PABLO París, julio de 1942 #3
—Londres —reafirmó ella, colocando una mano firme sobre mi hombro—.
Terminar con la guerra es la única oportunidad que tienes de ayudar a Hugo, a todos los que están siendo arrastrados por no encajar en sus ideas.
No será fácil, pero, si te quedas aquí, solo serás otra víctima más de esta máquina de muerte.
La propuesta de Loreine era peligrosa, pero era la única que ofrecía una chispa de esperanza. Londres. BBC. Una oportunidad de luchar desde otro frente, de mantener viva la voz de la verdad y, tal vez, solo tal vez, de salvar a Hugo y a tantos otros.
Me quedé en silencio, con la decisión pendiendo de un hilo. El peso de las palabras de Loreine era innegable, pero algo en mi interior se resistía a aceptar lo inevitable.
—No puedo irme —dije al fin con mi voz quebrada pero firme—. Dejar París, dejarlo todo. No puedo simplemente… huir.
Loreine me miró con una mezcla de comprensión y firmeza, pero su expresión se endureció.
Era una mujer imponente, incluso en medio del caos.
Alta y esbelta. Su piel, ligeramente pálida, contrastaba con sus ojos intensamente azules, que parecían perforar el alma de cualquiera que la mirara directamente.
—Escúchame bien, Pablo —dijo, acercándose un poco más con la voz baja pero cargada de intensidad y lanzando por toda la estancia el humo del cigarrillo que se acababa de encender—.
Lo que dices es noble, pero no es realista.
La Resistencia aquí está colapsando. Nos están cazando como a ratas.
Y hay algo que debes entender: todo París sabe de lo tuyo con Hugo.
No solo somos nosotros los que lo sabemos, sino también aquellos que preferiríamos que no lo supieran.
No es que hayáis sido extremadamente cuidadosos. Y no te culpo, de verdad.
Mi corazón se detuvo un segundo, y sentí un escalofrío terrible.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que, si capturan a más gente de la Resistencia, lo contarán todo —empezó a decir mientras se sentaba en la silla que tenía más cerca y cruzaba las piernas—.
Bajo tortura, todos hablan. Tarde o temprano.
Todos prefieren terminar con eso, aunque les vayan a pegar un tiro en la frente cuando digan la verdad porque ya no les son útiles.
Y, cuando los alemanes descubran quién eres, en qué estás metido, quién era Hugo para ti…
sabes lo que harán. Presumen de haber matado a no sé cuántos homosexuales, sin contar a los que envían como peones al frente o a la cárcel para que se maten ellos mismos.
Son crueles. Para ellos, eres una presa fácil, una forma de mostrar su poder y su odio.
No puedes seguir aquí, Pablo. No sin ponerte en peligro a ti mismo y a todos los que aún tratan de sobrevivir.
Sabía que tenía razón. París ya no era un lugar seguro para mí, ni para nadie que estuviera en mi situación.
El Tercer Reich no conocía la misericordia.
Su odio hacia los homosexuales era tan visceral como hacia los judíos o los miembros de la Resistencia.
Les dábamos asco. Nos veían como una mancha, una aberración que no encajaba en su visión de pureza, y esa repulsión era más que evidente.
Todos los que nos salíamos de su modelo de sociedad les provocábamos una repulsión enfermiza.
—Loreine, yo… —intenté hablar, pero las palabras se me atoraron en la garganta. La realidad era tan abrumadora que apenas podía respirar.
Me tomó por los hombros, sus ojos azules fijos en los míos, transmitiéndome una urgencia que no podía ignorar.
—Sé que es difícil, sé que parece que estás traicionando todo lo que amas al irte.
Pero no lo estás haciendo. Si te quedas aquí, solo serás otra víctima, otro nombre en una lista.
En Londres, puedes hacer algo. Puedes luchar desde un lugar donde tu voz tenga peso, donde puedas ayudar a detener esta locura.
Y es la única oportunidad que tienes de hacer que todo esto signifique algo. De salvar a Hugo, si es que aún puedes.
Sentí que la resistencia dentro de mí comenzaba a desmoronarse, cada palabra de Loreine golpeaba directamente en el corazón de mis miedos más profundos. La verdad era innegable y, aunque me doliera, no podía ignorarla más.
—Lo haré —murmuré finalmente, con la voz rota—. Iré a Londres.
Loreine asintió y su expresión se suavizó un poco.
—Es la decisión correcta, Pablo. Es la única forma de seguir luchando. No podemos cambiar el pasado, pero podemos intentar salvar el futuro.
Nos quedamos en silencio un momento, las palabras ya no eran necesarias. Sabíamos que la decisión estaba tomada, y que no habría vuelta atrás. Ahora, solo quedaba prepararse para lo que vendría, para dejar París y, con ella, la última chispa de la vida que una vez conocí.
Debía irme, debía luchar desde Londres y debía hacerlo pronto, antes de que el 84 de la avenida Foch reclamara otra víctima más.
Loreine esbozó una sonrisa triste de resignación.
—No tenemos mucho tiempo. Te pondré en contacto con las personas adecuadas .