HUGO París, diciembre de 1941 #2
Una noche, mientras Pablo y yo estábamos en nuestro apartamento, recibimos una visita inesperada.
Era un miembro de la Resistencia, un hombre de rostro serio y ojos cansados.
Estaba demacrado. Bajo una barba blanca, le pesaban ya los años.
Siempre venía él a vernos desde que el gobierno alemán había empezado a controlar el correo, pero nunca supimos su nombre.
Era algo así como nuestro contacto con la organización.
Los superiores estaban bien coordinados y siempre iba a verte el superior que no formaba parte de tu célula para evitar confianzas innecesarias que pusieran en riesgo las misiones.
Nos explicó que necesitaban nuestra ayuda para esconder a una persona muy importante, alguien que estaba en grave peligro y que debíamos proteger.
Sin dudarlo, aceptamos. ¿Qué podíamos decir?
Éramos demasiado jóvenes como para parecer mortales por aquel entonces y, cuando tienes todavía la treintena por delante, permites que los ideales te lleguen a costar la vida.
Es un juego. Algo perfecto que puede terminar en tragedia. Y por eso accedíamos siempre.
Esa misma noche, llegó Hannah. Era una mujer de gran inteligencia y coraje, perseguida por los nazis por sus ideas y su origen judío.
Había logrado escapar de Berlín hacía mucho tiempo, en el 33, pero ahora necesitaban esconderla hasta que pudieran organizar su huida de París.
Hannah, al final, igual que nosotros, era todo lo que odiaba el Tercer Reich.
Su voz era baja, pero sus palabras, escogidas con precisión, tenían un peso difícil de ignorar.
Era una mujer que, a pesar de las circunstancias, mantenía intacta una fortaleza que la hacía tan enigmática como admirable.
Mientras hablaba con nosotros recién llegada, compartiendo sus pensamientos con una calma inusual y bebiendo del vaso de agua que Pablo le había dejado sobre la mesa, nos dimos cuenta de que, aunque había dejado Berlín hacía años, llevaba consigo las cicatrices invisibles de aquel pasado que la perseguía.
Hannah se instaló en nuestro pequeño apartamento y, aunque el espacio era reducido, hicimos todo lo posible para que se sintiera cómoda.
Pasábamos las noches conversando en susurros.
Hannah nos hablaba de sus escritos, de su visión del mundo y de la importancia de la libertad y la justicia.
Pablo le rebatía y yo los miraba y me hipnotizaba lo que decían, cómo lo decían.
Había dejado de pintar porque tan siquiera nos quedaba dinero para poder comprar lienzos nuevos y sus palabras eran lo único que quedaba del pasado, de la libertad, del ser.
¿Qué iba a pintar si no teníamos ni qué comer?
¿Cómo iba a pagar los lienzos si cada kilo que habíamos recuperado desde que habíamos llegado a París se iba perdiendo con la poca comida que teníamos y el dinero que nos quedaba?
Los días pasaban lentamente y, cada vez que escuchábamos pasos en el pasillo, nuestros corazones se detenían. Sabíamos que cualquier error podría ser fatal. Pero Hannah nunca perdió la calma. Su serenidad y su determinación nos daban valor.
—No sé cómo agradecerles lo suficiente por su hospitalidad.
Sé que están arriesgando mucho al esconderme aquí —nos dijo con su educación intacta a pesar de que llevaba días encerrada sin salir.
Nosotros sí salíamos, pero ella era una fugitiva.
Una refugiada. Destinada ya por orden de los de arriba a vivir en las sombras.
—No tienes que agradecer nada, Hannah. Estamos en esto juntos. Y por favor: tutéanos. Te lo hemos dicho mil veces —le dijo Pablo con una sonrisa.
—Además, tus palabras y tus ideas nos inspiran. Nos das esperanza en estos tiempos oscuros —añadí.
—La esperanza es lo único que nos queda a veces —nos comentó con una sonrisa triste—. Pero debemos aferrarnos a ella con todas nuestras fuerzas. La libertad y la justicia son valores por los que vale la pena luchar, incluso cuando parece imposible.
Me quedé mirándola. Estaba tan asustado que no pude evitar preguntarle:
—¿Cómo logras mantener la calma en medio de todo esto? ¿No tienes miedo?
—El miedo siempre está ahí, pero no podemos dejar que nos paralice. He visto demasiada injusticia y sufrimiento como para rendirme ahora. Debemos seguir adelante, por nosotros y por las generaciones futuras.
—Tu valentía parece que dé fuerzas —escuché que susurraba Pablo desde la cocina donde calentaba un poco de agua.
Asentí y no pude evitar ver cómo a Hannah se le dibujaba una sonrisa en la cara.
—Y ustedes me dan esperanza. Ver a personas como ustedes, dispuestas a arriesgarlo todo por los demás, me recuerda que aún hay bondad en el mundo. Juntos, podemos superar esto.
Pablo le lanzó una mirada asesina desde la cocina.
—Digo, vosotros —corrigió entre risas.
La conversación continuó hasta bien entrada la noche y, aunque el miedo y la incertidumbre seguían presentes, en ese momento, nos sentimos un poco más fuertes, un poco más unidos.