La última frontera HUGO A ochenta kilómetros de Berlín, agosto de 1942 #4
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HUGO A ochenta kilómetros de Berlín, agosto de 1942 #4

—Estamos en Auschwitz. Es un campo de concentración, aunque en realidad es más que eso. Es un lugar de exterminio.

Sentí que su estómago se revolvía. Había oído rumores sobre lugares como este, pero nunca había imaginado que serían reales. ¿Hasta dónde podría llegar aquella crueldad?

—¿Exterminio? —repetí en un susurro.

—Sí. Aquí no se trata solo de encarcelarnos. Nos traen para matarnos. Los que no son aptos para trabajar son enviados directamente a las cámaras de gas. Los que sobrevivimos, trabajamos hasta que ya no servimos para nada, y entonces también somos eliminados.

—¿Pero el mundo no sabe nada? —pregunté, con un hilo de voz, sintiendo cómo la desesperación se aferraba a mi pecho.

El hombre frente a mí me miró con amargura.

—No quieren saberlo. O no les importa. O quizá prefieren creer que son solo rumores, exageraciones. Algunos prisioneros han escapado y han contado lo que sucede aquí, pero allá afuera nadie parece escucharlos.

Mi mente se negó a aceptar sus palabras. ¿Cómo podía ser posible? Europa ardía en guerra y, aun así, ¿nadie había visto el humo que se alzaba de los hornos? ¿Nadie había oído los gritos sofocados dentro de estos muros?

Sentí un nudo en la garganta, incapaz de procesar lo que estaba oyendo. Todo lo que había pasado hasta ahora, la tortura, la humillación, el miedo, era solo el comienzo de un horror mucho mayor.

—Me llamo Jean —dijo el francés, intentando ofrecer una pequeña chispa de humanidad en medio de la oscuridad—. Jean Moreau. Soy de París.

Dudé un momento antes de estrechar la mano de Jean. Allí todo parecía sospechoso. No sabía de quién fiarme.

—Hugo —respondí con voz apenas audible—. También vengo de París. Aunque no nací allí. Soy… era… artista.

Jean asintió, reconociendo esa última confesión como algo que ya no importaba en un lugar como Auschwitz.

—Escucha, Hugo. Aquí lo único que importa es sobrevivir un día más.

Sé que es difícil de aceptar, pero debes ser fuerte.

No te dejes aplastar por lo que ves o por lo que te harán.

Mantén tu mente ocupada, busca cualquier cosa que te recuerde quién eras antes de llegar aquí, aunque sea solo un recuerdo.

Eso puede ser lo único que te mantenga vivo.

Debía resistir, aunque fuera solo por la memoria de lo que alguna vez fue.

Un guardia empezó a gritar de nuevo algo que no entendí y, junto con el resto de los recién llegados, salí de allí. Jean se despidió de mí con la mano, con una mueca triste.

Con el triángulo rosa en el pecho, me empujaron hacia una fila separada de los demás.

Al mirar alrededor, vi a otros con el mismo triángulo, todos con la misma expresión de resignación y terror en sus rostros.

Ya no éramos individuos, ya no teníamos nombres.

Éramos meros símbolos, clasificados, etiquetados y, ahora, condenados a lo que fuera que nos esperara en este lugar.

Nos hicieron caminar por una pasarela flanqueada por alambradas de púas y torres de vigilancia.

El humo que se elevaba en el horizonte me golpeó como una verdad innegable.

Era el humo de los hornos crematorios, lo supe sin que nadie me lo dijera.

Era el destino final para muchos de nosotros.

Los prisioneros de Auschwitz, aquellos que todavía conservaban algo de fuerza, pasaban a nuestro lado con la mirada baja, sin atreverse a establecer contacto visual, como si vernos les recordara su propio destino inminente.

Finalmente, nos llevaron a un barracón. Esa primera noche, tumbado en una litera de madera dura, rodeado de desconocidos, no pude evitar pensar en Pablo.

En lo que había perdido, a lo que me había aferrado para sobrevivir hasta ahora.

Pero ya no sabía cuánto tiempo más podría resistir.

Con el triángulo rosa cosido a mi pecho, sabía que mi esperanza era tan frágil como el hilo que mantenía ese trozo de tela en su lugar.

El ruido de las ratas corriendo entre las literas, el llanto ahogado de algún hombre derrotado por el horror y el olor penetrante a muerte y descomposición, se convirtieron en mi nueva realidad.

Auschwitz no era solo un campo de concentración.

Era un lugar donde la esperanza venía a morir lentamente, una chispa que se extinguía en medio del sufrimiento más profundo.

Y yo, con el triángulo rosa sobre mi pecho, solo era una sombra de lo que alguna vez había sido, esperando el día en que también me consumiría en ese humo que ahora dominaba el cielo de Auschwitz.

Aquella noche, tirado en aquella cama de madera y con tres compañeros más de litera, fue una noche más en la que olvidé la voz de Pablo.

Pablo Barak, su nombre y apellido se repetían en mi mente, pero no recordaba su sonrisa, ni su voz, ni su risa, ni su forma de darme los buenos días.

Lo podía confirmar: ya no recordaba nada.

Mi casa estaba donde estuviese él, pero en aquella cama solo quería que no cayera sobre los mismos clavos que me atravesaban. Ni sobre aquellos clavos que se me hundían en la columna ni sobre aquella cruz que me habían obligado a arrastrar.