La última frontera HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #3
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HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #3

—Dentro —ordenó finalmente, su voz firme, como si el intercambio anterior nunca hubiera ocurrido—. No me hagas repetírtelo —añadió levantándome la mano—. Tienes que llevar a ese que te he dejado en el pasillo a la enfermería con los demás.

Me giré lentamente, sintiendo el peso de sus palabras y el suyo propio. Caminé hacia el hospital, sabiendo que el humo seguiría subiendo, llevando consigo todas las almas, todas las historias, hasta que ya no quedara nada.

Sobre la camilla había un hombre mutilado al que le habían cosido la pierna de otro preso para estudiar la regeneración de las extremidades segadas. Estaba empapado en sudor, en sangre, insensibilizado por el dolor que lo atenazaba al no haber recibido anestesia.

—Hugo… estás vivo…

Me llamó. Detrás de su rostro desfigurado lo vi. Tras la mugre y los ojos hinchados, estaba allí. Era Kelim. Kelim el soñador. El hermano de Pablo.

—¿Qué te han hecho? —le susurré mientras me acercaba.

La pierna no paraba de sangrarle y el trozo de pierna ajena que le habían cosido se estaba ennegreciendo.

—Hui cuando cayó Barcelona. Días después de tomarla, apresaron a todos mis hermanos por estar afiliados al Partido Comunista.

Los fusilaron de madrugada. Dio la suerte que yo estaba fuera cuando vinieron a por ellos y mi madre dijo que hacía meses que no sabía de mí.

Al día siguiente, hui de la ciudad. Desde entonces, he estado dando tumbos por Francia, escondiéndome aquí y allí, pero me atraparon hace unos meses en París al destapar una célula de la Resistencia.

—¿Supiste algo de tus padres tras irte? —le pregunté mientras trataba de taparle la hemorragia con un trozo de tela de su pijama—. ¿De mi abuela?

—No sé nada de nadie de los que dejé en España, Hugo, pero Carme murió.

Tras tu muerte, los combates se intensificaron.

Los nacionales bombardearon Barcelona noche y día.

Un obús detonó sobre el edificio de la calle Aribau.

No quedó nada, solo escombros. Mi madre y mi hermana Isabela iban a verla, ya sabes que le teníamos mucho aprecio.

Un día, en su viaje, no encontraron el edificio.

No queda nada de nuestra Barcelona, Hugo.

No queda nadie. Y en París cada vez quedamos menos.

Nos están cazando y Franco nos entrega como apátridas, Hugo.

Sentí que la saliva se me iba haciendo amarga en la boca y me empezó a costar tragar.

Tenía ganas de gritar, de echarme a llorar, pero aguanté.

Más por él que por mí, a mí no me quedaba nada por lo que no mostrarme débil, indefenso.

Aquellos monstruos me habían quitado mi humanidad, ya no me quedaba nada, pero Kelim necesitaba fuerza.

Los ojos se le empezaron a poner blancos y su voz parecía apagarse.

—Pablo está vivo —le dije entre susurros.

Abrió un poco los párpados.

—¿Qué?

—Que Pablo está vivo, Kelim. Lo dejé en París, en nuestro apartamento. Huyó conmigo de Barcelona cuando me llamaron a filas. Mi abuela fingió la muerte de ambos para mantenernos a salvo.

Esbozó una sonrisa amarga en la cara.

—¿Dónde está ahora? —dijo con un hilo de voz.

—No lo sé. Hace tanto tiempo que no lo veo…

Me miró fijamente.

—No aprietes más, Hugo —me pidió mientras trataba de quitarme las manos del torniquete que yo presionaba contra su muñón—. Estoy sentenciado ya.

—Te tienes que poner bien. Pablo tiene que verte.

Me hizo una mueca triste mientras le caía una lágrima mejilla abajo.

—Tiene que verte a ti, Hugo. Sobrevive. Encuentra a Pablo y huid de todo esto. Prométemelo.

Clavó su mirada en la mía, justo antes de añadir casi entre llantos:

—He dicho que me lo prometas.

—Te lo prometo.

Kelim murió desangrado entre mis manos minutos después. Sufrió lo indecible en aquellos minutos que estuvo debatiéndose entre vivir o morir, por lo que solo pude sentir alivio cuando exhaló su último suspiro.

Le cerré los ojos con mis dedos y le tapé la cabeza con el trozo de tela con el que había tratado de hacer el torniquete. Luego, sin más, seguí.

Cuando finalmente llegué a la enfermería, la penumbra del lugar me envolvió, como si la luz del día se negara a entrar en aquel rincón del infierno.

El olor a desinfectante, sangre seca y carne en descomposición era tan familiar como repulsivo.

Mi cama estaba en el mismo lugar de siempre, un camastro estrecho con las sábanas raídas, pero esta vez no estaba solo.

Un grupo de compañeros de barracón se había reunido en torno a una de las camas cercanas. Eran cuatro. No reconocía a ninguno, solo a uno y era de vista. Debieron de llegar más tarde que yo al campo.

Sus caras eran sombras esqueléticas, con ojos hundidos y nerviosos. Uno de ellos, el único que reconocí como un judío polaco que había llegado unos meses antes, estaba susurrando con urgencia. Me acerqué, tratando de no hacer ruido, aunque ya habían notado mi presencia.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunté bajando la voz, en parte por el miedo, en parte porque la fuerza aún me faltaba.

Uno de ellos, un hombre de aspecto robusto y rapado casi hasta el cráneo, levantó la vista hacia mí. Sus ojos tenían un brillo que no había visto en mucho tiempo, una mezcla de esperanza y desesperación.

—Estamos planeando algo —murmuró, mirando de reojo hacia la puerta como si temiera que alguien lo escuchara.

El polaco, que parecía ser el líder del pequeño grupo, me hizo un gesto para que me acercara más. La cicatrices le surcaban el rostro y el triángulo amarillo en su pecho estaba descolorido, casi irreconocible. Cuando habló, lo hizo en un susurro apenas audible.

—Escucha bien. Esto te interesa tanto como a nosotros. Mañana por la noche, cuando el cambio de guardia esté por comenzar, intentaremos salir. Sabemos que los soldados estarán distraídos, los relevos siempre son un caos. Nos esconderemos en el montón de leña, justo dentro.

Me quedé en silencio, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. La idea de escapar de Auschwitz era casi inconcebible. Había escuchado historias, rumores de otros que lo habían intentado, pero nunca había conocido a nadie que lo hubiera conseguido.

Los cuatro hombres que querían huir hacia la libertad eran una mezcla extraña y desesperada de almas destrozadas por Auschwitz, pero que aún tenían suficiente vida en ellos para intentar una última y peligrosa apuesta por la libertad.

Vladímir era uno de los rusos comunistas.

Alto y de complexión robusta, aunque el hambre y el trabajo forzado le habían robado buena parte de su fuerza, seguía teniendo un porte intimidante.

Su piel, endurecida por las inclementes condiciones del campo, tenía un tono cetrino, marcado por cicatrices y heridas que no terminaban de sanar.

Llevaba la cabeza rapada, pero se adivinaba que su pelo había sido oscuro.

Sus ojos, de un azul pálido, habían perdido el brillo de la esperanza, pero conservaban una fría determinación.

Era un hombre de pocas palabras, pero, cuando hablaba, sus compañeros lo escuchaban.

La guerra y la miseria lo habían convertido en un lí der natural, capaz de tomar decisiones rápidas y mantener la calma bajo presión.

El otro ruso, Mikhail, era muy diferente de Vladímir, aunque compartían la misma ideología.

Era más bajo, de complexión delgada, casi huesuda, con una mirada nerviosa que se movía de un lado a otro, como si siempre estuviera buscando una salida.

Tenía el rostro anguloso, con pómulos prominentes y ojos oscuros que parecían esconder una historia larga y dolorosa.

A pesar de su aspecto frágil, era increíblemente astuto, siempre pensando en el siguiente paso, en la próxima jugada.

Sus manos, aunque temblorosas por la malnutrición, eran sorprendentemente hábiles, y a menudo se las arreglaba para conseguir lo que otros no podían, ya fuera comida extra o información crucial.

Mikhail había sido un estudiante de ingeniería antes de la guerra, y su mente seguía siendo una herramienta afilada, incluso cuando su cuerpo estaba al borde del colapso.

Jakob, el judío polaco, era el más joven de todos.

Aparentaba unos veinte años, alguno menos que yo, aunque las penurias del campo le habían envejecido prematuramente.

Era de estatura media, con una delgadez extrema que hacía que su uniforme de prisionero le colgara como si fuera un saco vacío.

Su cabello negro, cortado al ras, empezaba a mostrar algunas canas, y sus ojos marrones, grandes y expresivos, estaban hundidos en su rostro, lo que le daba un aire de constante preocupación.

Jakob había sido estudiante de medicina antes de ser capturado, y ese conocimiento le había convertido en un recurso valioso para los demás prisioneros.

A pesar de todo lo que había perdido —su familia, su futuro—, Jakob conservaba una chispa de humanidad, una gentileza que se reflejaba en la forma en que cuidaba a los demás, incluso en las peores circunstancias.

Y luego estaba Klaus, el asocial, que era un caso aparte.

De origen alemán, había sido clasificado como asocial por el régimen nazi debido a su negativa a seguir las normas, aunque nunca había hablado mucho de su pasado.

Era un hombre de complexión media, con una cara cuadrada y dura, y unos ojos grises que parecían mirar siempre más allá de lo que tenía delante, como si viviera en su propio mundo.

Su cabello, cortado al cero, mostraba ya entradas pronunciadas.

Klaus tenía un aire de dureza que le hacía parecer inaccesible, pero, en realidad, era el m ás pragmático de todos nosotros.

No creía en ideales o en causas, solo en la necesidad de sobrevivir.

Y era esa actitud fría y calculadora la que le había mantenido con vida en el campo durante más tiempo del que cualquiera hubiera esperado.