HUGO París, diciembre de 1941 #3
A la mañana siguiente, después de que Pablo saliera a buscar algo de comida y a cobrar las colaboraciones de prensa, me quedé a solas con Hannah.
—Hannah, ¿puedo preguntarte algo personal? —le dije, tratando de no parecer demasiado intrusivo. Estaba sentado sobre la encimera de la cocina, con el pantalón de pinzas arremangado mientras me rascaba la pierna.
Ella me miró con curiosidad mientras cerraba el libro que tenía entre manos y asintió.
—Claro, pregunta lo que quieras.
—Pablo y yo… somos más que amigos. Somos pareja. En estos tiempos, es peligroso, casi tanto como ser judío. ¿Qué piensas sobre esto? ¿Crees que algún día podremos vivir sin miedo?
Hannah me observó con una mirada profunda y reflexiva antes de responder.
—La opresión y el miedo son herramientas utilizadas por los regímenes totalitarios para controlar a las personas.
La libertad, en todas sus formas, es un derecho fundamental que debemos defender.
La homosexualidad, como cualquier otra forma de amor, es una expresión de la humanidad y no debería ser motivo de persecución.
Hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—En mi obra, he hablado mucho sobre la banalidad del mal, sobre cómo las personas pueden cometer atrocidades simplemente siguiendo órdenes sin cuestionarlas.
Pero también creo en la capacidad humana para resistir y luchar por lo que es justo.
La lucha por los derechos de los homosexuales es parte de esa resistencia. Es una lucha por la dignidad humana.
Me sentí conmovido por sus palabras y decidí compartir algo más.
—Pablo también es judío. Su familia quedó en Barcelona junto a mi abuela y nunca hemos vuelto a saber nada de ellos. A veces me pregunto cómo encuentra la fuerza para seguir adelante.
Hannah asintió, comprendiendo la gravedad de lo que le estaba contando.
—La identidad y la pertenencia son aspectos fundamentales de nuestra existencia.
La persecución que enfrentan los judíos y los homosexuales proviene del mismo lugar de odio e ignorancia.
Pero es precisamente en estos momentos de oscuridad cuando debemos aferrarnos a nuestra humanidad y a nuestros valores.
La fuerza de Pablo proviene de su amor por ti y de su deseo de justicia.
Es un recordatorio de que, incluso en los tiempos más oscuros, el amor y la esperanza pueden prevalecer.
La conversación con Hannah me dejó una profunda impresión.
Sus palabras resonaron en mi mente mientras esperaba el regreso de Pablo.
Sabía que, aunque el camino por delante sería difícil, no estábamos solos.
Teníamos a personas como Hannah, que nos inspiraban a seguir luchando por un mundo mejor, un mundo donde todos pudiéramos vivir sin miedo y con dignidad.
—¿Por qué seguís en París? —escuché que me preguntaba mientras volvía a meter la cabeza en su libro.
Me quedé pensativo, mirándola, hasta que me atreví a responder:
—Supongo que porque volver a casa no es posible e irnos significa huir de nuevo.
—Irse no es huir, Hugo. Irse, ahora mismo, es sobrevivir.
Aquello se quedó en mi cabeza mucho tiempo. Era inevitable. Sobrevivir, a qué precio. Dejar todo atrás de nuevo y empezar otra vez. ¿De verdad?
—París es nuestro hogar —afirmé mirando por la ventana a la basílica. Sus campanas anunciaban el mediodía.
—Vuestro hogar sois vosotros dos.
Las conversaciones con Hannah hicieron que entendiera muchas cosas y que siguiera desconociendo otras, pero llegó el día en que la Resistencia había organizado su huida.
Nunca supimos de su huida definitiva de la ciudad, pero sí del momento que cambió de escondite para no ser encontrada.
Era una operación arriesgada, pero no había otra opción.
Pablo y yo nos despedimos de ella en la cocina de nuestro apartamento.
Allí, en el callejón de siempre, un miembro de la Resistencia la esperaría con documentos falsos y un plan para sacarla viva de París.
Nos despedimos con abrazos y lágrimas. Habíamos pasado solo tres días juntos, pero tres días en mitad de aquella guerra parecían una eternidad.
Gente que conocíamos, que iba y venía, que quería sobrevivir.
Y nosotros nos íbamos acostumbrando a no estar solos en ningún momento, a las despedidas silenciosas, a los pasos acelerados por la escalera de caoba justo antes de cerrarse la puerta de hierro de la entrada del edificio. Siempre era igual.
—Recordad que la verdadera victoria no está en derrotar al enemigo, sino en mantener nuestra humanidad intacta. Pensad bien lo de iros de París.
Con esas palabras, nos abrazamos por última vez. Aquello fue lo último que nos dijo. La despedida fue breve. Mientras Hannah se alejaba por el pasillo, sentí una mezcla de tristeza y esperanza. Sabía que nuestro camino sería difícil.
Pablo y yo nos quedamos en la puerta, observando cómo Hannah desaparecía en la distancia. Nos miramos y, sin necesidad de palabras, supimos que estábamos listos para continuar nuestra lucha. Resistiendo. Juntos, hasta el final.