HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943 #2
La idea de levantarme y unirme a ellos me parecía imposible, mi cuerpo no respondía, mi mente estaba tan rota como mis músculos.
Estaba atrapado en ese ciclo de debilidad y sufrimiento, como todos los demás.
Allí, sentados, todos éramos iguales, todos sabíamos que, tarde o temprano, el humo se llevaría lo que quedaba de nosotros.
Miraba las chimeneas, escuchando el leve crepitar del fuego que consumía lo que una vez fueron personas. El sonido era casi imperceptible, pero para mí era ensordecedor, un recordatorio de que la vida aquí no tenía valor, de que éramos meros cuerpos destinados a alimentar esas llamas.
En esos momentos, sentado en los escalones del barracón, entendí que ya no era el mismo hombre que había llegado aquí.
Algo en mí había muerto, se había disuelto con ese humo que veía cada día.
Me preguntaba si alguna vez podría volver a sentir algo más que este vacío, si alguna vez podría recordar lo que era ser humano, amar, desear algo más que la muerte.
Pero en el fondo, sabía la respuesta. Auschwitz nos estaba despojando de todo, nos estaba reduciendo a nada, y no había forma de escapar de eso.
Poco a poco, la idea de simplemente dejarme llevar, de dejar de luchar, se volvía más tentadora. Y, sin embargo, algo en mí se aferraba a la vida, aunque no sabía por qué. Quizá fuera solo el instinto, ese último vestigio de humanidad que se negaba a desaparecer.
Pero, mientras el humo seguía ascendiendo, no podía evitar preguntarme cuánto más podría soportar antes de que, finalmente, me rindiera.
El humo de las chimeneas subía y subía, como si no tuviera fin.
Desde donde estaba sentado, parecía que ese humo era la única conexión entre nuestro mundo y el cielo, pero no era una conexión celestial.
No era el humo del incienso de las iglesias, ese que, en mi infancia, al pasar por la puerta de la catedral de Oviedo, veía que se elevaba en espirales suaves como si llevara consigo las oraciones de los fieles.
Lo mismo lo habíamos apreciado Pablo y yo desde las escaleras del Sacré Coeur de Montmartre cuando los feligreses salían de dentro y nosotros, en un tiempo de paz, veíamos el atardecer de París y se nos mezclaba con el humo que salía del interior y que apreciábamos en la distancia.
Pero no, este humo era denso, cargado, impregnado del olor de la carne quemada y el sufrimiento.
Era el humo del infierno, de un fuego que consumía todo a su paso sin distinción, llevando consigo las almas de los inocentes junto a las de sus verdugos.
Me preguntaba qué pensaría Dios al ver esto.
Yo no creía en Dios, mis padres no me habían hablado de ello en ningún momento y la relación que había tenido con mi abuela tampoco había sido como la de aquellos nietos que acompañaban a sus familiares en Barcelona a misa.
No sabía mucho de Dios, pero no creía que en aquel campo nos estuviese amparando.
¿Podría acaso distinguir entre esas almas que ascendían mezcladas en una nube de horror?
Las almas de los santos inocentes, arrancados de sus vidas, de sus familias, de todo lo que amaban, ahora se elevaban junto a las de aquellos que los habían torturado y asesinado.
Aquellos que, con una crueldad inimaginable, nos habían reducido a cenizas.
¿Cómo podía existir un cielo que permitiera tal confusión?
¿Cómo podía el cielo aceptar este humo que rozaba sus puertas, este humo que arrastraba consigo tanta desesperanza?
En ese momento, pensé que tal vez no había diferencia alguna entre el cielo y el infierno.
Quizá después de todo lo que habíamos vivido, el infierno no estaba abajo, en las profundidades de la tierra, sino justo sobre nuestras cabezas, en esas chimeneas que escupían la muerte hacia el cielo.
Quizás, el infierno y el cielo se tocaban en ese humo, en esa frontera difusa donde se mezclaban las almas de los inocentes con las de sus verdugos, donde el sufrimiento no conocía límites.
O quizás, en la Tierra, estuviéramos como en el infierno.
Era un pensamiento aterrador, porque significaba que no había redención, no había justicia.
Significaba que aquellos que nos hacían sufrir podían alcanzar el mismo destino que nosotros, que nuestras almas estaban condenadas a vagar eternamente junto a las de ellos, sin paz, sin descanso.
Pero también era un pensamiento que me llenaba de una extraña calma.
Porque, si el cielo y el infierno se tocaban en ese humo, si las almas se mezclaban sin distinción, entonces tal vez, solo tal vez, nuestro sufrimiento no fuera en vano.
Tal vez, en esa mezcla, en ese contacto, hubiera algo más allá del odio, algo que ni siquiera los nazis podían destruir.
El humo seguía subiendo, rozando el cielo, arrastrando consigo todo lo que habíamos sido, todo lo que habíamos perdido.
Y, mientras lo miraba, me preguntaba si algún día también yo me convertiría en parte de ese humo, si mi alma se elevaría junto a las de aquellos que ya no estaban.
Me preguntaba si, en ese momento, encontraría alguna paz en saber que ya no estaba solo, que formaba parte de algo más grande, aunque fuera tan oscuro y terrible como el humo que ascendía hacia el cielo, mezclando el infierno con las puertas del paraíso.
—¡Eh, tú! —La voz de Norma me sacó de mis pensamientos.
Con su porte autoritario, se acercaba a zancadas, con sus ojos fríos fijos en mí. Me costó levantarme, con un dolor constante en los músculos por las descargas, como si se hubiera instalado en mi cuerpo como un huésped permanente.
—Se acabó el patio —dijo con una dulzura fingida que apenas ocultaba el desprecio en su tono—. Es hora de volver al hospital. No querrás que me metan en problemas por tu culpa, ¿verdad?
Me quedé en silencio por un momento, observando el humo que aún se alzaba en el horizonte, como un recordatorio constante de lo que nos esperaba a todos tarde o temprano. Norma me miraba impaciente, esperando que me moviera.
Me hablaba en alemán. Al principio, cada palabra era un puñal confuso, que apenas lograba atravesar la niebla de mi incomprensión.
Aún había momentos en los que sus órdenes y amenazas me llegaban como sonidos desarticulados, ecos de algo que mi mente no podía procesar del todo.
Sin embargo, después de tantos meses, empezaba a captar más palabras, a juntar piezas sueltas.
Los insultos fueron lo primero que entendí con claridad. Pero, poco a poco, también empezaba a captar otras cosas, matices en su tono, palabras que antes me habrían pasado desapercibidas.
Había aprendido a leer entre líneas, a entender el verdadero significado detrás de lo que decía, incluso si las palabras en sí me resultaban confusas.
La entonación, la forma en que pronunciaba ciertas frases, el veneno que se escondía en lo que antes solo era un ruido indescifrable…
Todo eso ahora me llegaba con más claridad.
Era como si el alemán hubiera dejado de ser simplemente una barrera y se hubiera convertido en un reflejo del horror que vivíamos.
Un idioma que no quería aprender, pero que se iba infiltrando en mi mente, como un huésped no deseado.
Y, cada vez que lograba entender un poco más, sentía una mezcla de triunfo y desesperación.
Triunfo, porque al menos podía anticipar mejor lo que vendría.
Desesperación, porque saber no me daba más poder, solo me recordaba cuán atrapado estaba.
—Ese humo… —murmuré más para mí que para ella, sin moverme todavía—. ¿Nunca te has preguntado si sube tan alto porque el infierno y el cielo se tocan en algún punto?
Norma soltó una risa corta y seca, sacudiendo la cabeza.
—Vaya, pero si el triángulo rosa se ha puesto filosófico —respondió con un tono burlón—. Escoria como tú no tiene por qué preocuparse por el cielo o el infierno. De todas formas, ya sabes a dónde irás cuando llegue tu momento, ¿no?
Sus palabras eran como un veneno suave, y la sonrisa en su rostro solo hacía que me sintiera más pequeño, más insignificante. Era como si disfrutara de su poder, como si, cada vez que me recordaba lo bajo que había caído, ganara un poco más de satisfacción.
—¿Eso crees? —respondí con calma, mirándola directamente a los ojos, sintiendo que no tenía nada más que perder—.
¿Crees que ese humo está lleno solo de las almas de la escoria, como dices?
Porque ahí dentro no están solo los nuestros.
Están todos, mezclados. Inocentes, verdugos…
todos. Al final, somos iguales, ¿no? Quemándonos todos en el mismo fuego.
Norma frunció el ceño y su expresión de desprecio se volvió más dura.
—No te equivoques —dijo, acercándose, su voz más baja pero cargada de veneno—.
Tú y los tuyos sois basura. Si el fuego os consume, es porque lo merecéis.
Es el único destino adecuado para escoria como tú.
Gente sucia, enferma, que no merece nada más que el final que se les da aquí.
Judíos, putas, maricones… todos. A ver si terminamos con todos de una vez por Alemania.
Había una amargura en su voz que hacía que sus palabras fueran más crueles, como si realmente creyera cada frase que decía, como si su odio fuera una verdad irrefutable.
—Tal vez… —respondí, dejando que un poco de ese dolor asomara en mi voz—. Pero, si todos terminamos en el mismo fuego, si todos nos convertimos en ese humo, entonces quizá no seamos tan diferentes, después de todo. Tal vez el fuego nos iguale a todos.
Norma se quedó en silencio un momento, sus ojos entrecerrados mientras me miraba con una mezcla de desdén y algo que podría haber sido un atisbo de duda. Pero, si esa duda existía, la ocultó bien, volviendo a su expresión habitual de desagrado.