La última frontera HUGO Auschwitz, territorio de Polonia invadido por Alemania, enero de 1943 #3
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HUGO Auschwitz, territorio de Polonia invadido por Alemania, enero de 1943 #3

La sensación de traición y desesperanza era insoportable.

Cada vez que pasaba por una de estas situaciones, sentía que mi humanidad se desmoronaba un poco más, que la desesperación me arrastraba aún más profundo a un abismo de dolor y humillación.

La vergüenza y la desesperación eran tan intensas que parecían como una segunda piel, una piel que nunca podía desprenderse y que siempre recordaba mi sufrimiento.

Los días se convertían en una serie interminable de humillaciones, y la esperanza se desvanecía cada vez más con cada acto de crueldad que nos infligían.

La existencia en Auschwitz no era solo una lucha por la supervivencia física, sino también una batalla constante para mantener algo de dignidad en un lugar donde la humanidad parecía haber sido erradicada por completo.

Sentado en un rincón oscuro de uno de los barracones de Auschwitz, el frío y la desesperación se entrelazaban en un abrazo constante.

A través del pequeño ventanuco enrejado, la luz del invierno se filtraba creando sombras que parecían danzar al ritmo de mi angustia.

Porque, cuando había un minuto de paz en aquel purgatorio, el Ángel de la Muerte te volvía a reclamar para que fueses protagonista de una de sus macabras ideas.

Un día, vinieron a buscarme dos presos. Me dijeron que me cambiaban de celda, pero realmente me llevaron al hospital.

Me agenciaron una cama y allí, sin saberlo, empezó un dolor interminable que iba más allá de obligaciones y vejaciones, que atentaba contra mí, contra quien era, y que desconocía qué era y entendía a la perfección en otros momentos.

La sala en la que nos imponían los deseos de la Muerte era fría y austera, con el olor a desinfectante mezclado con una sensación de inquietante crueldad.

Las paredes, blancas pero frías, estaban adornadas con equipos médicos anticuados que parecían sacados de una época pasada, pero su brutalidad era completamente moderna.

Nos hicieron entrar en la sala en grupos pequeños y, mientras nos alineábamos, sentía cómo la esperanza se desmoronaba en el aire espeso y estancado.

El doctor se encontraba allí, en una mesa frente a nosotros, su expresión era una máscara de fría profesionalidad que apenas ocultaba su entusiasmo por el sufrimiento que iba a infligir.

A su lado, sus asistentes preparaban el equipo con una precisión inquietante.

El frío del a cero y del metal me hacía estremecer mientras los ayudantes nos ajustaban a las sillas diseñadas para nuestra tortura.

La silla era un artefacto de dolor. Nos ataban con correas en las muñecas y los tobillos, inmovilizándonos de una forma que hacía que la piel se nos estirara y doliera.

Las correas, aunque aparentemente limpias, estaban manchadas y sucias.

La sensación de ser atado, incapaz de moverme, era en sí misma una tortura psicológica.

El proceso comenzaba con la exposición a una serie de imágenes y películas explícitas.

En un intento por convertirnos en heterosexuales, nos obligaban a mirar escenas de relaciones heterosexuales mientras nos sometían a descargas eléctricas cada vez que nuestra respuesta no se ajustaba a la perversión de sus expectativas.

La combinación de imágenes desagradables y el dolor de las descargas era casi demasiado para soportar.

Cada descarga era una punzada de agonía, un castigo por no conformarnos a lo que ellos querían ver.

El metal frío del dispositivo contra mi piel, la sensación de descargas que se extendían desde el centro de mi cuerpo hacia los extremos, la desesperación por escapar de esa tortura…

era un sufrimiento que no podría describir con justicia.

Después, me llevaban a una sala en la que, junto con otros rosas, me dejaban descansar hasta la próxima atrocidad. Un camastro, ni una sábana, el olor a gangrena impregnándolo todo… Y aquello se convirtió en una rutina. Mi rutina.

A medida que las sesiones avanzaban, el dolor y la desesperación se intensificaban.

Los estímulos visuales se mezclaban con las descargas y la tortura parecía interminable.

La silla, diseñada para producir el máximo dolor posible, parecía tener vida propia, ajustándose y apretando con cada movimiento, cada respiración que no podían controlar.

Los asistentes se movían con una precisión clínica, observando y anotando nuestros resultados, completamente ajenos al verdadero costo de su experimento.

Algunos de los prisioneros que pasaban por allí eran simplemente piel y huesos, y la humillación y el dolor que experimentábamos no solo eran físicos.

Nos hacían sentir como si no tuviéramos valor, como si nuestra humanidad hubiera sido reducida a nada más que una serie de respuestas físicas que debían ser manipuladas.

Cada sesión me dejaba más agotado, más vacío.

No era solo el dolor físico de las descargas o la humillación de ser reducido a una criatura que respondía a sus torturas.

Era algo más profundo, una corrosión interna que se extendía con cada experimento, con cada nueva forma de castigo que ideaban para nosotros.

Sabía, en lo más profundo de mí, que no había nada malo en amar a quien amaba.

Pero allí, en esa sala oscura, con el zumbido constante de las máquinas y los ojos fríos de los médicos y asistentes clavados en mí, era difícil mantener esa convicción.

Cada descarga, cada imagen que forzaban ante mis ojos, se sentía como una condena, como si intentaran borrar de mí algo fundamental, algo que definía quién era.

La tortura psicológica era implacable. Me encontraba cuestionando cada pensamiento, cada sentimiento.

¿Y si tenían razón? ¿Y si realmente había algo malo en mí?

Me aferraba a los recuerdos de Pablo, a esos momentos robados que habíamos compartido en París, pero incluso esos recuerdos empezaban a desvanecerse bajo la presión constante.

A veces, me sorprendía deseando poder cambiar, no porque creyera que estaba equivocado, sino porque simplemente ya no podía soportar el dolor.

El agotamiento era tan profundo que ya no se trataba solo de mis músculos o de mi cuerpo herido.

Era un agotamiento del alma, una fatiga que se apoderaba de cada rincón de mi mente.

Me sentía como si estuviera desapareciendo lentamente, como si las sesiones no solo intentaran cambiar mi deseo, sino borrar mi existencia por completo.

Cada vez que me miraba en las pequeñas charcas de agua estancada o en los fragmentos de vidrio que quedaban por el campo, apenas reconocía al hombre que alguna vez fui.

Los pensamientos se volvían sombríos. A veces, entre sesión y sesión, me preguntaba si valía la pena seguir luchando, seguir resistiendo.

La desesperación me susurraba que quizá sería más fácil rendirse, dejar que hicieran lo que quisieran, dejarme ir.

Pero, entonces, pensaba en Pablo, en ese primer beso en la sala de pintura, y un pequeño rayo de fuerza me mantenía en pie, aunque tambaleante.

Sin embargo, el dolor y la humillación no cesaban.

Los otros prisioneros también lo sabían, lo veían en mí, y algunos se deleitaban en recordarme mi lugar, en reforzar la idea de que no era digno ni siquiera de su desprecio.

A pesar de todo, intentaba mantener la compostura, recordándome que no era yo quien estaba equivocado, sino ellos.

Pero esa pequeña voz en mi interior, la que creía en mi dignidad, se hacía más débil con cada día que pasaba.

El verdadero daño no era solo lo que hacían con sus máquinas y descargas, sino lo que lograban hacerme creer sobre mí mismo.

Y esa era la tortura más grande de todas: que empezaba a dudar si alguna vez podría volver a sentirme completo, o si esa parte de mí, la que amaba a Hugo y a Pablo, juntos, había sido destruida para siempre .