La última frontera HUGO Moscú, diciembre de 1944 #2
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HUGO Moscú, diciembre de 1944 #2

Elena asintió con la expresión endurecida.

—Pero debemos ser cuidadosos. No podemos esconder demasiado, o llamaríamos la atención si alguien se da cuenta de que algo no está donde debería estar. Solo lo más valioso. Los cuadros que no podemos permitir que destruyan.

Nos quedamos un momento en silencio, mirando el hueco como si fuera una especie de milagro. Era una posibilidad que no habíamos contemplado antes. Un lugar donde podíamos mantener a salvo las cosas que queríamos proteger, lejos de las manos del régimen, lejos de los ojos que todo lo vigilaban.

—Podemos empezar hoy —dije finalmente, rompiendo el silencio—. Empezaremos por los cuadros más antiguos. Los que sabemos que desaparecerán pronto si no hacemos algo.

Esa misma noche, comenzamos a mover las primeras telas hacia el hueco.

El trabajo era minucioso; había que enrollar las obras con cuidado, sin dañarlas, y luego asegurarnos de que el hueco quedara bien tapado de nuevo.

Actuábamos con precisión, cubriendo cada señal de que habíamos estado allí. Luchábamos contra la guerra del olvido.

Mientras terminábamos de ocultar el último de los cuadros, Elena se quedó de pie frente al hueco, mirando la pared recién restaurada.

En sus ojos había una mezcla de furia y determinación que no había visto antes.

Se apartó un mechón de cabello de la cara y soltó un suspiro, como si estuviera liberando algo que llevaba guardado mucho tiempo.

—Que se joda el régimen —dijo de repente con un tono frío, casi susurrado, pero lo suficientemente fuerte como para que Anya y yo la escucháramos—. Me lo quitó todo. Lo poco que tenía.

Anya se giró hacia ella, sorprendida por la crudeza de sus palabras, pero no dijo nada. Yo tampoco supe qué decir al principio, pero el silencio en la habitación se volvió tan denso que sentí la necesidad de romperlo.

—¿A qué te refieres? —le pregunté suavemente.

Elena se dio la vuelta, encontrándome con la mirada. Sus ojos estaban llenos de una tristeza profunda, pero también de una rabia que parecía arder debajo de la superficie.

—A todo. Mi familia, mi vida, mis sueños…

todo desapareció bajo este maldito sistema —respondió con amargura—.

¿Sabes lo que me contó mi madre sobre la Revolución?

Que lucharon por un mundo mejor, por la igualdad, por la libertad.

Y ahora míranos. Seguimos siendo esclavos, solo que ahora los amos tienen nombres diferentes.

Anya asintió en silencio, como si sus pensamientos estuvieran completamente alineados con los de Elena.

Yo, por otro lado, me sentí desconcertado.

No había vivido la Revolución, solo conocía la historia que había sido contada una y otra vez.

Ellas tampoco, eran demasiado jóvenes, pero les resultaba más cercana que a mí.

La narrativa oficial me la sabía: los zares eran opresores; los bolcheviques, los libertadores.

Pero nunca me había detenido a cuestionarlo en voz alta.

La verdad de lo que sucedió estaba enterrada bajo capas de propaganda.

—Mis padres también me contaron sobre la Revolución —añadió Anya, rompiendo su silencio—.

Mi abuelo fue uno de los que se unieron a los obreros en Petrogrado.

Creían que estaban haciendo lo correcto, que el zarismo debía caer para que todos pudiéramos vivir mejor.

Pero ahora lo único que ha cambiado es la cara de quien está en el poder.

Me quedé en silencio por un momento, asimilando sus palabras.

Nunca había tenido una conversación tan abierta sobre el régimen, al menos no con esa intensidad.

Sabía que todo lo que decían era peligroso, que, si alguien nos escuchaba, podríamos estar en un gran problema.

Pero, en ese momento, no parecía importar.

Estábamos encerrados en esa habitación con nuestras frustraciones, con las historias de nuestras familias, con la certeza de que el mundo por el que había luchado la generación de sus padres no existía.

Elena se sentó en una silla de madera, exhausta, como si el peso de su historia la estuviera aplastando.

—Mis padres —continuó, con la voz ligeramente quebrada—.

Eran campesinos. Mi madre me decía que, antes de la Revolución, no teníamos nada.

Que los zares nos trataban como basura. En los inviernos apenas sobrevivíamos, sobre el hambre, sobre los trabajos forzados que ellos tenían que hacer para los terratenientes.

Decía que, cuando llegó la Revolución, parecía que el mundo iba a cambiar.

Creían en eso. Lucharon por eso. Pero, después de todo…

—hizo una pausa, cerrando los ojos, como si le doliera recordar—.

Después de todo, seguimos igual. O peor.

Ahora no solo no podemos hablar; ni siquiera podemos soñar con algo mejor.

Me quedé mirándola en silencio, sintiendo una mezcla de tristeza y empatía. Sabía lo que era perderlo todo. La guerra me había quitado tanto. Pero el régimen, ese mismo régimen que decía que había traído igualdad y justicia, también le había arrebatado algo a ella. A todos nosotros.

Y lo peor de todo era que tenía razón. Tal vez no fuéramos libres ahora, pero lo que estábamos haciendo, escondiendo esas obras, esas piezas de historia, era un acto de rebelión silencioso.

Era nuestra forma de decir que el régimen no lo controlaba todo.

Podían obligarme a pintar lo que quisieran, a borrar a los zares de los lienzos, pero no podían borrar todo.

No si lo ocultábamos, si lo protegíamos.

Elena se levantó de la silla mientras se estiraba la falda de capa hacia abajo y se ajustaba la cinturilla, metiendo la camisa por dentro, con un nuevo brillo en sus ojos.

—Sí, que se joda el régimen —repitió, esta vez con más fuerza—. Nosotros haremos nuestra propia revolución, aunque sea en silencio.

Nos quedamos un rato más, hablando en voz baja, planeando cómo mover los cuadros, qué esconder primero, cómo asegurar que nadie descubriera lo que estábamos haciendo.

Era peligroso, lo sabíamos, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que teníamos un propósito real. Estábamos luchando, a nuestra manera.

Y, aunque el régimen nos lo hubiera arrebatado todo, al menos, esa noche, supimos que teníamos algo que salvar.