscuros, cargados de emociones profundas: un rojo que parecía sangrar, un azul tan frío como las noches en los campos y un negro que lo envolvía todo, pero dejaba entrever pequeños destellos de esperanza.
No recuerdo cuánto tiempo pasó. Podría haber sido una hora o un día entero, pero, cuando terminé, el sudor me empapaba la frente y mis manos temblaban, esta vez no de miedo, sino de la intensidad de lo que había dejado salir.
Me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración durante gran parte del proceso.
Me alejé un poco del lienzo, observando lo que había creado.
Vlad y Mikhail se acercaron despacio manteniendo sus ojos fijos en la obra. El silencio en la sala ahora era diferente, más denso, más cargado de significado.
—Es increíble —murmuró Vlad finalmente—. No sabía que alguien pudiera hacer esto después de todo lo vivido. Eres un artista, Hugo.
Mikhail simplemente se quedó mirando la pintura durante lo que me parecieron minutos eternos, sin decir nada. Su rostro, normalmente imperturbable, se había suavizado, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar.
—Esto es más de lo que esperábamos, Hugo —dijo Mikhail finalmente, con un tono de respeto que nunca le había escuchado usar antes—. Tu talento es extraordinario.
Sentí algo dentro de mí que hacía mucho no sentía: orgullo.
No por haberlos impresionado a ellos, sino porque, por primera vez en meses, me había reencontrado con una parte de mí mismo.
Pintar de nuevo no había sido solo un acto de supervivencia, sino un acto de rebelión contra todo lo que me había sido arrebatado.
En ese lienzo, había dejado algo mío que ni siquiera Auschwitz, ni los nazis, ni la guerra me habían podido quitar.
Esa noche, cuando me quedé solo en la tienda, me quedé mirando el cuadro que había hecho.
Las sombras, los colores, las figuras distorsionadas.
Era un reflejo de todo lo que había atravesado, pero también de lo que aún quedaba por vivir.
En ese momento, entendí que pintar no era solo un don, era mi manera de sobrevivir, de seguir adelante.
Los días siguientes, Vlad y Mikhail me pidieron que pintara más.
Se habían convertido en mis mecenas, ofreciéndome material, espacio y tiempo para crear, pero siempre con una advertencia en sus palabras o en sus miradas: mientras mis pinturas sirvieran a los propósitos del régimen, todo estaría bien.
Me retaban a pintar los paisajes de aquella Eslovaquia rusificada en la que estábamos, que los retratara bebiendo y fumando con otros patriotas, hablando y riendo.
—Tienes un gran futuro en Moscú, Hugo —me dijo Vlad un día, mientras observaba otro de mis trabajos—. Allí necesitan artistas como tú. Los palacios, los teatros, todos los grandes edificios del poder necesitan que sus muros hablen. Y tú puedes lograrlo.
Mikhail, siempre más pragmático, más silencioso, menos halagador, añadió:
—Solo recuerda lo que te dijimos: tu talento te abrirá puertas, pero tu vida personal tiene que quedarse en la sombra. Es un precio pequeño a pagar por la seguridad que ahora tienes.
—Pero yo quiero volver a París —dije finalmente.
Ambos se quedaron mirándome. Como si hubiera dicho una locura.
—¿A París? —se atrevió a preguntarme Vlad con los ojos abiertos como platos—.
No puedes volver allí. No ahora. Atravesar Europa es una locura.
Si vienes a Moscú y sobrevives quizás algún día puedas volver.
Esto terminará, Hugo, y, si vives para contarlo, volverás a París, pero no lo hagas ahora.
El hecho de intentarlo es una locura. En cuanto pongas un pie en el Tercer Reich con el tatuaje en el brazo, te devolverán a un campo y terminarás en la cámara de gas.
Asentí, aunque por dentro sentía el peso de lo que decía como una losa sobre mis hombros.
Sabía que no podía ser yo mismo completamente, que una parte de mí siempre tendría que quedarse escondida, enclaustrada, para poder seguir viviendo en esa nueva realidad.
Pero, por ahora, volver a pintar había sido suficiente.
Esa noche, mientras bebíamos en silencio, me di cuenta de que, aunque ahora tendría un techo sobre mi cabeza y un trabajo esperando en Moscú, seguía siendo prisionero de mí mismo, siempre vigilado, siempre encadenado por las expectativas de los demás.
Al día siguiente, nos llevaron a un pequeño edificio en las afueras de la ciudad de Kiev, donde Jakob y yo nos instalaríamos temporalmente antes de nuestro viaje a Moscú.
Era modesto, pero limpio, y la calefacción funcionaba, lo cual era un lujo en comparación con otros lugares.
La ciudad seguía pareciendo vacía, casi fantasmal, pero poco a poco, llegaba más y más gente.
Los soviéticos estaban decididos a repoblar Kiev, a convertirla en un símbolo de su victoria sobre los nazis, aunque el alma de la ciudad parecía haber sido arrancada por completo.