PABLO Londres, marzo de 1943 #4
Me encontré de pie, solo, en una calle empapada por la lluvia cuyo nombre todavía desconocía, sintiendo una mezcla de alivio y desesperación.
Lo que habíamos intentado hacer, lo que habíamos sacrificado, había sido en vano.
Londres seguía con su guerra, con su lucha diaria, pero, para mí, algo se había roto.
Sabía que, aunque seguiría adelante, algo en mí nunca volvería a ser lo mismo.
Frederick y yo nos reunimos una última vez. Me agradeció por mis esfuerzos, pero ambos sabíamos que el fracaso nos perseguiría. Me dijo que debía descansar, que había hecho más de lo que cualquier hombre podría haber soportado. Le agradecí sus palabras, pero sabía que nunca me las creería del todo.
Volví a la pensión de la señora Carrington, donde me recibió con su habitual sonrisa curiosa. Le di las respuestas de siempre, las evasivas cuidadosas que había aprendido a manejar tan bien. Luego subí a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer en la cama.
Londres, con su caos y su belleza, había sido mi hogar durante este tiempo, pero ahora la sentía extrañamente vacía.
Me di cuenta de que la guerra, la verdadera guerra, no tenía lugar solo en las calles, sino también en los corazones de quienes luchaban en ella.
Y, mientras escuchaba el sonido lejano de las bombas, supe que, aunque seguiría adelante, nunca podría escapar del peso de lo que había sucedido.
Después de recibir la devastadora noticia de que la operación había fracasado en gran parte, mi mente era un torbellino constante. El peso de la culpa me aplastaba, pero también sabía que no podía rendirme. Había personas que todavía dependían de nosotros y, entre ellas, una destacaba: Loreine.
Loreine, con su valentía y su red de contactos en París, había sido uno de nuestros activos más valiosos.
Había arriesgado su vida una y otra vez para proporcionar información crucial a los aliados y ahora estaba en grave peligro.
Los nazis, al darse cuenta de que habían sido manipulados, redoblaron sus esfuerzos para desmantelar la Resistencia, y Loreine era uno de sus principales objetivos.
Si la encontraban, no habría piedad. La tortura y la muerte eran casi una certeza.
O peor. La internarían en un campo hasta que muriera.
La nueva misión era clara: sacarla de París antes de que la encontraran.
Todo comenzó con una reunión urgente en un pequeño despacho improvisado dentro de la BBC, donde Frederick y yo revisamos los últimos informes.
Los nazis habían cerrado varios puntos de la ciudad, llevando a cabo redadas nocturnas y utilizando todo tipo de tácticas para capturar a los miembros de la Resistencia. La situación era desesperada.
—Tenemos que sacarla ahora si quieres ayudarla —dijo Frederick con voz grave, mirándome a los ojos—. París no es seguro para ella.
El plan para sacarla de París tenía que ser audaz.
Loreine había adoptado múltiples identidades durante la guerra, pero esta vez necesitaba una completamente nueva.
Si los nazis tenían la más mínima sospecha, le darían caza hasta los confines.
La misión requería la cooperación de varios agentes infiltrados, recursos limitados y, sobre todo, rapidez.
Frederick se encargó de coordinar la extracción con los contactos en París, mientras yo trabajaba en Londres para preparar su llegada y la construcción de su nueva identidad.
Recurrimos a todo lo que teníamos: documentos falsificados, una nueva historia de vida y un plan detallado para moverla por la ciudad sin ser detectada. Todo debía ser perfecto.
La operación comenzó una noche fría, en un París oscurecido por los apagones y la amenaza constante de las patrullas nazis.
Loreine, que había vivido en las sombras durante tanto tiempo, estaba preparada para lo peor.
Sabía que no había margen de error. Vestida con ropas simples y desgastadas, con el cabello cubierto por un pañuelo, se dirigió al punto de encuentro.
Todo estaba coordinado al milímetro: el coche que la recogería, el paso por los controles y la llegada a una casa segura en las afueras de la ciudad donde la esperarían los documentos falsos.
Mientras todo esto ocurría, yo permanecía en Londres, pegado al aparato de radio, esperando noticias. Las horas pasaban lentas, cada minuto una agonía. Finalmente, el mensaje llegó: Loreine estaba fuera de París. La primera parte del plan había funcionado.
Pero el peligro no había terminado. Todavía tenía que cruzar la frontera y llegar a un puerto seguro donde un barco aliado la recogería para llevarla a Londres.
Las rutas de escape estaban llenas de trampas y el riesgo de ser interceptada era altísimo.
Pasaron dos días antes de que recibiéramos la confirmación de que había cruzado la frontera hacia la España gobernada por los franquistas, un punto donde las cosas se complicaban aún más.
Allí, agentes de la Resistencia española que aún mantenían contactos subterráneos con los aliados tomaron el relevo.
Bajo la identidad de una viuda francesa que regresaba a España para vivir con su familia, Loreine se movía con cautela, sin llamar la atención.
El viaje era agotador y, en cualquier momento, todo podría desmoronarse.
Finalmente, después de lo que parecieron semanas de interminable espera, la radio transmitió las palabras que tanto habíamos esperado: «El ruiseñor está volando».
Loreine estaba a salvo en un barco aliado, un pescador que había querido ayudarla a cambio de una cantidad considerable de dinero cuando llegara a tierras inglesas.
Cuando llegó a un puerto del sur de la isla, lo hizo bajo su nueva identidad como Marie Dubois, una mujer francesa que había perdido todo en la guerra.
Conduje durante horas para recibirla. Fui el primero en hacerlo.
Nos encontramos allí mismo y, cuando la vi, apenas la reconocí: más delgada, con el rostro marcado por las semanas de tensión, pero sus ojos seguían siendo los mismos, llenos de determinación y una chispa de esperanza.
—Albert —me dijo, usando mi pseudónimo en un susurro—, pensé que no lo lograríamos.
—Pero lo hiciste —le respondí, sintiendo una oleada de alivio al verla a salvo—. Ahora estás en Londres, y aquí estaremos para protegerte. Como hiciste conmigo, amiga mía.
Loreine asintió, pero ambos sabíamos que el peligro no había desaparecido por completo.
Los nazis tenían redes de espías en todas partes, incluso en Londres.
Su nueva identidad era su escudo, pero tenía que ser extremadamente cuidadosa.
Frederick me había advertido sobre la necesidad de mantener el más absoluto secreto en torno a su presencia.
Incluso en la BBC, donde los rumores corrían rápido, debía permanecer invisible.
La casera de la pensión donde me hospedaba, la señora Carrington, se mostró intrigada cuando le comenté que recibiría a una prima lejana que venía de Francia.
Era una mujer mayor, con la costumbre de hacer preguntas entrometidas sobre la vida de sus inquilinos, pero, en ese momento, la simple idea de tener compañía le pareció suficiente.
—¿Cómo es que tiene usted familia en Francia, señor Meier? —me preguntó con su habitual tono inquisitivo mientras me servía una taza de té en la pequeña sala de estar.
—Es una historia larga, señora Carrington —respondí, esforzándome por mantener la voz tranquila—.
Marie es una prima lejana que lo ha perdido todo en la guerra.
No tiene a dónde ir, así que la he traído aquí.
Le ha costado mucho llegar. Debió de cruzar a España, tan revuelta como está, y allí un barco la trajo aquí, desde San Sebastián. Imagínese lo conmocionada que está.
La señora Carrington asintió lentamente, aunque sus ojos pequeños y astutos seguían fijos en los míos, buscando alguna fisura en mi relato.
—Es un buen gesto, señor. Pero ya sabe, estos tiempos son difíciles… no todos son lo que parecen.
—Marie es de confianza, se lo aseguro.
Ella me observó por un largo momento antes de dedicarme una sonrisa un tanto forzada. Siempre me ponía nervioso, pero tenía que recordar que, en estos tiempos, la desconfianza era necesaria. Cuando se retiró, supe que debía ser aún más cauteloso. No podía permitirme ningún error.
La casa donde nos refugiábamos no era lujosa, pero tenía algo que ni Loreine ni yo habíamos experimentado en mucho tiempo: el reflejo de una tranquilidad casi ilusoria por la guerra que había fuera, y todas aquellas preguntas de nuestra casera, que quizá fueran meras intromisiones en vidas ajenas.
Subí las escaleras de madera que crujían con cada paso, el sonido acompañado del latido acelerado de mi corazón.
Me detuve frente a la puerta de su habitación y toqué suavemente.
Escuché un movimiento al otro lado y, después de unos instantes, la puerta se abrió.
Loreine apareció envuelta en un camisón blanco, simple pero elegante, propio.
El borde del camisón rozaba sus pantorrillas, y la tela, aunque desgastada, tenía detalles de encaje en las mangas y el cuello que sugerían una vida pasada.
La mirada de Loreine me golpeó más que su apariencia.
Sus ojos, aunque aún brillaban con esa inteligencia que la había mantenido viva, estaban hundidos en su rostro.
Su piel, antes luminosa, ahora tenía un tono grisáceo, y las líneas de preocupación se habían acentuado, marcando su delgadez.
Parecía haber adelgazado aún más desde que la había dejado en París, como si el viaje y las semanas de incertidumbre hubieran consumido la poca energía que le quedaba.
—Pablo, pasa —dijo, con una voz suave pero cargada de una fatiga que parecía haber echado raíces en su alma.