PABLO Londres, marzo de 1943 #3
Las reuniones con Frederick se volvieron casi cotidianas.
Cada vez que nos encontrábamos, me daba cuenta de cómo Londres, y mi lugar en ella, seguían transformándose.
Frederick había comenzado a confiarme tareas más específicas, pequeños trabajos que iban más allá de la traducción y la redacción de informes.
Me introdujo en un círculo más íntimo de agentes, personas que operaban entre las sombras, recolectando y transmitiendo información vital para el esfuerzo bélico.
Fue en una de esas reuniones, en un pequeño pub escondido en un callejón de Soho, donde Frederick me habló de una misión que cambiaría el rumbo de mi vida.
Me esperaba en una esquina, lejos de las miradas indiscretas, con su gabardina gris protegiéndolo de la llovizna persistente que caía sobre Londres.
Cuando llegué, me hizo una señal para que lo siguiera al interior del local.
El ambiente allí dentro era cálido, con el ruido suave de las conversaciones y el olor a tabaco mezclado con el de la cerveza.
Nos sentamos a una mesa en la esquina, lejos de la barra y de los pocos clientes que estaban allí a esa hora.
—Albert —comenzó, bajando la voz—, hay algo de lo que necesito hablarte. Es una operación delicada, y no puedo confiar en muchos para llevarla a cabo.
Frederick sacó un sobre de su abrigo, lo deslizó por la mesa hacia mí y esperó a que lo abriera.
Dentro, encontré documentos que detallaban una operación para infiltrar a un espía alemán en las filas de la Resistencia francesa.
Mi papel, como me explicó Frederick, sería asegurar que la información que el espía obtuviera estuviera cuidadosamente manipulada para desinformar a los nazis.
La operación requeriría precisión y, sobre todo, un conocimiento íntimo de París y de las redes que aún operaban en la ciudad.
Mientras Frederick hablaba, no pude evitar sentir una mezcla de temor y emoción.
Esta misión significaba un riesgo enorme, no solo para mí, sino para aquellos que aún estaban en París, luchando desde dentro.
Pero también significaba una oportunidad para marcar una verdadera diferencia en el curso de la guerra.
Era una responsabilidad que no podía tomar a la ligera, pero sabía que debía aceptarla.
Aquello no me interesaba lo más mínimo, pero yo quería parar la guerra. Para dejar de escribir cada noche en mi habitación a la nada. Para tratar de volver a ver a Hugo.
—Lo haré —le dije finalmente, sintiendo el peso de mis palabras mientras las pronunciaba. Frederick asintió, sabiendo que comprendía la gravedad de lo que me estaba pidiendo.
A medida que los días pasaban, me vi más involucrado en la planificación de la operación.
Cada detalle era analizado minuciosamente; cada posible error, anticipado y corregido.
La BBC seguía siendo mi fachada, el lugar donde cumplía con mi trabajo diario, pero ahora mi mente estaba dividida entre las transmisiones y la operación que se gestaba en las sombras.
Mi relación con Alice también cambió, se volvió más silenciosa, cargada de miradas que decían más de lo que las palabras podían expresar.
Sabía que ella entendía el riesgo que estaba tomando y, aunque nunca lo discutimos abiertamente, su apoyo era palpable en cada gesto, en cada conversación.
Las noches en Londres eran las más difíciles. El pasado me pisaba y el futuro me ahogaba.
A veces, me encontraba caminando por mi habitación, mirando por la ventana hacia las calles vacías, intentando hallar algún consuelo en la oscuridad.
La soledad era abrumadora en esos momentos y, aunque sabía que estaba haciendo algo importante, no podía evitar sentir el peso de la responsabilidad aplastándome.
Finalmente, llegó el día en que la operación debía ponerse en marcha.
Frederick y yo nos encontramos una última vez antes de que todo comenzara.
Nos vimos en un pequeño parque, donde los árboles desnudos y el césped cubierto de escarcha creaban un paisaje casi fantasmal.
No intercambiamos muchas palabras; todo lo necesario ya se había dicho.
Frederick me dio una última instrucción, una clave que usaría para comunicarme si las cosas salían mal y que debía de darme lejos de las oficinas para que, si sucedía algo, no cayéramos todos.
—Buena suerte, Albert —fueron sus últimas palabras antes de que se marchara, envuelto en su abrigo, y me dejara solo en ese parque desierto.
Mientras lo veía alejarse, supe que no habría vuelta atrás. Londres, con su caos y belleza, con sus luces apagadas y la resistencia de su gente, había dejado una marca indeleble en mí. Sabía que, pasara lo que pasase, mi vida aquí había cambiado para siempre.
La operación comenzó como estaba planeado, pero no tardé en darme cuenta de que los riesgos eran aún mayores de lo que había imaginado.
Cada día, me adentraba más en el mundo de la inteligencia, donde la información era el arma más letal.
Las reuniones secretas se hicieron más frecuentes y mi papel se amplió, involucrándome directamente en la recolección de información y en el contacto con agentes en París.
El proceso se puso en marcha con una precisión casi militar.
Cada paso había sido planeado hasta el último detalle, pero, una vez que las ruedas empezaron a girar, perdí toda sensación de control.
El espía alemán al que debíamos manipular había sido cuidadosamente infiltrado en la Resistencia francesa.
Mi tarea era asegurarme de que la información que él obtenía estuviera calibrada de tal manera que llevara a los nazis a tomar decisiones erróneas.
Durante semanas, Londres fue un torbellino de actividad para mí.
La BBC seguía siendo mi fachada, pero, en cada momento libre, en cada pausa entre transmisiones, estaba en contacto con Frederick o con otros agentes.
Recibía y enviaba mensajes codificados en la oficina entre noticias banales que no afectarían al futuro del mundo, me reunía en rincones oscuros de la ciudad y cada vez más me adentraba en un mundo que me resultaba tan lejano a la normalidad que casi olvidaba lo que era.
Las noches se volvían cada vez más largas.
Apenas dormía y, cuando lo hacía, las pesadillas me acechaban.
Soñaba con París, con Hugo, con las calles que conocía tan bien, ahora teñidas de sombras y peligros.
La responsabilidad que cargaba en mis hombros no me daba tregua y, en cada reunión con Frederick, sentía que una parte de mí se deslizaba más profundamente hacia esa oscuridad.
No había descanso porque siempre podía haber una novedad a la mañana siguiente que lo cambiara todo.
El espía alemán había transmitido la información que necesitábamos que llegara a sus superiores, y ahora todo dependía de cómo reaccionaran los nazis.
Las semanas previas habían sido un juego de ajedrez, moviendo piezas, anticipando respuestas, y ahora era el momento de ver si el tablero estaba a nuestro favor.
Recuerdo claramente ese día. Londres estaba sumida en un clima gélido y el viento cortaba como cuchillas al atravesar las calles desiertas.
Caminé hacia el punto de encuentro con Frederick, sintiendo cada paso como un peso en mi pecho.
Nos reunimos en un almacén abandonado en el East End, un lugar que solo habíamos utilizado para las reuniones más delicadas.
Frederick estaba allí, esperándome, junto a Alice. Su rostro, normalmente tan sereno, mostraba una tensión que no había visto antes. Sabía que algo no iba bien. Cuando me acerqué, su mirada me heló la sangre.
—Albert, ha habido un problema —dijo, su voz baja y tensa.
Me explicó que, a pesar de nuestros esfuerzos, algo había salido mal.
Los nazis habían recibido la información, pero, en lugar de actuar según lo previsto, habían hecho algo completamente inesperado.
Habían utilizado la información para llevar a cabo una redada masiva en la Resistencia, capturando a varios de nuestros mejores a gentes en París.
Entre ellos, algunos de los contactos que yo había ayudado a reclutar.
La realidad de la situación me golpeó como un puño en el estómago. Todo por lo que habíamos trabajado, todo el riesgo, había terminado en desastre. Frederick me miró con una mezcla de compasión y urgencia.
—Debemos actuar rápido —me dijo Alice—. Hay una posibilidad de salvar a algunos de ellos, sacarlos de París antes de que se los lleven, pero será extremadamente arriesgado. Hay que intentarlo desde aquí.
Sabía lo que significaba. Si fallábamos, no solo correrían el peor de los destinos, sino que también se desvanecería cualquier esperanza de continuar nuestra operación.
Pero, si no actuábamos, estaba seguro de que no podría vivir conmigo mismo, sabiendo que no había hecho todo lo posible para corregir el error.
Lo que siguió fueron días de una tensión insoportable, de decisiones apresuradas, de mensajes desesperados enviados a través de canales que sabíamos que podrían estar comprometidos. La operación se transformó en un intento frenético de salvar lo que quedaba.
Londres, durante esos días, parecía desmoronarse a mi alrededor. Cada vez que entraba en la BBC sentía que el edificio me aplastaba, como si las paredes mismas supieran el peso de lo que estaba ocurriendo.
Finalmente, después de lo que parecieron años, pero que solo fueron unos pocos días, recibí la noticia.
Algunos de nuestros contactos habían logrado escapar, pero otros no habían tenido tanta suerte.
Los nazis, al parecer, no habían recibido la información completa sobre nuestros movimientos.
Habían logrado frenar el golpe, pero no evitarlo del todo.
La operación, tal como la habíamos planeado, había fracasado.