PABLO Londres, marzo de 1943 #7
Sabía que ese era el final de la discusión. Bajé la cabeza, derrotado. No merecía la pena gritar, tampoco debatir el tema o enredarnos en argumentos contrarios que nunca llegarían a nada.
—Lo entiendo. Me quedaré.
Ambos asintieron, aliviados por mi respuesta. Pero, en mi interior, ya había tomado la decisión.
Al salir de la BBC, la humedad de la tarde me envolvió, haciéndome sentir como si Londres mismo tratara de infiltrarse bajo mi piel.
Las calles, aunque vacías, tenían ese murmullo invisible de una ciudad que no puede estar en silencio.
Londres nunca dormía, aunque aquel día parecía que estuviera conteniendo el aliento, como si también esperara una decisión.
Caminé sin rumbo mientras los pasos sonaban apagados contra el pavimento mojado.
Las luces de las farolas titilaban, como si la humedad las sofocara, y la niebla se arremolinaba a ras de suelo, difuminando las esquinas.
Me sentía perdido entre lo que era y lo que vendría.
En la BBC, habían hablado de la guerra como una realidad inevitable, pero aún no terminaba de aceptarlo.
Europa ardía. Allá, en mi casa, todo estaba en ruinas o a punto de estarlo.
Aquí, en Londres, era como vivir en una pausa, en un interludio a pesar de que el caos ya había cruzado el Canal y eso era visible en cada esquina, cada familia, cada persona.
Un hombre pasó caminando rápido, con el cuello del abrigo subido hasta las orejas y el rostro rostro escondido bajo un sombrero oscuro.
Apenas un vistazo al cruzarnos, pero suficiente para que sus ojos reflejaran la misma inquietud que sentía yo.
Seguimos caminando en direcciones opuestas, como fantasmas que compartíamos una misma ciudad sin detenernos a hablar.
Me detuve en una esquina, mirando las luces borrosas de los escaparates en las tiendas que aún permanecían abiertas, pero apenas sin vida.
Una mujer joven, tal vez de unos treinta años, empujaba un carrito con una maleta.
Sus ojos, vacíos, no se alzaron al pasar a mi lado.
Nadie lo hacía. Londres estaba lleno de gente y a la vez vacío.
Cada uno atrapado en sus pensamientos, como si el simple acto de pensar en el futuro se hubiera vuelto una carga.
Me preguntaba si ella, como yo, se debatiría entre quedarse o marcharse.
La guerra estaba allá, donde no imaginábamos nada, pero también en Londres.
A veces me parecía que vivía en una sombra y que todo lo que me rodeaba era solo el eco de lo que alguna vez fue.
¿Volver? ¿A qué? ¿A la destrucción, a una Europa que ya no reconocía?
Pero quedarme en Londres, con su niebla incesante y su incertidumbre difusa, no me ofrecía más certezas.
Este era un refugio, pero también un lugar donde uno podía perderse fácilmente.
La ciudad me retenía y la guerra me llamaba. Y, en ese instante, Londres y el resto del continente eran lo mismo: dos cárceles distintas en las que no sabía dónde preferiría estar.
La mañana siguiente, con el corazón apesadumbrado, empaqué lo poco que tenía y me dirigí al cuartel de reclutamiento del ejército británico.
Sabía que era una locura, que estaba abandonando una vida segura para lanzarme al abismo, el lugar donde sentía que debía estar.
El día que nos embarcamos, el cielo estaba nublado, como si el tiempo mismo se hiciera eco de la incertidumbre que sentíamos.
Subí al barco con una congoja en el pecho, sabiendo que estaba dejando atrás todo lo que conocía, pero también sabiendo que no había otro camino para mí.
El barco era un hervidero de actividad, soldados de todas partes se movían de un lado a otro, preparándose para lo que vendría. Las semanas a bordo fueron una mezcla de entrenamiento y espera, con la tensión aumentando a medida que nos acercábamos a nuestro destino.
Hice algunos amigos. Hombres de diferentes partes del mundo, todos con sus propias razones para estar allí.
Había un escocés llamado Angus, con una risa que resonaba por todo el campamento, y un estadounidense, Jack, que tenía una habilidad especial para encontrar humor en las situaciones más oscuras.
—¿Por qué te uniste, Meier? —me preguntó Angus una noche, mientras compartíamos una botella de whisky que había conseguido de alguna manera.
—Supongo que porque no puedo quedarme quieto mientras el mundo se desmorona —respondí, evitando contarle la verdadera razón.
Jack asintió, entendiendo más de lo que decía.
—Todos tenemos algo o alguien por lo que luchar, amigo. Y, a veces, no es algo de lo que podamos hablar.
Asentí, agradecido por su comprensión. Pero, aunque me estaba adaptando a la vida militar, no podía dejar de pensar en Hugo.
Cada noche, cuando me acostaba en la litera, lo veía en mi mente, su rostro demacrado, sus ojos apagados.
El miedo a lo desconocido se mezclaba con la esperanza, una pequeña chispa que mantenía encendida la idea de que, si sobrevivía a esto, quizá, solo quizá, podría encontrarlo al final.
Durante el trayecto, hice más amigos, hombres que compartían el mismo destino incierto.
Había un joven de Liverpool llamado Tommy, apenas un muchacho, pero con una determinación feroz en sus ojos.
También estaba Richard, un oficial británico que parecía tener todo bajo control, aunque más de una vez lo encontré mirando al mar, perdido en sus pensamientos.
Las rutinas en el barco eran estrictas. Cada día comenzaba con un entrenamiento físico exhaustivo, seguido de sesiones de planificación y estrategia.
Pero también había momentos de camaradería, cuando nos reuníamos en grupos pequeños para compartir historias y cigarrillos, intentando mantener el ánimo en alto.
El tiempo en el barco me dio mucho que pensar.
A menudo me descubría caminando solo por la cubierta, escuchando el sonido del agua golpeando contra el casco.
Pensaba en Hugo, en lo que estaría haciendo en ese momento, en si estaría vivo.
La incertidumbre era un peso constante, pero también una fuente de esperanza.
Si podía sobrevivir a la guerra, si podía llegar al final, tal vez podría encontrarlo.