La última frontera HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #6
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HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #6

Al girarme, vi a Klaus acercándose a la cama de la joven.

Su expresión había cambiado, había algo oscuro y peligroso en sus ojos.

Estaba muy encima de ella, que dormía separada del resto de la casa por una cortina.

Le recorría el pecho con su mano sucia, cubierta de vello rubio, le abría el camisón y luego se olía la mano. Era repugnante.

Sin más, se lanzó sobre ella y su grito rompió el silencio de la casa. Los otros dos despertaron, confusos y aterrados. El padre intentó levantarse, pero Klaus lo empujó de vuelta, con una violencia fría. La madre gritaba, y yo… no podía moverme. Era como si el horror me hubiera paralizado.

Fue en ese momento que tomé la navaja que había sobre la mesa. La encontré a la desesperada sobre el tablero de maderas sin limar y supe que debía usarla.

Me acerqué a él por la espalda mientras se movía sobre la joven y, sin pensarlo dos veces, clavé la hoja en su carne. Su grito fue gutural, inhumano, mientras caía al suelo. La sangre se extendió rápidamente bajo su cuerpo, empapando la madera.

El silencio que siguió fue ensordecedor. La joven lloraba, temblorosa, mientras el padre me miraba con una mezcla de miedo y gratitud.

Klaus, el asocial, murió en el suelo de esa casa, sin decir una palabra. Supongo que, en aquellos campos, también había gente mala junto a todos aquellos santos inocentes que no lograron escapar.

El padre se acercó a su hija, murmurando algo en polaco, agradeciéndome en voz baja mientras abrazaba su cuerpo tembloroso. Jakob se acercó a mí, tocándome el brazo.

—Has hecho lo correcto, Hugo —me dijo con un tono bajo y serio—. Se lo merecía.

Éramos fugitivos, buscadores de la libertad, pero no asesinos ni criminales. Nosotros no, él quizá.

La madre, temblando, nos ofreció más ropa, comida… y algo aún más valioso: una ruta hecha por su marido hacia Eslovaquia. Nos dijo que, si seguíamos el camino indicado, podríamos cruzar la frontera y llegar a territorio controlado por los soviéticos. Era nuestra única esperanza.

Amanecía cuando dejamos la casa, cargados con ropa nueva y alimentos. Klaus quedó atrás, enterrado en una tumba improvisada junto al bosque, bajo el peso de lo que había ocurrido esa noche.

Aquel fue el primer muerto que vi. Bueno, no era el primero, no podía contar cuántos cuerpos había visto en Auschwitz, apilados como si fueran basura, cuerpos sin nombre ni historia; tampoco los que en las calles de Barcelona, años antes, los vecinos rescataban entre los escombros.

Pero él fue el primero que maté yo. Esa navaja que clavé en su espalda, el ruido sordo al atravesar la carne, el calor de la sangre en mis manos…

todo se me quedó grabado como una marca, mucho más profundo que cualquier hambre o frío que hubiera padecido, mucho más que el calor o la sed.

El cansancio era abrumador, pero, cada vez que cerraba los ojos, veía su cuerpo retorcido, la vida escapando de él en un segundo.

Nunca había querido matar a nadie. No sé si lo hice por la muchacha, por mí mismo, o simplemente porque algo dentro de mí no podía soportar más la brutalidad de todo aquello.

Quizá fue el instinto, ese mismo que me había mantenido con vida desde que cruzamos las alambradas de Auschwitz.

—¿Alguna vez pensaste que te convertirías en esto? —pregunté, con la mirada fija en Vlad mientras nos adentrábamos en el bosque.

Jakob estaba al otro lado, mirando sus manos sucias, llenas de cortes y cicatrices. Tardó un momento en responder.

—¿En un superviviente? No. Nunca. —Sus palabras eran tan sencillas, tan cargadas de resignación, que sentí que estaba hablando también por mí—.

Pero aquí estamos. Sobrevivimos porque no tenemos opción.

No es lo que quería, pero la guerra no nos deja elegir.

Miradnos a Mikhail y a mí —comentó señalando al frente, donde se encontraba su compatriota enfilando el camino—.

Una revolución y después una guerra. Queremos la libertad.

Y, si esto se termina, vivir tranquilos sin obligaciones de nada. Tranquilidad.

La guerra no nos deja elegir , repetí en mi mente una y otra vez.

Tal vez tuviera razón. Quizá ninguno de nosotros fuera realmente responsable de lo que había hecho.

Quizá fuera simplemente la naturaleza de todo esto, de la desesperación.

Pero, incluso entonces, había una parte de mí que no podía aceptar esa justificación.

—Así que gracias —se limitó a decirme—. Por tu valentía el otro día.

«Gracias». La palabra resonó en mi mente durante días.

Gracias por matar a un hombre. Gracias por salvar a su hija.

Era una mezcla de horror y alivio, una paradoja que no podía resolver.

¿De verdad era algo por lo que debía sentirme agradecido?

Había hecho lo necesario, sí, pero el costo…

el costo era algo que cargaría el resto de mi vida.

El hambre seguía presente, siempre acechando, pero, después de aquella noche, parecía que algo dentro de mí había cambiado.

Había cruzado una línea. Una vez que matas a alguien, incluso si es por una razón que crees justa, no hay vuelta atrás.

Las personas no están hechas para matar. O, al menos, yo no lo estaba .