HUGO Kiev, territorio de Ucrania ocupado por la URSS, diciembre de 1943
L a ciudad estaba todavía cubierta por un manto de polvo, escombros y cenizas de la reciente ocupación alemana y su posterior liberación por los soviéticos.
El aire olía a tierra revuelta y las calles, aunque transitadas, aún tenían esa sensación de desolación que deja la guerra cuando ha pasado sobre todo lo que alguna vez fue normal.
Las fachadas de los edificios estaban marcadas por el impacto de los proyectiles, y las ventanas, muchas de ellas rotas, dejaban entrever cortinas rasgadas que colgaban como trapos viejos.
La batalla por Kiev había sido intensa, una de las tantas en el prolongado y sangriento enfrentamiento entre los soviéticos y los alemanes en el frente oriental de la guerra.
Desde el principio, sabíamos que la ciudad, ocupada por los nazis durante casi dos años, era un símbolo tanto para Stalin como para Hitler.
Los ecos de la resistencia soviética y el férreo control nazi impregnaban cada calle, cada edificio, pero los soviéticos ya no podían permitirse más derrotas importantes.
Para Stalin, Kiev no solo era un objetivo estratégico, sino un trofeo, una reivindicación después de haberla perdido al principio de la guerra.
Los alemanes, que se habían atrincherado, no cedieron sin luchar.
Desde las primeras horas, el bombardeo soviético sobre la ciudad fue feroz.
Las explosiones sacudieron los cimientos de Kiev mientras las bombas caían sobre los búnkeres nazis y los edificios utilizados como cuarteles por los ocupantes.
La artillería soviética no dejó descansar ni un rincón de la ciudad.
A veces, los sonidos eran tan ensordecedores que parecían fundirse en un ruido constante, como si el cielo mismo estuviera gritando.
Los partisanos ucranianos, que llevaban meses luchando en las sombras, atacaban en silencio detrás de las líneas alemanas.
Sabotearon suministros, tendieron emboscadas y, en algunos casos, colaboraron estrechamente con los soviéticos.
Para ellos, la batalla de Kiev era personal; no solo se trataba de expulsar a los nazis, sino de vengar la brutal ocupación, las deportaciones masivas y las ejecuciones en masa, especialmente en lugares como Babi Yar, donde decenas de miles de judíos, prisioneros de guerra y civiles fueron asesinados por los nazis.
Finalmente, el 6 de noviembre, las fuerzas soviéticas rompieron las defensas alemanas en el centro de la ciudad.
Los tanques rugían por las calles destrozadas, aplastando todo a su paso mientras los soldados avanzaban detrás, luchando por tomar los últimos bastiones nazis.
Los alemanes, conscientes de que ya no podían mantener Kiev, comenzaron a retirarse hacia el oeste, pero lo hicieron de manera desordenada.
Muchos se quedaron atrapados dentro de la ciudad y fueron hechos prisioneros o murieron en los combates.
Así había quedado la ciudad: calles cubiertas de escombros y cadáveres, edificios reducidos a esqueleto y polvo y el silencio ensordecedor tras el último disparo.
Los soviéticos se movieron rápidamente para hacerse con el control absoluto de la ciudad, mientras los habitantes emergían lentamente de sus refugios.
Hubo llantos y abrazos entre los que se reencontraban, pero también un aire de resignación.
La ciudad había sido liberada, sí, pero el costo había sido inmenso.
Kiev, con sus iglesias doradas y su rica historia, ahora era una ciudad rota, pero los soviéticos lo proclamaron como una gran victoria.
Para ellos, fue un punto de inflexión, un símbolo de que el avance hacia el oeste continuaba imparable.
Stalin hizo que la reconquista de Kiev fuera un momento de orgullo nacional, un logro propagandístico que demostraría que la Unión Soviética no solo resistía, sino que también empezaba a ganar terreno.
La vida en la ciudad comenzó a retomar lentamente su curso, pero todo se movía bajo una capa de desolación.
Los soviéticos no perdieron tiempo en reorganizar el caos; habían empezado a movilizar gente desde las zonas ocupadas para repoblar lo que antes era una metrópolis v ibrante.
Muchos de esos desplazados veníamos de lugares como Eslovaquia, donde la guerra había dejado ciudades arrasadas y sin futuro.
Se hablaba de la «reconstrucción soviética», pero en las calles se respiraba el vacío, un silencio palpable, interrumpido solo por el eco lejano de los pasos y el sonido metálico de algún martillo que caía sobre las ruinas.
Los refugiados llegaban en trenes desvencijados, famélicos y agotados.
Entre ellos estábamos Jakob y yo, dos figuras más en una marea de seres que intentaban agarrarse a lo que fuera que les ofreciera la vida.
El viaje desde Eslovaquia había sido un alivio para nosotros, aunque un sentimiento nos decía que Kiev tampoco sería un lugar seguro para quedarse.
No todos teníamos la misma suerte ni sentíamos lo mismo.
Vlad y Mikhail se habían mostrado extremadamente eficientes a la hora de facilitarnos una nueva vida en Kiev.
No había sido casualidad. Me di cuenta pronto de que no eran simples soldados ni refugiados que habían salido adelante por su carisma o determinación.
Eran dos figuras importantes dentro del régimen soviético con los que Hitler y sus aliados querían terminar, con conexiones profundas en el partido y en el aparato militar que gestionaba el país.
Dos peces gordos dentro de aquel sistema que se había ido estableciendo en Rusia.
Tan solo hubo que ver cómo llegamos al territorio ruso.
Les faltó abrazarlos tras verlos. Nos ofrecieron todo tipo de comodidades disponibles.
Una mañana, todavía en territorio eslovaco, Mikhail me llevó aparte después de una larga conversación sobre nuestros próximos pasos. Nos encontrábamos en una pequeña tienda de campaña que nos habían asignado en uno de los campamentos que el régimen estaba utilizando para realojar a los desplazados.
—Hugo, tienes que entender algo —me dijo, mientras encendía un cigarrillo, enfundado en su inmaculado traje militar cargado de eslabones que determinaban su valía y trabajo bien hecho por la nueva URSS, observándome a través del humo que flotaba en el aire frío de la habitación de principios de otoño—.
Lo que hemos hecho por ti y por Jakob no lo hacemos por cualquiera.
—Su tono era firme, casi paternal, pero con un filo subyacente que no podía ignorar—.
Hemos conseguido que te den un lugar donde vivir, pero hay una condición que debes aceptar por Vladímir y por mí.
Nosotros solo podremos protegerte si nos haces caso.
Sentí que el peso de lo que iba a decirme caía sobre mis hombros antes incluso de que abriera la boca.
Me pasé la mano por la cabeza, donde el pelo ya me había crecido bastante tras los meses que habíamos pasado huyendo tras salir del campo, comiendo lo necesario para ganar peso, no mucho, pero sí lo suficiente para no caerme al suelo en cualquier momento.
El aire en la habitación parecía volverse más denso y no hacía falta ser adivino para saber lo que venía.
—Tienes que ser discreto —continuó—. Moscú es un lugar lleno de oportunidades, pero también está lleno de ojos.
Y esos ojos siempre están buscando algo que no encaje, algo que puedan usar en tu contra.
Lo que eres —hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—, lo que haces con otros hombres… no puede salir a la luz. Aquí, no.
Me quedé en silencio, mirando la brasa del cigarrillo que Mikhail sostenía entre sus dedos.
Sabía a lo que se refería. Había pasado toda mi vida consciente de que mi forma de amar no era algo que se pudiera mostrar al mundo abiertamente, pero escuchar esas palabras, esa advertencia directa, hizo que el frío en la habitación se sintiera aún más penetrante.
Los meses me habían dado el poder de entender su ruso mezclado con el francés. Y nos entendíamos a la perfección. Lo que había entendido era lo que era.
—Lo entiendo —respondí al fin, tratando de mantener la calma—. No haré nada que os pueda comprometer.
Mikhail me miró fijamente, en busca de algún signo de duda en mis ojos.
—No es solo una cuestión de lo que digas, Hugo.
Es cómo te comportas, cómo te mueves. Estás bajo nuestra protección ahora, pero eso tiene límites.
Si alguien se entera… no podremos ayudarte.
Y ya sabes cómo se manejan estas cosas aquí.
—Aspiró profundamente su cigarrillo, dejando escapar el humo lentamente.
Vlad entró en la habitación en ese momento, como si hubiera sentido la tensión. Traía consigo dos vasos de vodka, que dejó en la mesa frente a nosotros. Me sonrió de manera cálida, como siempre lo hacía, pero también con esa calma casi aterradora que siempre lo rodeaba.
—Hugo, estamos aquí para ayudarte. Queremos hacerlo —dijo Vlad, sirviendo el vodka con manos precisas—.
Pero Mikhail tiene razón. El partido tiene sus reglas y, si quieres sobrevivir en este nuevo mundo que estamos construyendo, tendrás que adaptarte a ellas.
Con una nueva identidad, no te será difícil pasar desapercibido y abandonar tu pasado.
Asentí, con la mirada perdida entre las manchas de la tela de la tienda. Eran diminutas, oscuras y como salidas de un pincel.
—Eres pintor, ¿verdad? —me preguntó Vladímir, bajo el bigote rubio que le había crecido—. Escuché hace unas semanas que lo hablabas con Jakob.
Asentí con la cabeza.
—Píntanos.
—No tengo nada —susurré.
Sin darme cuenta, los dos se levantaron entre risas y entraron un lienzo ya pintado y muchos óleos. Me sonreí.
—¿Te sirve? —me preguntó Vlad con una sonrisa pícara.