La última frontera HUGO A ochenta kilómetros de Berlín, agosto de 1942 #2
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HUGO A ochenta kilómetros de Berlín, agosto de 1942 #2

El amor que sentía por Pablo había sido mi ancla, lo único que me mantenía conectado a la vida mientras me desmoronaba bajo las torturas de la Gestapo.

Y ahora, en este vagón, con la muerte acechando en cada kilómetro que avanzábamos, sentía que estaba perdiendo lo último que me quedaba.

Me invadió una tristeza profunda, una desesperación que nunca había experimentado.

No por mi destino, sino por la pérdida de él, de nosotros.

Cerré los ojos, permitiéndome un momento para lamentar, para llorar en silencio por lo que estaba perdiendo.

No sabía dónde nos llevaban, pero sabía que el final se acercaba.

Y, mientras el tren continuaba su marcha, me forcé a aferrarme a la esperanza, a la posibilidad de que, de alguna manera, podría volver a ver a Pablo.

Quizás en la próxima vida, o en algún rincón perdido de esta.

Me aferré a lo que me quedaba de él, a esos fragmentos rotos de memoria, a la idea de que, aunque su voz se desvaneciera, el amor que sentía por él no lo haría.

Eso era lo único que aún me mantenía en pie, lo único que me recordaba que, a pesar de todo, seguía siendo humano.

Aunque me meara encima porque los cubos que nos habían dejado estaban llenos y la sed me estuviera matando. Seguía siendo yo.

Traté de distinguir las sombras entre la penumbra del vagón cada día que estuve allí.

Algunos intentaban mantenerse en pie, otros se habían rendido, dejándose caer en el suelo cubierto de suciedad.

La mayoría no hablaba, atrapados en sus propios pensamientos, en su propio dolor.

Pero, a veces, alguien rompía el silencio, murmurando palabras de consuelo o de desesperación.

—Nos llevan como animales —dijo una voz a mi lado, un hombre joven, mucho más que yo, con la mirada perdida, el rostro demacrado por la falta de comida y el exceso de miedo.

Llevaba la estrella de David cosida en su chaqueta.

Era judío, como tantos otros allí—. Ni siquiera nos ven como personas.

Para ellos, no somos más que cosas, cosas que pueden desechar cuando ya no les servimos.

Asentí en silencio. Había visto cómo los oficiales nos habían obligado a subir a los vagones.

A cualquiera que se resistiera, que se negara a seguir sus órdenes, lo fusilaban allí mismo, sin dudarlo.

Un tiro en la cabeza y el cuerpo caía al suelo.

No había advertencias, no había misericordia.

Solo el estruendo de los disparos y el cuerpo desplomándose en el suelo.

Y entonces los demás se apresuraban a subir, movidos por el instinto de supervivencia, por el terror absoluto que les hacía temer por sus vidas.

—Vi a una mujer —continuó el joven en francés—, no quería subir. Gritaba que prefería morir ahí mismo antes que entrar en este vagón. Un soldado le disparó en la cabeza y ni siquiera se detuvo para mirar. Solo siguió adelante, como si no hubiera acabado de matar a alguien.

Cerré los ojos, tratando de bloquear la imagen que sus palabras evocaban, pero era inútil. Había visto demasiado. Sabía de lo que eran capaces. Pero no podía permitirme ceder al terror. Aún no.

—¿Hacia dónde nos llevan? —preguntó una mujer desde el fondo del vagón, su voz era apenas un susurro que le quedaba para resistir.

Nadie dijo nada. ¿Qué le íbamos a contestar?

La oscuridad y la incertidumbre eran nuestras únicas compañeras en ese viaje interminable.

Sabía que muchos de nosotros no sobreviviríamos.

Pero, mientras quedara un resquicio de esperanza, mientras el tren avanzara hacia su destino desconocido, me aferraría a la vida, a la idea de que, de alguna manera, algún día, esta pesadilla terminaría.

Pero sabía que la esperanza era un lujo que apenas podíamos permitirnos en ese momento.

El vagón siguió su curso, con su carga humana apiñada como ganado, hacia un destino que ninguno de nosotros quería imaginar. Y mientras el tren avanzaba, cada kilómetro nos acercaba más al abismo desconocido porque no hay nada más temido que lo que no sabes que va a pasar.

Fue un día, sin precedentes, cuando el tren frenó bruscamente después de su interminable viaje.

El vagón de ganado, que había sido nuestra prisión en movimiento, se sacudió violentamente, sacándonos de un sueño febril, de una vigilia eterna, donde el hambre, el miedo y la desesperación se mezclaban en una única y abrumadora sensación de vacío.

Nadie habló mientras el tren se detenía.

Todos sabíamos, instintivamente, que habíamos llegado a nuestro destino final.

Aunque ninguno de nosotros sabía exactamente dónde estábamos, la atmósfera era suficiente para hacernos entender que estábamos a punto de entrar en una pesadilla aún más profunda.

La puerta del vagón se abrió de golpe, dejando que la luz exterior, pálida y fría, inundara el interior, cegándonos momentáneamente.

Los gritos de los guardias se mezclaban con el ladrido de perros y órdenes en alemán que no entendíamos, pero que no necesitaban traducción.

Sabíamos lo que querían: que saliéramos, que nos moviéramos, rápido. Todo sucedía muy rápido.

Me puse de pie, o intenté hacerlo, pero las piernas no me respondían del todo.

Después de tantos días acurrucado en el suelo, apretado entre cuerpos que apenas respiraban, mi cuerpo se había entumecido.

Llevaba demasiado tiempo sin comer y un poco menos sin beber, pero mucho como para no sentir una sed infinita que pensaba que no se pasaría jamás, por mucho que bebiese.

Tropecé con los pies de alguien, quizá con un cadáver que nadie había notado, y me arrastré hacia la apertura, donde la luz se colaba como un corte en la oscuridad.

Al salir, el aire fresco de las primeras horas de la mañana me golpeó con fuerza, pero la bocanada de libertad fue inmediatamente sustituida por el hedor indescriptible que impregnaba el lugar.

Olía a muerte, a carne quemada, a desesperación.

Levanté la vista, y lo vi. Acababa de llegar al infierno.

El ambiente estaba cargado de una mezcla nauseabunda de humo, cenizas y descomposición.

A lo lejos, se erguían los edificios de madera y los barracones, uniformemente alineados y rodeados de alambradas de púas que creaban una sensación de confinamiento implacable.

Las torres de vigilancia, con sus francotiradores armados, dominaban el paisaje, como centinelas insensibles que vigilaban cada movimiento, cada intento de resistencia.

El suelo, cubierto de barro y grava, estaba salpicado de huellas de unos prisioneros ya exhaustos.

Los caminos entre los edificios estaban plagados de barro y escombros, y el aire se llenaba del sonido constante del viento que arrastraba desechos y papeles.

No había vegetación que ofreciera un respiro verde, solo un paisaje árido y monótono que parecía absorber toda esperanza.

El humo negro y denso que salía de unas chimeneas enormes, tan largas que parecían querer tocar el cielo, se mezclaba con las nubes, y el cielo adoptaba un aspecto sombrío, como si estuviera permanentemente en duelo.

Era una visión desgarradora que recordaba a todos los presentes que estar allí no solo era llegar a un lugar de sufrimiento, sino de exterminio sistemático.

Los gritos de los guardias en alemán resonaban en mis oídos y cada palabra era un latigazo que me empujaba a moverme más rápido, a mantenerme en pie.

« Schnell! Schnell! », gritaban, y el frío acero de las culatas de sus rifles se hundía en las costillas de los prisioneros que no se movían con la suficiente rapidez.

El caos se apoderó de todos. Los guardias daban órdenes en alemán con sus voces cortantes y llenas de odio que gritaban sin parar.

« Los! Los! Schnell! ». Y cada grito hacía que nos moviéramos más rápido y de forma casi sistemática.

No entendíamos nada, solo el sonido suspendido en el aire de los golpes de las culatas contra nuestros cuerpos mientras nos empujaban fuera de los vagones, haciéndonos tropezar en el barro mezclado con cenizas.

Si caía uno, lo pisábamos. Si lo pisábamos, nadie lo ayudaba a levantarse.

Y los de detrás lo seguían pisando hasta que, si tenía suerte, lograba ponerse de pie.

Lo que fuera para salvarse a uno mismo en aquel páramo desconocido. Las filas se formaron rápidamente, separando a hombres, mujeres y niños, como si estuviéramos siendo catalogados para una subasta, inspeccionados como ganado antes de ser llevado al matadero.

No había tiempo para procesar lo que estaba ocurriendo.

Nos quitaron lo poco que nos quedaba: una chaqueta raída, una foto arrugada escondida en un bolsillo, un trozo de pan duro…

Todo era arrojado, sin miramientos, a un montón creciente de pertenencias desechadas.

Luego, uno a uno, éramos llevados a una gran sala donde la deshumanización continuaba sin tregua.

Nos hicieron desnudarnos por completo y nuestra ropa fue arrojada a un rincón, y después nos empujaron hacia la siguiente estación, donde los barberos del campo —prisioneros igual que nosotros, pero obligados a cumplir las órdenes— comenzaron a raparnos la cabeza.

Montones de pelo caían al suelo, acumulándose junto a los pies descalzos, mezclados con la suciedad y el polvo.

Los barberos trabajaban rápido, sin cuidado, con las tijeras y navajas que nos arrancaban la piel junto con el pelo, dejando cortes y heridas que escocían con el sudor y la suciedad.