La última frontera PABLO Londres, marzo de 1943 #5
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PABLO Londres, marzo de 1943 #5

Entré en la habitación y cerré la puerta tras de mí.

El pequeño espacio estaba tenuemente iluminado por una lámpara en la mesilla de noche.

El ambiente olía a jabón barato y a humedad, pero también a algo más reconfortante: a seguridad, a la sensación de estar, por fin, en un lugar donde no tenía que temer por su vida cada segundo.

Me acerqué a la pequeña mesa donde Loreine había extendido varios papeles y fotografías. Mientras lo hacía, ella me miraba con una mezcla de preocupación y algo que no podía identificar. No sabía si era miedo, compasión, o simplemente agotamiento.

—Quiero enseñarte algo —dijo de repente, rompiendo el incómodo silencio que se había formado entre nosotros.

Tomó una de las fotografías que estaba sobre la mesa y me la tendió. Sus manos temblaban ligeramente.

La agarré y sentí cómo mi pulso se iba acelerando rápidamente.

Cuando miré la imagen, el aire pareció congelarse a mi alrededor.

Era una fotografía en blanco y negro, granulada y desoladora, que mostraba a un grupo de prisioneros en un campo de concentración.

Estaban todos alineados, mirando hacia la cámara con expresiones vacías, rostros que habían sido privados de toda esperanza.

Pero entre ellos, uno destacaba. No por su posición, ni por su ropa —el pijama de rayas que todos llevaban—, sino por algo más, algo que reconocí al instante. Mi corazón se detuvo y una sensación de náusea me golpeó con fuerza.

Hugo.

Estaba rapado, con el cráneo completamente al descubierto, su piel pálida como el papel.

Sus ojos, esos ojos que solían iluminarse de alegría cada vez que hablábamos, ahora eran pozos vacíos, hundidos en su rostro demacrado.

A pesar de todo, era inconfundible. Su rostro había cambiado tanto, pero no lo suficiente para que dejara de reconocerlo. Era él. Hugo.

Mis manos temblaban al sostener la fotografía y la desesperación se apoderó de mí como un animal salvaje. Me sentía impotente, atrapado en una realidad que no podía cambiar, en un destino cruel que parecía decidido a arrebatármelo todo.

—Está vivo —dijo Loreine, su voz tranquila pero firme. Se acercó a mí y puso una mano en mi hombro—. Pablo, mírame.

Levanté la vista, con los ojos empañados de lágrimas. Ella me miraba con una intensidad que no había visto antes. Había dolor en su mirada, pero también algo más, algo que me obligó a escuchar.

—Está vivo —repitió, y sus palabras penetraron la neblina de mi mente—. Mientras esté vivo, hay esperanza. Es un motivo para seguir. Para luchar.

Intenté hablar, pero mi voz se quebró, y lo único que salió de mi boca fue un sollozo desgarrador. Loreine me abrazó, sosteniéndome mientras las lágrimas caían libremente. Era un abrazo fuerte, cálido, lleno de la determinación de alguien que había pasado por lo peor y seguía en pie.

—No podemos rendirnos, Pablo —me susurró, sin soltarme—. No mientras él siga respirando.

Sus palabras comenzaron a calar hondo, como un bálsamo sobre una herida abierta. Sentía que mi desesperación empezaba a ceder, reemplazada por una nueva resolución. Hugo estaba vivo. Ese pensamiento, simple y devastador, se convirtió en un ancla en medio de la tormenta.

—Lo encontraremos —dije finalmente, con la voz aún rota pero con una chispa de esperanza—. No importa cuánto tiempo me lleve, lo encontraré.

Loreine asintió, soltándome lentamente y dándome una pequeña sonrisa, triste pero llena de fuerza.

—Lo haremos, Pablo. Y cuenta con que te voy a ayudar con ello.

Nos quedamos en silencio por un momento, ambos absorbidos por la magnitud de lo que significaba esa foto. Hugo estaba vivo, y eso era más de lo que había esperado. Aún quedaba esperanza, y eso, en tiempos como estos, era más valioso que cualquier otra cosa.

Mientras me secaba las lágrimas, la realidad de nuestra situación volvía a aplastarme.

Miré a Loreine, quien seguía de pie junto a mí, intentando brindarme consuelo.

Había algo más que debía decir, algo que llevaba tiempo atormentándome, pero que no había tenido el valor de mencionar hasta ese momento.

—Loreine —comencé, con la voz temblorosa—, digo…

Marie, lo siento. Lo siento tanto. Debería haber hecho más.

Debería haber encontrado una forma de traer a tus padres y a tu hijo contigo a Londres.

No debí haberlos dejado solos en el sur.

Es tan complicado traer a uno que cuatro me parecía imposible.

El silencio que siguió fue como un abismo entre nosotros. Vi cómo su expresión cambiaba, una mezcla de dolor y resignación cruzando su rostro. Sus ojos se volvieron más oscuros, como si recordara algo que preferiría olvidar.

—Pablo… —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—, no podías hacer nada. No lo sabías, y yo tampoco.

Bajé la mirada, sintiéndome inútil, pero ella continuó.

—Ellos… —Loreine hizo una pausa, como si necesitara reunir fuerzas para lo que iba a decir—. Están muertos. Todos. Mis padres y mi pequeño Louis. Un camarada me lo contó… Los nazis los encontraron cuando yo estaba escondida tras caer parte de la Resistencia. No les dieron ninguna oportunidad.

Sus palabras me golpearon como una bofetada y me dejaron sin aliento. No supe qué decir. La culpa se convirtió en un peso insoportable y, aunque sabía que ella tenía razón, que no había nada que pudiera haber hecho, no podía evitar sentirme responsable.

—Lo siento… —repetí con un hilo de voz.

Loreine negó con la cabeza, acercándose para tomar mis manos entre las suyas.

—Pablo—dijo con firmeza—, no podías salvarlos. No podías salvarme a mí tampoco, pero aquí estoy. Estoy viva gracias a ti. Y ahora tenemos que seguir adelante. Por ellos, por los que ya no están. Y por Hugo.

Me forcé a mirarla, a ver la determinación en sus ojos, y supe que tenía razón. Pero el dolor seguía allí, profundo y constante, un recordatorio de todo lo que habíamos perdido.

Loreine, percibiendo que el peso de la conversación era demasiado, cambió de tema de forma sutil, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Además —dijo, mientras pasaba una mano por su cabello corto—, creo que al menos puedo agradecerle a la guerra por mi nuevo look . ¿Qué opinas? Rubia y con un corte a lo garçon … Apuesto a que ni siquiera me reconociste al principio.

No pude evitar sonreír ante su intento de aligerar el ambiente.

Era cierto que el cambio en su apariencia era drástico.

Su cabello, antes largo y oscuro, ahora estaba cortado a lo garçon , apenas a la altura de sus orejas, y teñido de un rubio casi platino.

Era un cambio radical, pero también una medida necesaria para despistar a los nazis.

—Es cierto, no te reconocí —admití, sintiendo cómo la tensión se alivianaba un poco—. Debo decir que te sienta bien.

Ella soltó una pequeña risa, una risa que, aunque breve, tenía un atisbo de la mujer que había sido antes de que la guerra la quebrara.

—Ese es el plan, ¿no? —dijo, guiñándome un ojo.

Asentí, notando cómo una nueva chispa de esperanza comenzaba a encenderse en mi interior. Loreine, a pesar de todo lo que había perdido, seguía luchando, continuaba encontrando formas de seguir adelante. Y, si ella podía hacerlo, entonces tal vez yo también pudiera.

Nos quedamos en silencio, disfrutando de ese pequeño momento de ligereza en medio de la oscuridad que nos rodeaba. Era un respiro necesario, una pausa en la tormenta, y supe que, aunque el camino por delante sería difícil, al menos no lo recorrería solo.

Las semanas siguientes fueron tensas. Frederick y yo aún trabajábamos en operaciones críticas, pero mi prioridad era asegurarme de que Loreine se estableciera en su nueva vida sin levantar sospechas.

Le conseguí un trabajo menor en una oficina que ayudaba a los refugiados, un puesto discreto que no llamaba la atención pero que le daba una razón válida para estar en Londres.

Mientras Londres se tambaleaba bajo el peso de la guerra, yo caminaba cada día con la sensación de que la ciudad misma nos protegía.

Nos ocultaba en sus sombras, nos daba refugio entre sus calles oscuras y nos permitía luchar otro día más.

Y, aunque el peligro no había desaparecido, sabíamos que, mientras estuviéramos juntos, seguiríamos resistiendo.

El ambiente en la BBC se volvió cada vez más tenso a medida que la guerra se intensificaba.

Las noticias eran cada vez más sombrías y la presión sobre todos nosotros aumentaba.

Los informes que llegaban desde el frente eran desalentadores y la sensación de que el final de la guerra estaba aún muy lejos comenzaba a afectar a todos.

A pesar de esto, seguíamos adelante, sabiendo que nuestra labor era crucial para mantener el espíritu de lucha.

En las calles, el clima se volvía más frío y la escasez de alimentos y combustible hacía que la vida cotidiana fuera aún más difícil. Sin embargo, los londinenses mostraban una resistencia admirable.

Todas las mañanas, pasaba por delante de un grupo de niños que jugaban en un parque bombardeado en cuyas ruinas se oía el eco de sus risas. Era un sonido que contrastaba con la destrucción que los rodeaba. Un recordatorio de que, a pesar de todo y por mucho que se empeñaran, la vida seguía.

La lluvia que caía sobre Londres esa tarde me hizo pensar en París.

Aunque había pasado ya más de un año desde que había cruzado el Canal con una identidad prestada, todavía sentía a la ciudad de la luz dentro de mí.

Cada rincón húmedo y cada cielo gris de Londres me traían recuerdos de las calles empedradas y las luces apagadas de mi antiguo hogar.

Pero París ya no era un lugar al que pudiera regresar, y Londres, con todo su caos y su pulso de guerra, se había convertido en mi nuevo escenario.

Desde mi ventana en la pensión, observaba cómo las gotas se deslizaban por el cristal, dejando surcos irregulares que distorsionaban la vista de la calle.