HUGO Auschwitz, territorio de Polonia invadido por Alemania, enero de 1943
E l invierno en Auschwitz era una temporada brutal, lo descubrí rápidamente.
Más cruel que cualquier tormenta. La nieve caía incesantemente, acumulándose en montones que solo acentuaban el gris sin esperanza del paisaje.
La vida aquí estaba marcada por la penuria y el sufrimiento constante, y la Navidad no trajo consigo ninguna de las ilusiones que solían acompañar esa época del año.
En su lugar, la festividad se convirtió en otro recordatorio doloroso de lo que habíamos perdido.
Las navidades que había pasado con Pablo en París acudían a mi mente cada noche en el barracón y, por Fin de Año, su recuerdo me parecía tan diluido que temía que no volviese a recordarlo a la mañana siguiente y que, con el Año Nuevo, únicamente llegase el olvido.
Las luces de las calles parisinas, el calor de su cuerpo junto al mío, el sonido de nuestras risas mientras el frío de diciembre quedaba fuera de nuestro pequeño apartamento en Montmartre…
Todo eso se desvanecía como un eco lejano, reemplazado por la cruda y despiadada realidad de Auschwitz.
Aquí no había luces, ni risas, ni el consuelo de un abrazo cálido.
Solo el frío implacable que se colaba por las rendijas del barracón, que mordía mis huesos y me hacía echar de menos hasta el más leve roce de las manos de Pablo.
El frío y el hambre eran los únicos compañeros constantes, tan presentes que se volvían parte de uno mismo, como una segunda piel.
Me parecía gloria lo poco que comía en Barcelona durante la guerra y el único calor que sentía era el de mis compañeros de litera, que, obligados a dormir conmigo, se meaban encima antes de caer rendidos.
Siempre era igual. Antes de escuchar un ronquido, sentía el calor húmedo tocar mi pijama de rayas.
El olor a orina se mezclaba con el de la sangre y, en ese ambiente, los recuerdos se transformaban en fantasmas, sombras de lo que alguna vez fue pero que ahora apenas se mantenían en mi mente, tambaleándose entre la permanencia y el olvido.
Sin mantas, sin nada que nos protegiera de la helada nocturna, cerraba los ojos e intentaba aferrarme a su imagen.
Trataba de recordar su voz, su risa, la forma en que pronunciaba mi nombre.
Pero incluso esos detalles, que alguna vez había considerado inquebrantables, empezaban a desvanecerse, como si el horror de este lugar estuviera decidido a arrancarme cada fragmento de humanidad que me quedaba.
El fin de año trajo consigo una sensación de pérdida aún más aguda.
Mientras los otros prisioneros se sumían en un silencio resignado, o en un murmullo de recuerdos y oraciones, yo sentía como si me estuviera deslizando más y más en un abismo de desesperanza.
Pablo era mi ancla, el lazo que me unía a una vida antes de este infierno, pero, cada día que pasaba, ese lazo se debilitaba, como un hilo desgastado que estaba a punto de romperse.
Las noches eran gélidas y largas, y el frío calaba hasta los huesos.
La comida era escasa, una ración mínima de un mejunje asqueroso que no podía calmar el hambre constante que me atormentaba, sin apenas agua para resistir a los trabajos del día.
Cada día era una lucha por encontrar algo de calor en una celda que no ofrecía más que una mísera manta y el cuerpo de los compañeros, apretujados para intentar conservar el poco calor que podíamos generar.
Jean, el único amigo que había hecho en el campo. Resultó que vivíamos en el barracón y, cuando todos dormían, hablábamos en susurros durante las noches heladas, compartiendo nuestras historias, nuestras esperanzas, y la desesperanza que nos envolvía.
—¿Has estado alguna vez en Berlín? —me preguntó por lo bajo.
Aquella noche de enero hacía tanto viento que un soplido resonaba en medio de la oscuridad.
Negué con la cabeza y él siguió, esbozando una sonrisa entre sus dientes oscurecidos.
—Antes de que estos monstruos tomaran el poder, Berlín era un lugar increíble para gente como nosotros.
—¿Cómo era? —le pregunté, tratando de que sintiera un poco de humanidad por su repentina confesión.
En ese infierno, cualquier recuerdo de algo bonito, esperanzador o confuso entre las curvas de la memoria me parecía un milagro.
Jean sonrió levemente, pero era una sonrisa cargada de tristeza. Le quedaban cuatro dientes y dos se le movían. Siempre le sangraban las encías y llevaba el pijama lleno de manchas. Yo lo limpiaba cuando veía que le sangraban mucho, pero era un flujo constante.
—Había un lugar… un club llamado Eldorado. Era un refugio para todos los que nos sentíamos diferentes. Hombres que amaban a otros hombres, mujeres que amaban a mujeres… y también aquellos que no se sentían cómodos con el cuerpo en el que habían nacido.
No entendía del todo lo que decía. Debió de vérmelo en la cara, porque sin dejarme intervenir siguió hablando.
—Es complicado, lo sé. En Berlín, antes de que todo se desmoronara, había médicos que ayudaban a las personas a cambiar su cuerpo para que coincidiera con lo que sentían en su interior. Era algo… revolucionario, diría que bello.
Me quedé en silencio, intentando asimilar lo que Jean me contaba. La idea de que alguien pudiera cambiar su cuerpo para alinearlo con su identidad me resultaba difícil de comprender y, sin embargo, me llenaba de una extraña mezcla de admiración y tristeza.
—Y… ¿eso era posible? ¿Realmente podían… cambiar?
—Sí —respondió Jean, con los ojos cerrados, como si al recordar aquellos tiempos pudiera transportarse fuera del infierno—.
Había esperanza para quienes la necesitaban.
Pero todo eso se perdió cuando los nazis tomaron el control.
Destruyeron los institutos, quemaron los libros…
y comenzaron a darnos caza. No solo a nosotros, sino también a aquellos que simplemente querían ser ellos mismos.
Sentí un nudo en la garganta. Era imposible imaginar un mundo así.
—Es extraño pensar en eso ahora —murmuré, sintiendo el peso de l as palabras en la lengua—. Aquí, donde intentan destruirnos justamente por eso: por lo que somos.
Jean suspiró, y pude ver cómo movía ligeramente la cabeza.
—Eso es lo que más les asusta, Hugo. Nuestra verdad, nuestra existencia. Quieren borrarnos, pero no pueden cambiar lo que somos por dentro.
—¿Y si no sobrevivimos a esto? —susurré, temiendo la respuesta, pero con la necesidad de oírla.
Jean me miró, sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y determinación que me conmovió profundamente.
—Entonces, habremos vivido y amado a nuestra manera.
Nadie puede quitarnos eso, ni siquiera ellos.
Hubo alguien, alguien especial en mi vida.
Se llamaba Max. Era un anarquista alemán, un hombre increíblemente valiente, con un espíritu indomable.
Nos conocimos en Eldorado… Allí se podía.
Y él podía con todo. Trabajaba en el instituto. Era enfermero.
—¿Max? —repetí con una sonrisa fingida, deseando saber más, aunque me dolía imaginar el sufrimiento que Jean debía haber pasado.
Jean asintió mientras tosía con un ruido que me hizo temer lo peor, y pude sentir el peso de su dolor en cada palabra mientras miraba al techo del barracón, como tratando de perderse entre las grietas de las maderas como si fueran su noche estrellada.
—Era diferente a todos los demás. Tenía un corazón lleno de fuego, y, aunque el universo nos rechazaba, él no se dejaba vencer. Siempre hablaba de libertad, de luchar por un mundo donde pudiéramos ser quienes realmente somos, sin miedo, sin esconderse.
Hubo una pausa, y luego Jean continuó, su voz ahora un susurro casi imperceptible.
—Nos enamoramos casi de inmediato. Max me hizo sentir algo que nunca había sentido antes… seguridad, esperanza. Con él, el mundo parecía menos aterrador, incluso en aquellos tiempos oscuros.
—¿Qué le pasó? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta, ya podía adivinar la tragedia que se avecinaba en su historia.
—Los nazis lo encontraron —dijo Jean con un hilo de voz que se iba quebrando—. Era demasiado valiente para quedarse callado, demasiado orgulloso para esconderse. Participaba en reuniones clandestinas, organizaba protestas, seguía trabajando por los demás… y lo pagó con su vida.
Sentí un nudo en la garganta mientras Jean hablaba, su dolor tan palpable que casi podía tocarlo.
—Lo arrestaron una tarde, justo después de salir de trabajar. Me dijo que nos veríamos más tarde, que tenía algo importante que contarme. Nunca volvió.
Jean hizo una pausa, su respiración entrecortada por la pena que causaba la conmoción.
—Nunca pude despedirme de él, nunca supe qué fue lo que quería decirme aquella noche.
—Jean… —susurré, sin saber qué decir para consolarlo—. No sabes si está muerto entonces.
Jean me miró y, aunque su rostro estaba marcado por la tristeza, había una fuerza en sus ojos que me sorprendió.
—Hugo, lo prefiero muerto que en un infierno como este. Lo que Max y yo tuvimos… fue real. Y, aunque lo perdí, nunca podrán arrebatarme eso. Él me enseñó a no tener miedo de ser quien soy, incluso aquí, incluso ahora.
Tenía toda la razón en sus palabras. Yo también lo sentía así. Prefería pensar que Pablo estaba muerto antes que en otro campo.
Nos quedamos en silencio, compartiendo un momento de intimidad en medio de aquel infierno. Mientras pensaba en lo que Jean había perdido, no pude evitar sentir una profunda admiración por él y por Max, por su amor que había sobrevivido a la crueldad del mundo como el mío con Pablo.