La última frontera HUGO Auschwitz, territorio de Polonia invadido por Alemania, enero de 1943 #2
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HUGO Auschwitz, territorio de Polonia invadido por Alemania, enero de 1943 #2

Después fue él el que me preguntó por Pablo, por cómo era y cómo nos habíamos conocido.

Aquella noche traté de esbozar un mapa entre los lunares de su espalda que tan bien había recorrido para presentarlo bien, sin miedos, sinceramente y con la intención de transmitirle a Jean lo que recordaba de él para que se hiciera una idea real, un dibujo preciso y realista de aquel maestro convencido que era Pablo.

De su risa sincera con los dientes alineados y el bigote, que un día se convertía en barba y al otro ya estaba rasurado, moviéndose entre las formas de su cara.

Su sonrisa melancólica por lo que había dejado atrás, sus sueños que se rozaban con los míos, sus miedos sinceros, el apego que sentía por todo…

Esbocé un todo sob re Pablo que me ayudó a verlo, aunque fuese entre la bruma de mi cabeza, con una claridad nublada, casi mágica, casi falsa, casi idealizada.

—Nos tenemos el uno al otro, Hugo. Y, mientras recordemos a quienes amamos, ellos también siguen vivos de alguna manera, incluso aquí.

Aquella noche, mientras el frío y la oscuridad nos envolvían, sentí que, por un breve momento, la humanidad que intentaban quitarnos aún permanecía. Como si todo ese sufrimiento no pudiese hacer que borrara lo que había construido.

El médico del campo tenía un interés perverso en nosotros, los prisioneros que llevábamos el triángulo rosa.

No éramos muchos y, al final, tampoco coincidíamos en los barracones.

Los nazis los tenían muy bien organizados, pero nosotros estábamos revueltos.

Había el barracón de los judíos, que parecía un mar interminable de estrellas amarillas, hacinados, exhaustos, con los ojos hundidos en rostros demacrados.

Eran la mayoría, y su sufrimiento se extendía por todo el campo, como un veneno que contaminaba el aire.

Estaban condenados desde el momento en que cruzaban las puertas de Auschwitz.

Luego estaban los que llevaban el triángulo rojo, los prisioneros políticos.

Eran comunistas, socialistas, sindicalistas, cualquier persona que hubiese desafiado al régimen.

A veces sentía que su odio hacia los nazis los mantenía vivos, pero esa misma resistencia también los convertía en blancos constantes de torturas y castigos.

Eran observados con recelo, tanto por los oficiales como por algunos de los otros prisioneros.

Su lucha seguía, aunque ahora era una lucha por la mera supervivencia.

Los criminales comunes llevaban el triángulo verde.

A menudo, los usaban como kapos , otorgándoles cierto poder sobre los demás prisioneros.

Eran los que distribuían los golpes con la misma facilidad que los guardias, buscando el favor de sus captores.

Su brutalidad no conocía límites y, cada vez que uno de ellos se acercaba, sentía cómo se tensaba el ambiente en el barracón.

Tenían cierto interés en los triángulos rosas también.

Los sometían, los forzaban y obligaban a tener sexo con ellos.

Luego estábamos nosotros, los que llevábamos el triángulo rosa.

Éramos los más despreciados, no solo por los nazis, sino también por los otros prisioneros.

La mayoría nos veía como una vergüenza, una lacra incluso en un lugar tan miserable como Auschwitz.

Nos dejaban al margen, aislados, y el odio hacia nosotros se manifestaba en cada mirada, en cada golpe que recibíamos, no solo de los guardias, sino de aquellos que, en teoría, compartían nuestra condición de víctimas.

Los prisioneros con el triángulo negro, los «asociales», también estaban allí.

Eran una mezcla heterogénea: gitanos, mendigos, cualquier persona que el régimen considerara indeseable.

Como nosotros, también sufrían el desprecio y la violencia, pero no de la misma manera.

La sociedad nos repudiaba a todos, pero a los triángulos rosas, a nosotros, nos trataban con un odio que no lograba comprender.

Era como si en Auschwitz la naturaleza humana se hubiera reducido a su forma más básica y brutal, donde los estigmas sociales se amplificaban.

Todos condenados allí, según el cartel de la entrada que tantas veces leí y me costó entender.

« Arbeit Macht Frei ». «El trabajo os hará libres», pero, por mucho que trabajábamos allí, nuestro destino parecía el mismo: el horno crematorio y que nadie supiese qué había pasado con nosotros.

Y entre todos, nosotros, los rosa, éramos el objetivo más fácil. Los guardias, y a menudo otros prisioneros, descargaban sobre nosotros su frustración y su odio. Nos usaban para divertirse, nos humillaban de formas indescriptibles, y todo bajo la excusa de corregir nuestra existencia.

Nos sometían a todo tipo de experimentos, sin ningún respeto por nuestra dignidad o por la vida misma.

Eran atroces, pero lo más humillante fue cuando nos obligaron a acostarnos con las prostitutas del campo que compartíamos, separados de las mujeres por una valla.

Era una prueba grotesca, diseñada para curarnos de nuestra homosexualidad, como si eso fuera algo que pudiera eliminarse o cambiarse con simples actos de barbarie.

La violencia y el abuso no se limitaban solo a los experimentos.

Los oficiales nazis nos sometían a torturas, dejándonos con heridas que nunca sanaban, físicas y emocionales.

Cada abuso era un recordatorio b rutal de la inferioridad que nos atribuían, y el odio y la depravación en sus actos nunca conocían límites.

El trato que recibíamos era cruelmente sistemático.

La comida era escasa, y la única bebida que obteníamos era a través de unas tazas viejas y sucias que nos habían dado al llegar, las mismas que nunca se limpiaban y se convertían en un caldo de bacterias.

La desnutrición y la enfermedad eran compañeros constantes, y la desesperanza parecía ser el único alimento con el que realmente contábamos.

Aparte de los abusos y la desolación, había una profunda animosidad hacia los homosexuales por parte de otros prisioneros.

El odio y la discriminación no solo venían de los guardias, sino también de los mismos prisioneros que nos veían como una carga o una abominación.

En un lugar donde la supervivencia se había convertido en un juego de división y egoísmo, nosotros éramos los chivos expiatorios fáciles.

Un día en particular, un día que comenzó con la misma rutina desgastante, pero que en un abismo de desesperación, salí al patio, buscando a Jean como de costumbre para compartir un momento de conversación, una pequeña chispa de humanidad en medio del sufrimiento.

Pero esa mañana, él no estaba. Lo busqué entre los barracones, en la fila para la comida, en los lugares donde solíamos encontrarnos, pero no había rastro de él.

Cuando pregunté a otros prisioneros, sus miradas evitaban la mía, llenas de una mezcla de desdén y miedo.

La respuesta que finalmente recibí fue una de las más devastadoras: Jean había desaparecido.

Las versiones variaban, algunos decían que había sido trasladado a un lugar desconocido, otros hablaban de su ejecución.

La verdad, sin embargo, era tan cruelmente incierta que preferí no adentrarme más en detalles.

Uno de los métodos más degradantes que los oficiales nazis empleaban para someternos a la vergüenza pública y a la brutalidad era forzarnos a exhibir nuestra humillación frente a otros prisioneros.

No era suficiente con la tortura física y psicológica que ya sufríamos; los oficiales querían que nuestra degradación fuera una muestra pública de su poder y control.

En el patio central, donde los prisioneros se agrupaban para los conteos y las tareas diarias, los oficiales reunían a un grupo selecto de presos.

Había un espectáculo cruel que se preparaba, y todos sabíamos que los que éramos elegidos para estas exhibiciones nos enfrentaríamos a una forma de humillación que no conocía límites.

Un día particularmente horrible, los oficiales nos arrastraron a un espacio al aire libre, un área cercada por alambradas y bajo la vigilancia constante de los guardias.

Los prisioneros que estaban allí eran convocados para asistir a una demostración pública.

Nos obligaron a desnudarnos a los cuatro triángulos rosas que seguían en el campo frente a ellos, como un acto de humillación adicional que añadía un nivel extra de desdén a nuestro sufrimiento.

En este escenario degradante, los oficiales seleccionaban a varios prisioneros para que participaran en una serie de actos vejatorios, destinados a degradar nuestra dignidad hasta los límites más bajos.

A menudo, nos forzaban a entretener a los oficiales y a sus invitados en un espectáculo grotesco, un espectáculo al que se nos obligaba a asistir para demostrar nuestra supuesta perversión.

Era un acto cruel orientado a satisfacer las depravaciones de los guardias y a humillar a los prisioneros al exponerlos como objetos de desprecio y escarnio.

Lo peor de todo era que, en estos eventos, los oficiales no se limitaban a observar.

En su perversidad, invitaban a los prisioneros que estaban en la misma situación desesperada que nosotros a participar en actos de violación, usando nuestras desgracias como una forma de entretenimiento.

Eran escenas brutales, donde la dignidad y el consentimiento eran completamente inexistentes.

Me hicieron arrodillarme en el suelo, en el centro del patio, mientras los oficiales y otros prisioneros rodeaban el espacio.

No había escape, no había dignidad, solo la dura realidad de estar expuesto a la crueldad y al ultraje ajenos.

El acto que siguió fue una violación brutal de mi cuerpo y mi humanidad, perpetrada no solo por los oficiales, sino también por algunos prisioneros que, presionados por la desesperación y la amenaza de represalias, se vieron obligados a participar en esta tortura.