HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #4
Cada uno de ellos llevaba consigo una historia de horror, pérdida y resistencia, y, aunque éramos muy diferentes, esa noche, cuando el plan de fuga comenzó a tomar forma, nos unimos en un mismo propósito: escapar de Auschwitz o morir en el intento.
Aquella mañana logré entender bien a todos ellos. Cada uno tenía un motivo para ser odiado por los nazis y mil más para querer sobrevivir. Yo también los tenía. Dejar de sentirme un animal, recuperar mi dignidad, mi autonomía.
—Y ¿después? —pregunté con la garganta seca—. ¿Qué haréis después de salir?
El silencio que siguió a mi pregunta fue tan denso como la oscuridad que nos rodeaba.
Cada uno de nosotros sabía que no había garantías, que lo que estábamos intentando era casi suicida.
Pero, en Auschwitz, cada día era un riesgo, y salir significaba, al menos, recuperar un poco de control sobre nuestras vidas, aunque fuera por un corto tiempo.
Mikhail, uno de los rusos, rompió el silencio. Tenía la piel curtida por el trabajo forzado y los ojos llenos de una dureza que solo la guerra podía imprimir. Su voz era grave, casi un susurro, pero cargada de determinación.
—Cruzaremos Polonia —dijo en su francés que mezclaba con el ruso, como si fuera la cosa más sencilla del mundo—.
Nos dirigiremos al sur. Allí, encontraremos la forma de contactar con los nuestros.
Los camaradas están luchando en todos lados y no se rendirán hasta que hayamos echado a los fascistas de Europa.
—Sí, de allí podríamos intentar llegar a los territorios que ya controlan los soviéticos —añadió Vlad, el otro ruso, con su voz teñida de una esperanza que casi parecía extraña en ese lugar—. No será fácil, pero hemos sobrevivido a esto, ¿verdad? Podremos con lo que venga.
El polaco, que había permanecido en silencio, asintió con la cabeza. Su triángulo amarillo, símbolo de su identidad judía, estaba descolorido, pero seguía siendo un recordatorio constante de lo que significaba para los nazis.
—Eslovaquia es nuestra mejor opción —confirmó, su voz apenas audible—.
He oído rumores de que algunos han logrado llegar allí y sobrevivir.
Los alemanes tienen control, sí, pero el terreno es complicado.
Si conseguimos cruzar la frontera, tendremos una oportunidad.
Solo una, pero es más de lo que tenemos aquí.
El asocial, un hombre delgado con una expresión amarga que parecía haber nacido de un sufrimiento prolongado, se encogió de hombros. Sabía que había sido un tipo conflictivo, alguien que luchaba contra la autoridad incluso antes de la guerra.
—¿Y tú? —preguntó Klaus, girándose hacia mí y en un alemán intimidante, con un tono que no era del todo amistoso pero tampoco hostil—. ¿Qué harás tú? ¿Tienes algún lugar adonde ir?
Me quedé en silencio por un momento, considerando su pregunta. La verdad era que no tenía un plan más allá de salir de allí. Mi única idea era seguirlos aunque no tenía claro qué haría después. Pero la alternativa, quedarme en Auschwitz, no era una opción.
—Os seguiré —dije finalmente—. No sé a dónde me llevará todo esto, pero no tengo nada más. No puedo quedarme aquí, eso es seguro.
Mikhail me miró fijamente, sus ojos explorando los míos, en busca de alguna señal de debilidad o duda. Finalmente, asintió, aunque su expresión era impasible.
—Sabemos que no eres como nosotros, Hugo —dijo, casi con frialdad—.
Pero aquí dentro todos hemos sufrido. No importa lo que seas para ellos.
Maricón, judío, comunista, asocial… para ellos, somos escoria.
Estamos en el mismo montón. Te ayudaremos a salir de aquí porque sabemos lo que te han hecho.
Y porque sabemos que lo que te han hecho a ti es solo una parte de lo que nos han hecho a todos.
Klaus añadió, con un tono algo más suave:
—No somos amigos, Hugo. No nos equivoquemos. Pero tampoco somos tus enemigos. Aquí, en este lugar, ya no importa quién eras antes. Solo importa si puedes sobrevivir. Si puedes seguir adelante.
—Y sí, puedes y debes confiar en nosotros —agregó Jakob—. Porque, allá afuera, cuando crucemos esas vallas, seremos todo lo que tengamos.
El polaco me miró con una intensidad que me hizo comprender la gravedad de lo que estaba proponiendo.
No era una idea precipitada ni una fantasía desesperada; era un plan calculado, nacido de meses, quizás años, de observar y aprender los ritmos del campo.
Asentí en silencio, incapaz de encontrar palabras que pudieran expresar la mezcla de miedo y esperanza que sentía en ese momento.
Esa noche, apenas pude dormir. El sonido de los guardias patrullando, las luces que atravesaban las ventanas del barracón, todo parecía amplificado por la ansiedad.
Me quedé tendido en mi cama, con los ojos cerrados, notando cómo mis compañeros se retorcían tras sus experimentos diarios y tratando de imaginar cómo sería el mundo más allá de las vallas electrificadas, más allá del humo y las cenizas.
Traté de visualizar un futuro que no estuviera plagado de miedo constante, pero cada intento se veía interrumpido por la realidad en que me hallaba y la expectativa de lo que podía suceder si nos descubrían.
Bien entrada la madrugada, nos reunimos silenciosamente detrás del barracón.
Éramos solo un puñado de hombres, unidos por la desesperación y el deseo de libertad.
Fuimos saliendo sucesivamente. De noche, nadie se quedaba vigilando el hospital, y los recién llegados, los recién ingresados, tras su primera atrocidad, se quedaron durmiendo mientras los demás tratábamos de huir.
El polaco nos dio las últimas instrucciones. Nos deslizamos hacia el área donde se almacenaba la leña. Habíamos memorizado los patrones de los guardias y sabíamos cuándo y dónde estarían. Era un juego mortal de escondite, y la única forma de ganarlo era no ser visto en absoluto.
Nos ocultamos entre los troncos, apretujados en el espacio estrecho, cubiertos por la oscuridad de la noche.
Apenas nos atrevíamos a respirar. La leña olía a humedad y a resina, un aroma que debería haber sido reconfortante, pero que ahora se mezclaba con el sudor y el miedo.
Teníamos que quedarnos allí durante días, con apenas espacio para movernos, compartiendo el poco aire disponible.
Jakob nos pasó pequeños trozos de tabaco empapados en gasolina que había ido robando, acumulando y consiguiendo en algunos trueques y favores que le debían unos y otros, una mezcla repugnante pero necesaria para que no nos encontraran.
Nunca le pregunté cómo consiguió todo aquello, ni por qué esa mezcla.
Solo lo hice. Supuse que, si sabía cómo moverse en el campo, sabría sobrevivir para salir de allí.
Nos frotamos con esa sustancia, sabiendo que los perros, entrenados para rastrear el olor de los prisioneros, no podrían seguir nuestro rastro.
Sabíamos que, si nos encontraban, no habría piedad.
Nadie había sobrevivido a un intento de fuga.
En silencio, nos preparamos mentalmente para el largo tiempo que pasaríamos allí, luchando contra el dolor de los músculos entumecidos y el hambre que ya comenzaba a morder.
El primer día bajo aquellos troncos fue el peor.
El tiempo parecía haberse detenido. La leña bajo nosotros se nos clavaba en la piel, los leños de arriba no nos dejaban respirar y el hambre se hacía cada vez más insoportable.
El silencio era nuestra única compañía, roto solo por el ocasional murmullo de uno al rezar o susurrar alguna palabra de ánimo.
Las horas pasaban lentas y la incertidumbre era casi tan difícil de soportar como el miedo.
Sabíamos que cada momento que se esfumaba nos acercaba más a la posibilidad de ser descubiertos en alguna de esas veces que, de forma apresurada, los soldados pasaban acompañados de unos perros que no paraban de ladrar en busca de algo.
Ese algo, al final, quizá fuéramos los presos fugados.
Al segundo día, algo cambió. Los guardias comenzaron a pasar con menor frecuencia por nuestra zona.
Las alarmas que habíamos temido no se dispararon.
No sabíamos si esto era una buena señal o si simplemente estaban esperando que nos traicionáramos por impaciencia, pero no podíamos detenernos a pensar en eso.
Quizá nos habían dado por perdidos, pero teníamos que seguir esperando, seguir siendo invisibles.
Finalmente, al anochecer del tercer día, el polaco decidió que era el momento.
Con gestos silenciosos, nos hizo salir de nuestro escondite y nos fue ayudando, uno a uno, a quitarnos todo aquello que nos había dejado caer encima para ocultarnos.
Nunca supe cómo salió de su escondite sin que nadie lo ayudara.
Aquellos troncos pesaban y, junto con el ungüento que nos habíamos untado, habían creado un ambiente insoportable.
Las piernas me temblaban al ponerme en pie, después de tanto tiempo agazapado.
Nos movimos lentamente, pegados al suelo, usando las sombras como cobertura.
La valla electrificada estaba a solo unos metros de distancia, pero esos metros se sentían como un abismo.
Nos acercamos con cautela. Unos pocos pasos más y estaríamos justo al borde de la valla. Jakob había calculado el tiempo, sabíamos cuándo el cambio de guardia crearía un pequeño caos. Sabíamos que los soldados estarían menos atentos durante esos breves momentos.
Cuando llegamos a la valla, el corazón me latía tan fuerte que temí que pudiera delatarnos.
Mikhail, con su destreza característica, había conseguido unos alicates pequeños que usaban para cortarnos las uñas en el hospital y, en algunos casos, para arrancárnoslas del tirón, y los utilizó para cortar el alambre, un trabajo meticuloso y lento.
Sabíamos que cualquier chispa o ruido podría ser fatal.
Con una precisión increíble, Mikhail logró abrir un agujero lo suficientemente grande para que pasáramos, uno por uno.