La última frontera PABLO París, noviembre de 1942 #4
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PABLO París, noviembre de 1942 #4

El viento frío me golpeó cuando salí a la calle y la niebla envolvió la escena, sumergiéndome en el Londres de la guerra.

Este era un lugar de resistencia, de lucha constante, y sabía que no había vuelta atrás.

La g ente iba y venía, miles de militares esperaban que su transporte los llevara a su destino y se cruzaban con otros que volvían exhaustos.

Había llegado a un nuevo frente, y la guerra, ahora más que nunca, se sentía increíblemente real.

Una vez fuera del aeropuerto, un hombre me esperaba, sosteniendo un cartel en el que se leía: Albert Meier .

Su nombre era Frederick, un contacto de Loreine en la BBC.

Me estrechó la mano con firmeza y me condujo a un coche estacionado cerca.

Mientras avanzábamos por las calles de Londres, me explicó en pocas palabras cómo funcionaba todo en la BBC y cuáles serían mis primeras tareas.

No había tiempo que perder, y cuanto antes comenzara, mejor.

Las calles, aunque oscuras y golpeadas por la guerra, se sentían vivas, llenas de gente que, a pesar de todo, seguía luchando, resistiendo.

Frederick me habló de los bombardeos recientes, de cómo la ciudad resistía a pesar de los ataques y de cómo la BBC jugaba un papel crucial en mantener la moral alta y en transmitir la verdad a quienes aún estaban atrapados bajo la ocupación nazi.

Llegamos a la sede de la BBC, un edificio robusto que se alzaba como un baluarte en medio de la ciudad.

Él me presentó al equipo, un grupo diverso de periodistas, locutores y técnicos, todos trabajando incansablemente para mantener la resistencia viva a través de las ondas de radio.

En poco menos de media hora, ya tenía un pequeño despacho, una máquina de escribir, y una lista de temas urgentes que necesitaban cobertura.

Mientras me sentaba en mi nueva oficina, escuchando el murmullo constante de las noticias y los informes que provenían de toda Europa, supe que había llegado al lugar correcto.

Londres no era París y, aunque el peligro persistía, aquí tenía la oportunidad de luchar, de resistir, y quizás, algún día, de volver a encontrar a Hugo. Pero aquello quedó en un segundo plano.

Había que parar la guerra. Como fuese. Había que detener el horror. Indirectamente, así recuperaría a Hugo. O eso creía.

Nunca dejé de escribirle a Hugo. Aun cuando sabía que cada carta que enviaba desde Londres probablemente no llegaría a sus manos, me aferré a esa rutina como a un salvavidas.

Escribirle se convirtió en mi manera de mantenerlo vivo, de recordarme a mí mismo que nuestro amor había existido, que no era solo un sueño desvaneciéndose en la niebla de la guerra.

Cada tarde, después de las horas en la BBC, me sentaba junto a la ventana de mi pequeña habitación en la pensión que Frederick me había conseguido en Londres, con la vista perdida en el cielo gris que se vislumbraba desde allí, y comenzaba a escribir.

Empezaba con los recuerdos, esos que siempre parecían tan nítidos cuando cerraba los ojos: nuestros paseos por Montmartre, las charlas interminables en nuestro pequeño salón, las risas compartidas en las noches tranquilas.

Esas eran las cosas que quería que él recordara si es que algún día volvía a leer mis palabras.

Escribía como si Hugo fuese a volver a París, como si, en algún momento, pudiera abrir la puerta de nuestro apartamento en Montmartre y encontrar una pila de cartas esperándolo, llenas de la vida que habíamos dejado atrás.

Cada frase que escribía era una pequeña resistencia contra la desesperación, una manera de recordarle —y recordarme— que nuestra historia no había terminado.

Al principio, le hablaba sobre mi vida en Londres, sobre el trabajo en la BBC, las reuniones clandestinas, las noticias que llegaban desde el frente.

Quería que supiera que seguía luchando, que no había olvidado nuestra promesa de resistir.

Pero, con el tiempo, las cartas cambiaron.

Dejé de escribir sobre la guerra, dejé de intentar darle noticias.

En lugar de eso, le hablaba de mi soledad, de cuánto lo extrañaba, de cómo cada día sin él era una batalla más difícil de librar.

Siempre recalcaba mi dirección, mi trabajo, dónde podría encontrarme…

A veces me preguntaba si él también pensaría en mí, si en algún rincón de su memoria aún guardaría mi risa, mis caricias, nuestras conversaciones.

Pero otras veces, dudaba. La duda era como un veneno lento que se filtraba en mis pensamientos y hacía que me preguntara si seguiría siendo la misma persona en caso de volver a encontrarlo, si él seguiría siendo el mismo después de todo lo que habíamos pasado.

Aun así, seguí escribiendo. Porque en esas cartas, en esas palabras, hallaba algo de consuelo, una forma de mantener viva la esperanza, aunque fuera una esperanza frágil.

Cada vez que terminaba una carta, la metía en un sobre y la dirigía a nuestro apartamento en Montmartre, con la absurda esperanza de que algún día él pudiera volver allí, abrir la puerta y encontrarme de nuevo en esas palabras.

Esa era mi manera de decirle que, a pesar de todo, seguía esperando .