PABLO Londres, marzo de 1943 #8
Pasamos tantos meses en el barco que el frío se volvió caliente y las nubes atlánticas desaparecieron en favor del calor mediterráneo. Tantos meses que regresó julio.
El día del desembarco llegó con el rugido de los cañones y el grito de los oficiales.
Las playas de Sicilia estaban envueltas en humo, y el sonido de las balas llenaba el aire.
Cuando bajé del barco, sentí el calor del sol mediterráneo mezclado con la adrenalina que corría por mis venas.
Mis botas tocaron la arena, y supe que no había vuelta atrás.
Corrimos hacia la costa, con el silbido de las balas a nuestro alrededor.
El miedo me apretaba el pecho, pero seguí adelante, impulsado por una fuerza mayor que yo.
A mi lado, Tommy y Angus avanzaban, sus rostros serios, concentrados en la tarea.
Richard, siempre calmado, lideraba a nuestro grupo con la eficiencia de un veterano.
El caos era total. Hombres caían a mi alrededor, pero no podía detenerme.
Mis pensamientos iban y venían, mezclando la brutalidad del momento con la imagen de Hugo.
No era solo por él que estaba allí, lo sabía, pero cada uno de mis movimientos, cada bala que esquivaba era un paso más hacia la posibilidad de un futuro, un futuro en el que él y yo pudiéramos reunirnos de nuevo.
Finalmente, llegamos a la línea de árboles, donde nos reagrupamos con otros soldados.
Habíamos sobrevivido al primer embate, pero sabía que la batalla apenas comenzaba.
Miré a mis compañeros, sus rostros sucios y cansados, pero aún llenos de determinación.
Ellos también tenían sus propias razones para luchar, y eso nos unía de una manera que nunca había experimentado antes.
Mientras nos preparábamos para seguir adelante, me tomé un momento para respirar, para dejar que la realidad de lo que estaba haciendo se asentara. Estaba en Sicilia, a miles de kilómetros de Londres, de París, pero más cerca que nunca de cumplir con mi propósito.
El miedo seguía allí, latente, pero ahora estaba acompañado por algo más fuerte: la esperanza. La guerra aún no había terminado, pero estaba más cerca de lo que había estado en años. Y, si podía sobrevivir a Sicilia, entonces tal vez, solo tal vez, podría sobrevivir a todo lo demás.
Con esa esperanza en el corazón, me levanté y seguí adelante, con el recuerdo de quien me había llevado allí en mis pensamientos y la guerra en mi futuro. Y en ese futuro un único objetivo: apretar el gatillo.
El primer hombre que maté no fue un soldado, al menos no en el sentido que había imaginado.
No llevaba un uniforme distintivo ni portaba un arma.
Era solo un joven, probablemente no mucho menor que yo.
Recuerdo claramente cómo temblaba mientras me apuntaba con su rifle, sus manos torpes, sus ojos llenos de un miedo que, en ese momento, no podía comprender.
Fue un reflejo, o al menos eso fue lo que me dije después.
Apreté el gatillo antes de siquiera pensar en lo que estaba haciendo.
El disparo resonó con una fuerza que me atravesó, un sonido seco, definitivo.
Lo vi caer al suelo, su cuerpo desplomándose como si todo el peso del mundo hubiera decidido, de repente, aplastarlo.
No supe qué sentir en ese momento. No fue alivio, ni siquiera satisfacción.
Fue algo más parecido al vacío, como si en el acto de arrancarle la vida hubiera perdido una parte de la mía.
Me acerqué a él, aún en shock , y lo miré a los ojos.
Estaban abiertos, fijos en algún punto más allá de mí, más allá de la playa en la que estábamos.
Murió con una expresión de sorpresa, como si no pudiera creer lo que acababa de suceder.
Me quedé ahí, arrodillado junto a él, con el arma aún en la mano, incapaz de moverme.
No era un héroe, ni siquiera un soldado.
Era solo un hombre, un joven al que probablemente habían obligado a estar allí, igual que yo.
La guerra nos había puesto en caminos opuestos, pero en ese momento, todo se redujo a un solo disparo.
Esa noche no dormí. Reviví la escena una y otra vez, intentando entender cómo había llegado a ese punto, cómo un simple apretón de dedos había cambiado dos vidas para siempre.
Pensé en su familia, en su madre, en su padre, en si tendría una novia o hermanos pequeños que nunca lo volverían a ver.
Pensé en todo lo que había perdido, en todo lo que le había arrebatado, y en lo poco que había ganado a cambio.
Con el tiempo, aprendí a justificarlo, a decirme que era él o yo, que la guerra exigía sacrificios.
Pero, cada vez que cerraba los ojos, su rostro volvía a mí, recordándome que, aunque hubiera sobrevivido a esa batalla, había dejado una parte de mí en esa playa.
El primer hombre que maté no era un enemigo.
Era solo otro ser humano atrapado en el mismo infierno que yo.
No había gloria en matar, solo una pérdida que se lleva en el alma, una carga que se hacía más pesada con cada disparo. Y es que, en la guerra, nadie sale indemne, ni siquiera el que sigue respirando.