PABLO Londres, marzo de 1943 #6
Loreine se estaba adaptando a la ciudad.
No había sido fácil para ella, pero se notaba su esfuerzo por integrarse.
Londres la acogía con su bullicio, pero ella, con su nueva apariencia y su semblante, que se mantenía siempre alerta, estaba en un constante estado de vigilancia.
Era como si nunca pudiera relajarse del todo, como si siempre esperara que alguien, en cualquier momento, le fuese a decir algo que la devolviera al infierno del que había escapado.
Había encontrado su lugar en la ciudad, trabajando con refugiados que llegaban de todas partes de Europa.
Su cometido era agotador, pero le daba un propósito.
Era un eslabón más en nuestra cadena, lejos de la comunicación, pero cerca, muy cerca de la guerra en su aspecto más cruel: los que la vivían en su propia piel, próximos a las trincheras, y los que lograban escapar de ellas, de los pueblos arrasados, de los campos sobre los que cada vez sabíamos más.
Pasaba las mañanas y las tardes en centros de acogida, ayudando a las familias a encontrar alojamiento, a conseguir los documentos necesarios para empezar de nuevo en un lugar que, para muchos, era tan extraño y hostil como lo había sido para ella al principio.
También ayudaba a los londinenses y a cualquiera que se prestara a ello.
La guerra les había quitado todo a muchas familias.
A ella, por ejemplo, le había quitado a su familia y, a pesar de seguir adelante, la había cambiado.
No era la misma. Sería porque bajo su nuevo nombre e identidad ya no cabía esa mujer planificadora, intuitiva y fría que fue, solo la que quería una paz ansiada con una tranquilidad más que debida.
La cabeza se le iba siempre al sur de Francia, al pasado, pero sabía volver ella sola en sí.
A mí me había pasado lo mismo, pero hacía tanto tiempo que ya ni lo recordaba diariamente.
Mi familia había pasado a ser un recuerdo agridulce pero no perenne como el de Hugo.
La pena de haberme ido se mezclaba con los buenos momentos que habíamos vivido.
Es lo que hace la mente humana para sobrevivir.
Archivar. Guardar. Empapelar por si algún día hay que pintar encima y olvidar para seguir sobreviviendo.
Sobrevivir. Qué buen prefijo para anteceder aquello que estábamos dejando de lado entre tanta guerra: vivir.
—Londres es un refugio, pero también es un campo de batalla —me dijo una noche, mientras compartíamos una cena frugal en el pequeño comedor de la pensión—. Todos aquí están luchando por sobrevivir, de una forma u otra.
—Y tú estás ayudando a que lo consigan —le respondí, tratando de darle ánimos mientras le apretaba la mano que tenía sobre los cubiertos perfectamente organizados junto a su servilleta.
—Intento hacer lo que puedo. Pero a veces siento que es tan poco. Las historias que escucho cada día… son como las nuestras, pero multiplicadas por miles.
La ciudad estaba viva con la energía de la guerra.
Los bombardeos habían cesado en gran medida, pero la tensión era palpable en cada esquina, en cada conversación.
Las colas para el racionamiento eran más largas y la gente se había vuelto más dura, más cerrada.
Londres resistía, pero lo hacía con los dientes apretados y el corazón endurecido.
Mi relación con Frederick había cambiado drásticamente desde la primavera.
Al principio, nuestros encuentros eran esporádicos, casi formales.
Ahora, eran casi diarios. Frederick me trataba con un respeto que no me había mostrado antes y, aunque seguía siendo un hombre de pocas palabras, podía ver en sus ojos que valoraba mi lealtad y mi eficacia.
Los meses pasaron con rapidez, cada día se sentía como un paso más hacia lo desconocido.
Octubre trajo consigo un frío que contrastaba con la calidez del verano que se había ido.
La ciudad, ahora vestida con abrigos pesados y sombreros, continuaba con su rutina de guerra.
Los mercados negros florecían, y las noticias de las batallas en el norte de África llegaban con un sabor amargo.
Frederick y Alice habían depositado en mí una confianza que nunca habría esperado, y eso me obligaba a seguir adelante, a cumplir con cada misión, por peligrosa que fuera.
Sabía que en cualquier momento podía ser descubierto, que mi doble vida podía desmoronarse con un solo error.
Pero, hasta entonces, seguiría adelante, luchando en las sombras de Londres, esperando que, de alguna manera, mi pequeña contribución ayudara a detener la maquinaria de muerte que se extendía por Europa.
Y, mientras tanto, Londres seguía su marcha, con su gente resistiendo, con sus edificios maltrechos pero en pie, y con una fuerza que, a pesar de todo, seguía viva en cada uno de nosotros.
Porque, al final, la guerra no solo se libraba en los campos de batalla, sino también en los corazones de aquellos que, día tras día, se levantaban para enfrentarla.
El otoño había llegado a Londres con una frialdad que se colaba por cada rendija, haciendo que las noches fueran más largas y las conversaciones más sombrías.
Había pasado semanas debatiendo conmigo mismo, cuestionando cada decisión, cada paso dado desde que había llegado a esta ciudad.
Pero, en algún momento, entre el frío y la oscuridad, supe que ya no podía seguir ignorando el impulso que me arrastraba hacia el continente.
La idea de quedarme en Londres, lejos de todo, me quemaba por dentro.
La foto de Hugo me acosaba cada noche al cerrar los ojos y sentía que no estaba haciendo nada para parar la guerra escondido en una oficina, recibiendo un telegrama, pasando una información.
Y eso, al cerrar los ojos, me lo devolvía de forma cruel.
En la camisa de rayas que llevaba, su cráneo pelado y su cara huesuda, mucho más que en los años de Barcelona y París, junto a la verja.
Las ojeras, Hugo, el miedo que debía de estar pasando…
y se me abrían los ojos en mitad de la noche, obligándome a salir de debajo de las mantas y andando por la habitación en mi pijama camisero de rayas con los pies descalzos, haciendo crujir la tarima del suelo.
Lo tenía claro. Muy claro. Sin arrebatos ni nada.
Una claridad meditada. Tenía que llegar a Polonia.
Como fuese. Sacarlo de allí. Besarle de nuevo.
A la tarde siguiente, cuando el sol apenas iluminaba las calles y la niebla empezaba a envolverlo todo, decidí enfrentarme a Frederick y a Alice. Sabía que no sería fácil, que la conversación se complicaría, pero no podía seguir callando.
—Necesito hablar con vosotros —dije cuando ambos entraron en la pequeña oficina en la que compartíamos algunos de nuestros mayores secretos.
Alice, con su rostro siempre amable pero firme, me miró con curiosidad. Frederick, en cambio, pareció tensarse inmediatamente, como si ya supiera lo que iba a decirle.
—¿Qué sucede, Albert? —me preguntó Alice, con un tono que intentaba ser suave, aunque había algo de preocupación en sus ojos.
Respiré hondo y les solté la verdad, como si fuera un peso que no podía soportar más.
—Quiero volver al continente. Necesito estar allí, en el terreno, donde puedo hacer algo real, tangible. Ya no puedo seguir aquí, en Londres, mientras todo arde al otro lado del Canal.
Frederick se quedó en silencio por un momento y luego habló, su voz cargada de desaprobación.
—Albert, eso es una locura. No durarás ni una semana allí. Aquí en Londres eres útil, registrando movimientos, pasando información. Pero allá, en plena guerra… ¿cuánto piensas que vas a durar?
Sentí cómo empezaba a hervir de frustración. No quería escuchar razones, no esta vez. La idea de quedarme en Londres me resultaba insoportable, especialmente sabiendo lo que Hugo estaba viviendo en Polonia.
—No lo entiendes, Frederick. No puedo quedarme aquí.
Alice, siempre más comprensiva, intentó mediar.
—Sé lo mucho que esto te afecta, pero regresar no va a cambiar nada. ¿Por qué quieres volver?
No podía decir que estaba enamorado. Que tenía que sacarlo del único sitio del que no sabía si podría hacerlo.
No podía decir que había llegado a Francia con él ni que lo quería tanto que desde que lo perdí no d ormía, que soñaba con él y con cómo me pintaba, me tocaba y besaba, se abalanzaba sobre mí y me regañaba cuando trataba de escudarme tras mi mente, muy estrecha para lo amplia que era su ansia de libertad.
Alice se sentó en la silla que había a mi lado y me miró fijamente antes de decir:
—Si te vas ahora, no habrá vuelta atrás.
—¡Eso es precisamente lo que quiero! —respondí subiendo mi tono más de lo que había pretendido—. No puedo seguir aquí, fingiendo que estoy bien cuando no lo estoy. No puedo dormir por las noches pensando en lo que él está viviendo, en lo que miles están viviendo. ¡Tengo que hacer algo!
La tensión en la habitación se hizo palpable. Frederick me miró fijamente, sus ojos penetrantes.
—Albert, no es solo tu vida la que está en juego aquí. Tenemos operaciones en marcha, información que necesitas filtrar. Si te vas, pones en riesgo todo por lo que hemos trabajado. ¿Te piensas que eres el único que echa de menos a los suyos? Todos nos estamos dejando la piel para que esto pare.
Lo sabía. Sabía que tenían razón en cierto sentido. Pero la desesperación que sentía era más fuerte que cualquier argumento lógico.
—Lo siento, Frederick. Pero esto no es algo que pueda decidir con la cabeza. Es mi corazón el que me dice que tengo que ir.
Hubo un silencio tenso. Alice parecía luchar internamente entre sus sentimientos y su deber. Frederick, por otro lado, parecía más endurecido que nunca.
—Si te vas, Albert, será bajo tu propia responsabilidad. Y no esperes que podamos ayudarte si las cosas se ponen mal —dijo finalmente Frederick, con un tono afilado como una navaja.