PABLO París, julio de 1942 #2
—Las cosas están peor de lo que imaginamos —continuó, señalando el mapa—.
La redada en el Velódromo de Invierno la llaman…
Han atrapado a miles. Judíos, niños, ancianos, homosexuales, gitanos, nadie está a salvo.
Esos desgraciados los amontonan como ganado y los transportarán a los campos.
No se trata solo de sobrevivir el día a día, sino de entender que, si no hacemos algo, no quedará nadie para rescatar.
Loreine alternaba entre el español y su francés inmaculado, lo cual, de alguna manera, hacía que entenderla fuera más sencillo para mí que seguir las conversaciones de otros compañeros.
Había aprendido a adaptarme a ese juego de palabras y acentos, y, aunque ella lograba que me sintiera cómodo, aún había momentos en que descifrar todo lo que decía me costaba un poco.
Su mención de la redada me hizo sentir como si me hubieran dado un golpe en el estómago.
Sabía de lo que hablaba, había sentido a aquellas bestias pasar por delante de mi casa, hubiese podido ser una de sus presas, pero escucharla decirlo de manera tan directa, tan cruda, hizo que la realidad se estrellara contra mí con una fuerza demoledora.
—¿Los campos?
—Sí, Pablo… —Loreine sostuvo mi mirada, como si esperara que entendiera sin necesidad de más explicaciones—. Lugares de los que nadie regresa. Se ha empezado a hablar de ellos. Los suben a trenes de ganado y nunca vuelven. Nunca se sabe dónde van.
—Hugo… —murmuré mientras se me quebraba la voz—. ¿Qué le ha pasado? ¿Sabes algo? Desapareció hace semanas. Y Sira y Marta también. Tenéis que saber algo.
Loreine me sostuvo la mirada por un segundo demasiado largo, y su silencio fue la respuesta que más temía.
—Se lo habrán llevado —dijo al fin, con una dureza que intentaba ocultar su propia tristeza—. Si lo atraparon, estará camino de un campo de concentración si es que no lo han matado a palos en la avenida Foch.
Lo dijo con un tono tan duro que sentí que las piernas me fallaban, como si fuese a desmayarme en cualquier momento, pero me mantuve en pie por pura fuerza de voluntad.
Mientras las palabras de Loreine se asentaban en mi mente, un nudo de miedo y desesperación se enroscaba en mi estómago.
No podía dejar de pensar en el 84 de la avenida Foch, el número que se había convertido en sinónimo de horror en las calles de París.
Aquella mansión de lujo, con su fachada señorial y sus altos ventanales, se había transformado en el epicentro del terror nazi en la ciudad.
Todos en la Resistencia conocían la dirección.
Era la calle por la que evitábamos pasar.
Desde las chicas que iban con la bicicleta tratando de llevar información en el interior de sus faldas de lado a lado de la ciudad, hasta todos los demás que, aunque no lleváramos nada que nos pudiera identificar, teníamos motivos de sobra para dar la vuelta a la manzana.
Aquella casa se había convertido en el cuartel general de la Gestapo en París, y más que eso, era un lugar donde la humanidad parecía haberse desvanecido por completo.
Los rumores, alimentados por los pocos que habían sobrevivido y conseguido escapar, se extendían como un veneno, contaminando cada rincón de la ciudad con el conocimiento de lo que realmente ocurría allí.
Todos los que escapaban tenían un buen contacto, uno de esos que no se consiguen fácilmente.
Vendían su alma a cambio de sobrevivir. Sobrevivir a la avenida Foch era como haber muerto y resucitado, una segunda oportunidad mucho más valiosa que la primera.
Había oído historias, relatos escalofriantes contados en susurros por aquellos que habían tenido la mala fortuna de caer en manos de la Gestapo y milagrosamente sobrevivir para contarlo.
Uno de esos supervivientes era Jean-Luc, un periodista que había trabajado en el mismo periódico que yo.
Recordaba su mirada vacía cuando nos relató lo que había visto, lo que había soportado, para que pudiera contarlo justo antes de que la organización pudiera enviarlo lejos de Francia.
—Te quiebran de formas que no puedes imaginar —me había dicho con la voz temblorosa, como si revivir esos momentos fuera suficiente para desatar el infierno en su mente otra vez—.
No se trata solo de dolor físico, aunque eso es insoportable.
Te torturan con una precisión casi científica, con una crueldad que solo he visto en las peores pesadillas.
Te hacen hablar. Te hacen traicionar todo lo que amas.
Jean-Luc había sido colgado de los brazos durante horas, su cuerpo sometido a descargas eléctricas que lo dejaban al borde de la muerte. Lo habían golpeado, quemado, desfigurado. Pero lo peor, decía, no era el sufrimiento físico, sino la tortura psicológica.
—Te hacen sentir que no vales nada —había murmurado con su voz apagada por el recuerdo del horror—. Te quitan todo, hasta el deseo de vivir.
El 84 de la avenida Foch no era solo un lugar de tortura; era un agujero negro, un punto de no retorno.
Entrar allí significaba perderlo todo: la identidad, la dignidad y, para muchos, la vida.
Se sabía que aquellos que eran llevados a esa dirección rara vez volvían.
Y los pocos que lo hacían, como Jean-Luc, no eran los mismos.
Otro ejemplo que había oído provenía de una joven llamada Isabelle, una mensajera de la resistencia que había sido capturada mientras transportaba documentos cruciales.
Su historia era una de las peores que había escuchado.
La habían encerrado en una celda minúscula, sin luz, sin agua, solo el sonido de su propia respiración y los gritos de otros prisioneros que llenaban el aire en la oscuridad.
Durante días, la torturaron sin descanso, intentando arrancarle nombres y direcciones.
Al final, no sabían si su silencio se debía a su fuerza o al simple hecho de que su mente se había quebrado por completo.
O peor aún: el chivatazo había sido erróneo y se habían equivocado de mujer.
Cuando finalmente fue rescatada por alguien que no nos quiso contar de qué lo conocía, estaba irreconocible, apenas un espectro de la persona que había sido. Ni su marido la llegó a reconocer. Isabelle murió días después de salir de allí, por una gangrena causada por las heridas de la tortura.
Todavía recordaba con claridad la conversación con su pareja, aquel gallego exiliado que había encontrado refugio en París como lo habíamos hecho Hugo y yo, aunque era difícil llamar «refugio» a cualquier lugar bajo la sombra del nazismo que nos había azotado.
Aquella frase que me dijo una vez, cuando me relató la historia de su mujer, aún resonaba en mi mente: «No era ella. Solo quería morirse». Eran palabras simples, pero cargadas de un peso insoportable, de un sufrimiento tan profundo que cualquier otro sentimiento quedaba eclipsado.
Pensaba en Hugo, y en todos aquellos que estaban siendo arrastrados a los campos, a lugares donde el sufrimiento no tenía fin.
Sabía que algunos, tal vez incluso Hugo, podrían llegar a un punto en el que ya no pudieran resistir, en el que la única paz que podían imaginar era la de dejar de sentir, dejar de existir.
Temía por él, por el horror que estuviera sufriendo. Porque no lo merecía.
Loreine tenía razón. Los alemanes se enorgullecían de su brutalidad, de cómo exterminaban a quienes consideraban inferiores.
Sabían cómo manipular el miedo, cómo utilizarlo como arma para aplastar cualquier resistencia, cualquier esperanza.
Y, si se enteraran de lo mío con Hugo, si descubrieran nuestra verdad, no dudarían en hacer de nosotros un ejemplo, en utilizarnos como una advertencia para todos los demás.
El 84 de la avenida Foch era solo una parte del monstruo que se había apoderado de París, pero era la más oscura, la más temida.
Era el lugar donde los ideales morían, donde el espíritu se rompía, y donde la humanidad era reducida a cenizas.
Si tenía alguna posibilidad de luchar, de sobrevivir, debía aceptar que la batalla desde dentro estaba perdida.
Mi única opción era escapar, llevar mi voz a un lugar donde aún pudiera hacer algo, donde aún pudiera marcar la diferencia.
—¿Qué puedo hacer, Loreine? No puedo quedarme aquí, esperando a que me lleven también. Pero no puedo abandonarlo… no así —balbuceé, desesperado.
Loreine suspiró, suavizando un poco su expresión, y se acercó a mí.
—Escúchame bien. Quedarte aquí no os ayudará ni a Hugo ni a ti mismo. Pero hay algo que puedes hacer. La Resistencia francesa está perdiendo terreno y nuestra única esperanza real está más allá del Canal de la Mancha.
Fruncí el ceño sin entender bien a qué se refería. No había forma de entrar o salir de París. Era una ratonera.
—¿Más allá?
—Londres —dijo, con un tono de voz más decidido—.
Estoy en contacto con la BBC. Necesitan periodistas, gente con coraje, dispuestos a contar la verdad y mantener la moral de los aliados.
Podrías unirte a ellos. Escribir, hacer radio, transcribir mensajes que te llegaran.
Desde allí, podrías ayudar a terminar esta guerra, y con ella, las atrocidades que están ocurriendo.
—¿Londres? —repetí, aturdido.
Era un salto al vacío, un riesgo enorme. Pero, si me quedaba aquí, el final ya estaba escrito.