La última frontera PABLO París, julio de 1942
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PABLO París, julio de 1942

H acer caso a Hugo me salvó la vida, pero ¿dónde estaba?

Había decidido no ponerme la estrella amarilla en la ropa, un acto de desafío silencioso que me llenaba de miedo y esperanza a partes iguales.

El sol apenas había salido cuando escuché los primeros golpes en las puertas de mis vecinos.

Los gritos y el sonido de las botas resonaban en los pasillos.

Al asomarme por la ventana supe que la policía francesa, quizá bajo las órdenes del régimen de Vichy y los nazis, estaba llevando a cabo una redada masiva.

Mi corazón latía con fuerza mientras me escondía en un rincón oscuro de mi pequeño apartamento.

Podía escuchar los sollozos y las súplicas de las familias siendo arrancadas de sus hogares.

Me preguntaba si sería el siguiente. Cada segundo parecía una eternidad.

Desde la ventana, veía cómo la gente salía de sus portales cargada con sus maletas, sin saber a dónde los llevaban.

De repente, los golpes en mi puerta resonaron con una fuerza que me hizo contener la respiración. Los pasos se acercaban, y podía escuchar las voces autoritarias de los policías. Eran franceses. Los entendía a la perfección después de todo ese tiempo viviendo en París.

En mi mente se agolparon imágenes de lo que podría suceder si me encontraban. El miedo me paralizaba, pero sabía que no podía hacer ruido, no podía delatar mi presencia.

Los segundos parecieron horas mientras los policías revisaban cada rincón del edificio.

Escuché cómo abrían puertas, cómo registraban los apartamentos de mis vecinos.

Los gritos y el llanto se mezclaban con el sonido metálico de las botas sobre el suelo.

Cerré los ojos, rezando en silencio para que pasaran de largo y me dejaran con vida un día más.

Finalmente, los pasos se detuvieron frente a mi puerta.

Mi corazón casi se paró. Podía escuchar el sonido de la respiración de los policías al otro lado.

Un murmullo, una decisión tomada, y luego, los pasos continuaron.

Pasaron de largo. Allí no vivía ningún judío, solo un español exiliado de la guerra que, a pesar de ser uno de sus objetivos, no entraba entre sus presas de ese día.

O quizá sí lo estábamos, pero mi casero, un francés que nada debía de temer, nunca me había hecho firmar un alquiler y, por lo tanto, quizá no sabían ni que la casa estaba ocupada.

Una propiedad de un hombre bien en un París entero que, según el parecer de aquellos monstruos, estaba por limpiar.

No me atreví a moverme hasta que el sonido de las botas se desvaneció en la distancia.

Abrí los ojos lentamente, aún temblando.

Había pasado, por ahora. Pero sabía que no estaba a salvo.

La tensión en el aire era palpable, y cada sonido, cada movimiento, me recordaba el peligro constante en el que vivía.

Me quedé en mi escondite un poco más, tratando de calmar mi respiración y mi mente. Sabía que tenía que encontrar un lugar más seguro, pero, por ahora, había sobrevivido a otro día en este infierno.

¿Dónde estaría? ¿Habría logrado escapar?

El simple pensamiento de que algo le hubiese pasado me hacía sentir un nudo en el estómago.

Hugo era mi ancla, mi razón para seguir luchando en medio de todo aquel caos.

Nos habíamos prometido que, pasara lo que pasara, nunca nos rendiríamos.

Pero, en momentos como este, cuando el miedo oprimía mi pecho, era difícil mantener esa promesa.

Era fácil pensar que algo le hubiese pasado.

Desde la mañana en que había salido de casa a escondidas, no lo había vuelto a ver.

Él pensó que se había ido en silencio y yo me hice el dormido porque no quería hablar, porque no quería huir, porque quería protegerlo y, al final, al dejar que se fuera de casa, había conseguido todo lo contrario.

No me despedí aquella mañana como lo hacíamos siempre, diciéndonos lo que nos queríamos, aunque sonara redundante el hecho de besarnos un mínimo de tres veces antes de salir.

Se fue sin que lo abrazara y le dijera que lo esperaba para el café, y eso me dolía.

Sin que lo respirara, una última vez. Yo siempre olía a tabac o y él, a café.

Ya solo olía el apartamento a tabaco. Y eso todavía me carcomía más.

Fui a casa de Sira y Marta el día en que Hugo no volvió; ni rastro, tampoco de ellas.

Sabía que iría a verlas. Era lo que hacía cuando necesitaba ayuda para algo, desde una idea para terminar un lienzo hasta un poco de pan para calmar el hambre; visité los sitios por los que íbamos, pero tampoco hallé nada.

París se había vuelto sombría y silenciosa. Nadie sabía nada de ellos.

Me pregunté si Hugo también estaría escondido, esperando a que los peligrosos pasos se alejaran, igual que yo.

O quizás había encontrado un lugar más seguro, un refugio temporal hasta que pudiese reunir fuerzas y salir a buscarme.

La incertidumbre me devoraba por dentro.

No había manera de saberlo, no sin arriesgarme más de lo que ya lo estaba haciendo.

Pensé en el diario. Aquel periódico que había sido mi vida durante años y que ahora, gracias a la Resistencia, era más que un simple trabajo: era nuestra voz.

Todo había empezado dentro de la ley, pero con la llegada del nazismo se convirtió en un laberinto de mensajes codificados y notas clandestinas donde los colaboradores escribíamos nuestras realidades ocultas, esperando que alguien más las escuchara.

Tenía que llegar hasta allí. Quizá, si alcanzaba el diario, encontraría alguna noticia, alguna señal del paradero de Hugo.

Sabía que no podía quedarme escondido mucho más; este lugar, que hasta ahora había sido un refugio seguro, se volvía un riesgo letal con cada minuto que pasaba.

Las redadas parecían cada vez más cercanas y, con ellas, la certeza de que pronto sería descubierto si permanecía allí.

Quizá, un día, los españoles nos convertiríamos en su diana y, entonces, ¿quién podría ayudarme? Tenía que salir de allí rápidamente.

Me calcé los viejos zapatos negros, los únicos que tenía.

El cuero estaba desgastado y las suelas empezaban a despegarse.

Salí a las calles con el pulso acelerado, moviéndome con sigilo y una prudencia que rozaba la paranoia.

Las calles desiertas se extendían frente a mí, quietas y lóbregas, y cada sombra parecía alargarse y distorsionarse, persiguiéndome con pasos invisibles.

La tensión se apoderaba de cada uno de mis sentidos; cada crujido, cada movimiento en la penumbra me hacía girar la cabeza, seguro de que alguien me acechaba o, peor aún, de que alguien sabía a dónde iba.

No sabía qué encontraría allí. Hacía demasiado que no iba a cobrar ni me pasaba por las oficinas.

Todo se había vuelto, con el tiempo, más silencioso, más clandestino y menos fraternal entre los que colaborábamos.

Al principio, sabíamos identificarnos, podría decirse que éramos hasta compañeros que tomaban copas en los bares.

Luego, con la invasión, los pseudónimos se encargaron de mantener nuestra vida a salvo y distanciarnos a unos de otros.

Tal vez allí encontraría un rastro de Hugo, o tal vez nada, solo el eco vacío de un lugar que solía ser bullicioso. La realidad era que ya no podía confiar en nada ni en nadie.

Llegué a la entrada trasera, que había utilizado en incontables ocasiones.

Antes, era solo una puerta más. Ahora, era un umbral entre la vida y la muerte, entre el miedo y la esperanza.

Con manos temblorosas, me dispuse a entrar, sabiendo que el siguiente paso podría cambiarlo todo.

Aquello podría ser una trampa, o no, quizás una forma de ir captándonos a todos, pero tenía que abrir aquella puerta.

Al otro lado podría estar el cielo, pero primero tenía que cruzar por el infierno del miedo.

El chirrido de la puerta al abrirse resonó en el silencio, rompiendo la quietud como un grito ahogado.

Me deslicé adentro, con los latidos del corazón en la garganta, esperando encontrarme con el bullicio acostumbrado del periódico.

Pero, en su lugar, solo me recibió un vacío inquietante.

Las sillas estaban desordenadas, los escritorios desocupados, y papeles amarillentos por el tiempo yacían desperdigados por el suelo.

El lugar que solía estar lleno de vida y movimiento ahora parecía un cascarón hueco, una reliquia de lo que una vez fue.

El silencio era tan denso que casi podía oír mis propios pensamientos resonando en las paredes. Di unos pasos, casi con temor a romper la quietud, cuando de pronto escuché un leve susurro, el roce de un papel movido por una mano firme. Me giré y la vi: Loreine.

Estaba de pie junto a la gran mesa de conferencias, vestida impecablemente como siempre, con una expresión grave que la hacía parecer aún más imponente. Su presencia irradiaba una fuerza contenida, una calma que ocultaba la tormenta que llevaba dentro.

—Sabía que vendrías —me dijo sin mirarme en su francés inmaculado, sus ojos fijos en un mapa de París que había desplegado sobre la mesa—. Siempre vuelves al único lugar que te queda. Lo digo por experiencia.

—Loreine…

Mi voz salió en un susurro, pero no supe qué más decir. Ella levantó la mirada y me estudió por un momento, como si evaluara cuánta esperanza aún quedaba en mí.

Se me acercó y me dio un abrazo, uno de esos que se dan los conocidos sin sentir nada, pero se me quedó adentro. Su media melena rubia olía a jazmín y tabaco. Después se acercó con una cajetilla y me ofreció un cigarrillo. Lo rechacé con un gesto de mano y la volvió a guardar.