La última frontera HUGO París, mayo de 1942
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HUGO París, mayo de 1942

– M írame. He dicho que me mires —le dije a Pablo levantándole la cabeza de la mesa de la cocina—. ¿Tú de verdad crees que esta gente sabe cómo es un judío? Por eso os ponen estrellas, Pablo. Para identificaros.

Los alemanes habían obligado a toda la población judía a ponerse una estrella en la ropa.

Ya lo habían hecho en Polonia cuando la ocuparon.

Y en Yugoslavia, en forma de parches. Y a los lituanos, en círculos amarillos.

Y en Letonia y Austria. Y en Holanda, Bulgaria y Grecia. Francia no iba a ser menos.

—Pero soy judío, Hugo.

—Pero solo lo sé yo. Ya está.

—No, Hugo. No es tan sencillo —respondió Pablo, con la voz quebrada—. No puedo esconderme para siempre. No quiero vivir con miedo.

—Esta gente odia a los judíos, Pablo. Desaparecen y nadie sabe dónde. Los matan. ¿Me entiendes? —le pregunté entre gritos.

Mantenía la cabeza gacha sobre la mesa de la cocina, encogida entre los hombros. Con voz suave, me contestó a la pregunta a pesar de que no lo necesitaba:

—Claro que lo entiendo, pero no quiero negar también quién soy. Es lo único que me queda.

Me senté en la silla frente a él. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho y el aire me faltaba cuando trataba de inhalarlo. Era como si con cada respiración la habitación se hubiera quedado sin oxígeno y ahora solo me quedara aguantar con el poco que restaba entre las paredes.

—Si tu Dios existe, quiere que sobrevivas —dije mientras le agarraba de la barbilla para que me mirara a los ojos.

—París se ha vuelto un sitio difícil para eso.

Lo vi desesperado. Con los ojos tristes y la mirada perdida entre los huesos de la cara. Ya no tenía mofletes, ni brillo, solo pena y hambre.

Le solté la barbilla y me senté a su lado.

Sus manos temblaron cuando intentó encender un cigarro.

Lo logró al tercer intento, y la pequeña brasa iluminó su expresión por un instante.

Era un rostro que no reconocía del todo, el rostro de alguien que ya no esperaba nada. Me dolió. Dios, cómo me dolió.

—Lo sé, Pablo. Pero tenemos que ser inteligentes. París no es seguro para nosotros ahora. Tenemos que encontrar una manera de salir de aquí. Tú me ayudaste a salir de Barcelona y yo te sacaré de París.

Pablo negó con la cabeza y comentó:

—No se puede salir de París, Hugo. Los controles están en todas partes. Los trenes, las carreteras, incluso los caminos rurales. Nos atraparán antes de llegar a la frontera. Se ha convertido en la ratonera que nos dijo André.

—Tenemos que intentar salir de Europa.

Suspiré, sintiendo el peso de la desesperación en el aire. Pero no podía rendirme. No ahora. Le debía demasiado a Pablo. Estaba en París gracias a él y a mi abuela. Por ella ya no podía hacer nada, tan siquiera sabía si seguía viva, pero por Pablo todavía estaba a tiempo.

—Pablo, siempre hay una manera. Tal vez no podamos salir por los medios convencionales, pero hay rutas clandestinas, personas que ayudan a los que están en peligro. Hay que intentar llegar a Londres.

—Hugo, los alemanes bombardean Londres casi a diario. Quieren destruir a los británicos en sus propias casas.

—Bueno, pues a Cardiff o a algún puerto del que salgan barcos a Estados Unidos.

—¿Quieres huir a Estados Unidos? —me preguntó arqueando una ceja.

Me mordí el labio, justo antes de contestarle:

—¿Por qué no? A Nueva York. Quizás allí, entre toda aquella gente, podamos estar bien. Los alemanes van a destruir las Islas Británicas si siguen así e igual se hacen con ellas, pero América está muy lejos, Pablo. Tenemos que buscar a los que nos ayuden a cruzar el Canal de la Mancha.

Me miró con escepticismo, pero también con una chispa de esperanza.

—¿Y cómo encontramos a esa gente? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—Vamos a ver —le dije encarándome a él—, llevamos meses jugándonos la vida por gente que ni conocemos. Ahora necesitamos que se la jueguen por nosotros. No estamos pidiendo tanto.

Me quedé allí sentado, tomándolo fuerte de la mano, sintiendo su temblor. La noche se cernía sobre París y el sonido distante de las sirenas nos recordaba el peligro constante.

Él soltó el humo con un suspiro cansado. No me respondió. Tal vez porque sabía que los castillos de papel a veces se deshacen ante una lluvia imprevista.

—Nunca, Pablo. Nunca te voy a dejar solo.

A la mañana siguiente, al levantarme demasiado pronto como siempre, me vestí y corrí a casa de Sira y Marta.

Ya nunca me quedaba mirando a Pablo, creo que él tampoco dormía del todo.

Mis preferencias habían cambiado con la guerra.

Ahora la sentía mucho más cerca que en Barcelona, la sentía bajo los pies.

El placer había desaparecido por supervivencia, la admiración por el respeto, la alegría por el llanto…

eran muchos cambios para tan pocos meses.

Miré a Pablo, su rostro marcado por la fatiga y la preocupación.

Sabía que él también sentía el peso de todo esto.

Pero, a pesar de todo, había una fuerza en él.

Algo que me empeñaba en encontrar. Una determinación que me inspirara a seguir adelante, a no rendirme. Algo que yo mismo pudiese insuflarle.

Lo miré por última vez y cerré la puerta del apartamento suavemente, para que nadie me escuchara salir tan pronto. Ni tan siquiera él. Con uno despierto sobraba.

Pensé que mis amigas podrían ayudarme. Sabrían qué hilos mover, de cuáles tirar más y de cuáles menos y, sobre todo, cuáles era mejor dejar escondidos y pasar por el lado, suavemente, como un gorrión.

Recorrí las callejuelas que separaban mi apartamento del suyo muy rápido, casi corriendo, pero la fatiga no apareció. Solo sentía mi corazón en el cerebro. Pum, pum, pum . Cada paso se aceleraba más. Pum, pum, pum, pum . Y cada acelerón hacía que mi respiración creciese, a ritmo lento, pero firme.

Al llegar a casa de mis amigas, no las encontré.

Solo la puerta abierta, el desorden que habían dejado en el interior.

La escena era desoladora. La puerta estaba entreabierta, colgando de una bisagra rota.

Dentro, el caos reinaba: muebles volcados, papeles esparcidos por el suelo, y un silencio sepulcral que contrastaba con el bullicio habitual del lugar.

El vecino de enfrente, un francés demasiado mayor para entender aquello de la guerra, estaba en la puerta de su casa, observando con una mezcla de miedo y tristeza. Al verme, se me acercó rápidamente.

Recordaba haberlo visto alguna vez en una de las muchas tardes que había subido y bajado aquellas escaleras, dándonos un tímido saludo y agarrado a su bastón con una mano y de la escalera con la otra.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté con la voz temblorosa.

Lo pregunté realmente en voz baja porque era para mí, pero aquel señor me dio la respuesta que yo, al final, ya me esperaba:

—Fue anoche. Los alemanes llegaron de repente, en medio de la noche. Golpearon la puerta con fuerza y entraron sin dar explicaciones. Sus amigas intentaron resistirse, pero no tuvieron oportunidad. Las arrastraron fuera, sin siquiera permitirles recoger sus cosas.

Sentí un nudo en la garganta mientras continuaba.

—Escuché los gritos desde mi ventana. Intenté hacer algo, pero soy demasiado mayor. —Se le quebró la voz—. No pude hacer nada. Se las llevaron en un camión, junto con otros vecinos. No sé a dónde.

El silencio volvió a caer entre nosotros, pesado y opresivo. La realidad de lo sucedido se asentaba en mi mente, y la desesperación comenzaba a tomar forma.

—¿Sabe usted si había alguien más en el piso? —pregunté, con la esperanza de encontrar alguna pista que pudiera ayudar.

Asintió lentamente, como con la mirada perdida en el recuerdo.

—Sí, había tres niños con ellas. Nunca los había visto antes, pero los sacaron a rastras también. No tuvieron piedad. Los sacaron a todos juntos, sin importarles los llantos y las súplicas de los pequeños.

El dolor en su voz era palpable, y sentí una mezcla de rabia e impotencia. Los niños, inocentes, atrapados en una pesadilla que no entendían.

—Parecían asustados, como si hubieran estado escondiéndose durante mucho tiempo. Quizá sus amigas los estaban protegiendo.

La idea de mis amigas arriesgando sus vidas para salvar a esos niños no me sorprendió, pero tenía que hacer algo, encontrar una manera de ayudarlas, de ayudarlos a todos. Pero ¿por dónde empezar?

—A la puerta del edificio —dijo con la voz quebrada— dispararon a los niños. Fue horrible. No les importó que fueran tan pequeños. Todavía se pueden ver las manchas de sangre en el suelo.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. La crueldad de la situación era abrumadora. Había pasado por delante de ellas y ni me había fijado. Había visto manchas oscuras en el pavimento, pero no pensé que fuesen testigos mudos de la atrocidad cometida.

—¿Cómo pudieron hacer algo así? —murmuré, más para mí mismo que para el señor.

—No lo sé —respondió él, con los ojos llenos de lágrimas—. Pero tenemos que ser fuertes. No podemos dejar que el miedo nos paralice. Tenemos que encontrar una manera de luchar contra esto.

Mientras salía del edificio, todavía conmocionado por lo que había visto y oído, sentí una mano fuerte agarrándome por el brazo. Me giré rápidamente y me encontré cara a cara con un soldado nazi. Su mirada fría y despiadada me hizo temblar.

—¡Tú, ven con nosotros! —me ordenó en un francés alemanizado sin darme tiempo a reaccionar, justo antes de decirme algo en alemán.

Intenté resistirme, pero otros dos soldados se unieron rápidamente, inmovilizándome. Miré hacia el señor, buscando ayuda, pero él evitó mi mirada, su rostro pálido y lleno de culpa.

—¡Él es uno de ellos! —gritó aquel señor que me había llegado hasta a despertar ternura, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Es de la Resistencia! ¡Hacían fiestas aquí con las otras dos, él y su novio! ¡Todo París lo sabe!

La traición me golpeó como un puñetazo en el estómago. El hombre que creía un vecino amable y preocupado era, en realidad, un delator. París estaba lleno de ellos. Y no lo hacían por gusto, quizá sí por chantaje, por miedo, por salvar a alguien que tal vez ya nunca volverían a ver.

Los soldados me arrastraron hacia un camión militar estacionado en la calle, donde otros prisioneros ya estaban siendo subidos.

—¡No! ¡Déjenme! —grité, luchando con todas mis fuerzas, pero era inútil.

Un soldado me pegó una bofetada tan fuerte que me partió una ceja, y me golpeé contra el lateral de metal del camión.

El vehículo arrancó y, mientras nos alejábamos, vi al señor observando desde la distancia, su figura encorvada y derrotada, triste, pero salvando su vida. La desesperación y la rabia se mezclaban en mi interior. No sabía qué me esperaba, pero una cosa tenía clara: no iba a rendirme sin luchar .