HUGO Auschwitz, territorio anexionado a Polonia, 25 de julio de 1943
E l calor era todavía peor que el frío. Bueno, quizá no, pero en cada estación sentía que, por la posibilidad de ser la última que pasara con vida, iba a ser la peor. En el infierno hacía mucho calor.
El verano en Auschwitz era sofocante, una especie de tortura adicional que se sumaba a las muchas otras que ya soportábamos.
El sol no tenía piedad; caía a plomo sobre nosotros, haciendo que el aire se volviera espeso, casi imposible de respirar.
El sudor nos empapaba la ropa, y nuestras pieles se agrietaban por la falta de hidratación bajo el calor abrasador.
No había sombra ni descanso, solo el trabajo incesante y el agotamiento que nos devoraba desde dentro.
Y el olor se volvía insoportable, una mezcla de cuerpos sucios, sudor y muerte.
La falta de agua hacía que nuestras gargantas se secaran como el polvo, y la poca que nos daban era tibia y sucia.
Nos la servían únicamente una vez al día, y solo si llevábamos colgada del cuello la taza que nos habían asignado junto con el pijama y el triángulo, con el número tatuado en el brazo que me veía a todas horas; una vez al día.
Siempre era a la misma hora, durante el tiempo que nos dejaban para estar tranquilos en el patio.
A veces, pensaba que prefería el frío del invierno, al menos entonces el entumecimiento me protegía de sentir demasiado. Pero en el calor no había escapatoria, solo un constante ardor que me consumía por dentro y por fuera.
Los oficiales del campo parecían disfrutar de nuestra agonía, observando cómo nos debilitábamos bajo el sol, cómo nuestras fuerzas se desvanecían un poco más cada día.
A menudo, me preguntaba si era esto lo que ellos querían, vernos sufrir hasta que no quedara nada de nosotros, hasta que ni siquiera pudiéramos recordar quiénes éramos antes de este infierno.
Hacía meses que me habían separado del barracón en el que estaba asignado.
Vivía en el hospital ahora, si es que se podía llamar «hospital» a ese lugar.
Era un pabellón frío y desolado, un espacio donde la muerte se paseaba a su antojo y la vida apenas se sostenía por un hilo; un lugar donde la esperanza era una palabra vacía.
Al principio, cuando me trasladaron allí, pensé que tal vez encontraría un respiro, una tregua en medio del caos.
Pronto me di cuenta de que el hospital no era más que una prolongación del infierno.
La ligera calma que a veces se respiraba no era más que el preludio o la consecuencia de la tortura, una calma que solo servía para prolongar el sufrimiento, para permitir que el cuerpo y la mente asimilaran lo que vendría después, o lo que ya había pasado.
Los gritos en el pabellón eran una constante, un sonido que se entrelazaba con el latido mismo de mi corazón.
No había noche ni día, solo una sucesión interminable de alaridos que se elevaban, se sostenían en el aire por un momento, y luego se desvanecían, dejando un silencio pesado, cargado de muerte y desesperación.
Algunos de esos gritos eran los míos, aunque con el tiempo aprendí a silenciarlos, a ahogarlos dentro de mí, como si de esa manera pudiera mantener intacto algún pequeño resquicio de dignidad.
Recuerdo a los que ocupaban las camas junto a la mía, sombras de lo que una vez fueron seres humanos.
A mi izquierda estaba André, un joven francés que apenas había cumplido los veinte años cuando lo trajeron.
No hablaba mucho, pero sus ojos lo decían todo.
En ellos había un miedo profundo, una certeza de que no saldría vivo de aquel lugar.
Lo vi morir una noche, después de que los médicos nazis decidieran examinar su resistencia al dolor.
Le introdujeron objetos punzantes por el ano, afirmando que era para curar su homosexualidad.
Sus gritos me acompañaron durante horas, hasta que finalmente se apagaron, dejándome solo con el eco de su sufrimiento.
Gritó muchísimo, pero jamás lloró. «Nunca llores delante de un nazi.
No les dejes ver tu debilidad», fue lo que me dijo una mañana en los escalones del barracón, donde me dejaba estar Norma, la enfermera Muerte, respirando el aire.
Ella era todo lo que amaban los nazis, y nosotros, por defecto, su peor pesadilla.
Era blanca de piel, con mofletes rosados y una melena rubia como el oro bajo su cofia; de estatura media, sonrisa cínica y voz estridente.
A mi derecha estaba Karl, un alemán que había huido de Berlín cuando el régimen comenzó a perseguir a los suyos.
Era un hombre fuerte, o al menos lo había sido, pero el hospital lo fue quebrando poco a poco.
Lo usaron para todo tipo de experimentos, desde inyecciones de químicos en sus genitales hasta la extracción forzada de tejidos para estudios.
Un día, después de una de esas sesiones, Karl me miró con una expresión que recordaba cada noche.
No era solo dolor lo que reflejaban sus ojos, sino una profunda traición, como si no pudiera comprender cómo era posible que los seres humanos pudieran infligir tal sufrimiento a otros.
Los gritos de Karl también se apagaron un día, y su cama quedó vacía, esperando al siguiente desafortunado que la ocuparía.
No tardaron mucho en traer a otro, un joven llamado Ernst, que no duró más de una semana antes de sucumbir a las infecciones que siguieron a las curas que le administraban.
La cama se vació de nuevo, pero el olor a muerte permaneció, impregnando todo el pabellón, como un recordatorio constante de nuestro destino.
Cada vez que los médicos entraban al pabellón, sabíamos que uno de nosotros sería seleccionado para un nuevo experimento, una nueva forma de provocar dolor en nombre de una ciencia perversa.
Nos miraban como si fuéramos poco más que animales, criaturas sin alma ni valor, a las que se podía destrozar sin remordimiento.
Una vez, me tocó a mí. Me llevaron a una sala donde me ataron a una camilla y comenzaron a introducirme tubos por la uretra.
Decían que estaban midiendo mi resistencia, que era necesario para su investigación.
El dolor era indescriptible, pero más que el dolor físico, lo que me destruía era la mirada fría, casi indiferente, de los médicos que me observaban, como si mi sufrimiento no significara nada, como si yo mismo no significara nada.
Volvieron a dejarme en mi cama después, agotado, roto en más formas de las que podía contar. La calma que siguió a ese episodio no fue un alivio; fue un vacío, una sensación de estar flotando en el abismo, esperando solo el próximo golpe, la próxima ola de dolor que sabía que vendría.
La muerte era una presencia constante en el pabellón, pero no llegaba como un consuelo.
Era algo que veíamos cada día, en las camas vacías que iban quedando a nuestro alrededor, en los cuerpos que retiraban de madrugada, envueltos en sábanas sucias.
Pero lo peor no era morir; lo peor era seguir vivo, seguir consciente, seguir esperando la próxima atrocidad.
Cada día que pasaba sentía que una parte de mí se desvanecía, se alejaba, como si me estuviera convirtiendo en un espectro, en una sombra más en ese lugar donde la humanidad había sido aniquilada.
En el hospital, la muerte no era el final. Era solo el próximo paso en una sucesión interminable de horrores. Y nosotros, los que quedábamos, éramos los que debíamos cargar con el peso de esos horrores, hasta que, finalmente, nuestro turno llegara también.
Después de aquello, tardé mucho en recuperarme.
Quizá fueron días o semanas, pero tampoco hubo una tregua para mí.
De repente, aparecían dos oficiales y me arrastraban a mi dosis de electroshock diaria para, horas después, traerme de vuelta a mi cama.
Allí me quedaba tranquilo, con tanto dolor que no podía ni moverme y ese olor a muerte que lo tocaba todo.
Fue semanas después cuando pude levantarme y sentarme en los escalones del barracón a tomar el aire.
Desde allí veía cómo las chimeneas lanzaban el humo al cielo mucho más intensamente que cuando había llegado al campo.
También a mi alrededor todos los experimentos se habían intensificado.
Allí, sentado en esos escalones, me di cuenta de que ya no recordaba cuánto tiempo llevaba en Auschwitz.
Los días se habían convertido en una sucesión indistinguible de dolor y el paso del tiempo no significaba nada.
Cualquier noción de futuro se había disuelto entre las cenizas que cubrían el campo.
El aire que respiraba era espeso, cargado con el hedor de la muerte que provenía de las chimeneas y se mezclaba con el calor que hacía sudar mi piel bajo el pijama.
Ese humo, que se alzaba como un espectro sobre el campo, me recordaba constantemente la fragilidad de nuestras vidas, lo cerca que estábamos de convertirnos en nada más que cenizas.
Cada bocanada de aire traía consigo el sabor metálico del horror que nos rodeaba.
Me preguntaba cuántos habían sido consumidos por ese fuego desde mi llegada, cuántos más lo serían antes de que fuera mi turno.
Me quedaba allí, en esos escalones, durante horas, mirando el humo ascender en espirales interminables.
Había algo hipnótico en su movimiento, en cómo se mezclaba con el cielo grisáceo, creando un lienzo oscuro sobre el que se proyectaban todos nuestros miedos, todas nuestras desesperanzas.
A veces, en medio de mi agotamiento, me encontraba deseando que todo terminara, que el humo finalmente me envolviera a mí también y me liberara de esta agonía sin fin.
En torno a mí, el campo seguía con su rutina de muerte y destrucción.
Veía a otros prisioneros pasar, sus miradas vacías, sus cuerpos apenas más que esqueletos.
Algunos me reconocían, asentían con la cabeza en un gesto que, en otros tiempos, habría sido una muestra de camaradería.
Ahora, era solo un reflejo de la desesperación compartida.