La última frontera HUGO París, diciembre de 1941
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HUGO París, diciembre de 1941

S obrevivir en París se nos hacía cuesta arriba.

Costaba demasiado todo, pero creo que la idea de salir de la ciudad nos parecía tan lejana e imposible que luchábamos por resistir.

Seguir, avanzar, no ser descubiertos por algo que los alemanes vieran pecaminoso y nos llevara ante la Gestapo o, peor, a la muerte.

Poco les costaba a aquellos demonios de uniforme disparar sus pistolas.

Si te cruzabas con ellos, puede que por la calle, y te tropezabas por error, te mataban.

Si resultabas sospechoso por algo que quizás estaba en su mente, te arrestaban.

Sin motivos, solo decisiones rápidas que arrastraban las vidas al averno.

La vida se medía en pasos silenciosos, en evitar miradas indiscretas y en camuflar cualquier detalle que pudiera levantar sospechas. Todo lo que hacíamos era una estrategia de supervivencia; cada gesto debía ser calculado; cada palabra, medida.

Pero nosotros ya estábamos curtidos en aquello y aprendimos a andar con la cabeza gacha, a movernos con sigilo, evitando cualquier contacto con esos soldados que patrullaban las calles con una indiferencia letal.

No había margen para errores ni para valentías impulsivas; sabíamos que bastaba con una simple mirada malinterpretada para sellar nuestro destino.

Nos adaptamos a ese París oscuro, convertidos casi en sombras, confiando solo en un pequeño círculo de amigos que compartían nuestras mismas angustias y nuestra misma esperanza.

Habíamos dejado, hacía mucho, de querernos por las calles.

Nada quedaba del París que habíamos conocido tras nuestra huida de Barcelona.

La gente, en este nuevo París, desaparecía sin rastro tras un ruido inmenso de botas contra los suelos de madera de las escaleras de los edificios, y llantos, muchos llantos, combinados con algún grito en alemán.

En el que fue nuestro edificio en Montmartre, había pasado ya con dos familias: a unos se los habían llevado por judíos y, en el primero, que vivían dos chicos, también se los habían llevado.

Pablo y yo creíamos, desde que los conocimos una mañana, que eran pareja, pero nunca les preguntamos.

No nos interesaba, al igual que tampoco les interesábamos nosotros a ellos.

Nada quedaba de aquel París prebélico. Ni las noches, ni el amor, ni Pablo sonriendo cuando le agarraba la mano por debajo del abrigo mientras mirábamos libros en las librerías junto al Sena. Nada.

Las noches en la ciudad se habían vuelto interminables.

El toque de queda impuesto por los nazis la convertía en un lugar de sombras y susurros a partir de las nueve de la noche.

Las patrullas alemanas recorrían las calles, y el miedo se palpaba en cada rincón.

Los parisinos y los adoptados, como lo éramos nosotros, vivíamos con la constante amenaza de ser denunciados por cualquier motivo: una palabra fuera de lugar, una mirada sospechosa, una amistad inconveniente, puede que una envidia retorcida.

Nosotros nos refugiábamos en nuestro pequeño apartamento, tratando de mantenernos invisibles.

Las ventanas siempre cerradas, las luces apagadas.

El silencio era nuestro mejor aliado. Pero, incluso en nuestro refugio, el miedo nos acompañaba.

Cada golpe en la puerta, cada ruido en el pasillo nos hacía contener la respiración.

Los nazis habían impuesto un régimen de terror.

Las redadas eran frecuentes y nadie estaba a salvo.

Los judíos eran los primeros en ser perseguidos, pero no eran los únicos.

Cualquier persona que no encajara en la visión aria podía ser arrestada, torturada o deportada.

Los homosexuales, los gitanos, los discapacitados, todos eran considerados enemigos del Reich.

Los socialistas fueron llevados, también los sindicalistas y anarquistas.

Una tarde, mientras caminábamos por las calles desiertas, vimos a un grupo de soldados alemanes arrestando a un hombre.

Su único crimen había sido hablar en contra del régimen.

Lo golpearon y se lo llevaron, dejándonos a todos con un nudo en el estómago.

Sabíamos que podría ser cualquiera de nosotros al salir o entrar —aunque también existía la posibilidad de que entraran ellos— en una de esas reuniones en las que Sira y Marta nos habían metido, reuniones en las que, en un p rimer momento, participaban solo los españoles; más adelante, se unieron los franceses.

La Resistencia francesa quería lo mismo que la republicana: la libertad.

Y los españoles, a los que nuestro país consideraba apátridas, no dudamos en unirnos a los franceses.

El París que habíamos conocido y amado se desvanecía cada día un poco más. La ciudad de la luz se había convertido en un lugar de oscuridad y desesperanza, y la del amor ya ni hablaba. Se había quedado callada ante el horror.

Las semanas pasaban lentamente, y cada día traía nuevas pruebas.

La Resistencia francesa seguía luchando en las sombras, organizando sabotajes y distribuyendo información clandestina.

Pablo y yo hacíamos lo que podíamos, que no era mucho, aunque con cautela.

Él seguía escribiendo, siempre bajo pseudónimo.

Y aquella mujer que se convirtió en casi una institución para nosotros, Loreine, seguía publicándolo en las sombras.

Sabíamos que cualquier error podría costarnos la vida, pero no tuvimos ningún problema en que nuestro apartamento se convirtiera, por así decirlo, en el de todos.

Poca gente de la que había llegado a París tras la derrota de la República consiguió casa propia.

Algunos se hospedaban en pensiones, otros en pisos que compartían diez personas con un solo baño y, los más desfavorecidos, en los almacenes de los bares y tiendas que algunos compañeros tenían.

Tener un techo era lo que importaba. Que el toque de queda no te sorprendiera en la calle.

Una noche, recibimos un mensaje cifrado de la Resistencia.

Necesitaban nuestra ayuda para esconder a un grupo de niños judíos que habían logrado escapar de una redada.

Sin pensarlo dos veces, aceptamos. Sabíamos que era peligroso, pero también sabíamos que era lo correcto.

A Pablo aquello lo removió demasiado. Teníamos que ayudarlos.

Los niños llegaron a nuestro apartamento en silencio, con el miedo y la incertidumbre reflejados en sus ojos.

Les ofrecimos lo poco que teníamos: un lugar para dormir, algo de comida y, sobre todo, la promesa de que estarían a salvo.

Durante días, los mantuvimos escondidos, esperando el momento adecuado para trasladarlos a un lugar más seguro.

Mientras tanto, la situación en París empeoraba.

Los nazis intensificaban sus redadas, y las ejecuciones públicas se volvieron más frecuentes.

El miedo y la desesperación se apoderaban de la ciudad.

Pero, a pesar de todo, había momentos de esperanza.

La Resistencia lograba pequeños triunfos, y cada acto de valentía nos recordaba que no estábamos solos en nuestra lucha.

Siempre nos preparábamos para lo peor, pero también para lo mejor.

Sabíamos que la lucha no había terminado, pero también sabíamos que cada día que pasaba nos acercaba más a la libertad.

Los niños que habíamos escondido fueron trasladados a un lugar seguro; desconocimos dónde.

Nunca volvíamos a ver a quienes se quedaban en casa, pero los lazos que nos unían durante esos días, en ocasiones semanas y, alguna vez, meses, eran los mismos: la supervivencia, el amor y la libertad.

Aquellos niños fueron los primeros de muchas personas que pasaron por allí.

Siempre procedíamos de la misma forma. Entraban de madrugada y se escondían en una habitación que había al fondo, con una ventana diminuta y un camastro en el suelo.

Allí, no harían ruido para que los vecinos no sospecharan nada y, si lo hacían, disimularíamos todo lo que pudiéramos.

Todo estaría permitido para salvar la vida teniendo en cuenta que, si lo conseguíamos, saldríamos todos adelante y, si caíamos, lo haríamos todos.

Esos días, Pablo y yo no nos rozábamos, vivíamos como compañeros, pero, cuando se iban…

cuando se iban, el apartamento se convertía, una vez más, en nuestro rincón exquisito.

Susurros, las yemas de los dedos por la piel del otro, sus labios carnosos recorriendo mi cuello…

Nunca nos faltó el amor en París. Estábamos los dos.

Las salidas también se hacían de madrugada, justo veinte minutos después de que los oficiales hubiesen hecho la redada por la calle en busca de cualquier incauto que estuviese saltándose el toque de queda.

Irían por el callejón de al lado del edificio hasta la calle de detrás y, allí, habría alguien para recogerlos.

Siempre igual. Si algún día se producía un cambio, seríamos informados en el buzón.

El París que habíamos conocido antes de la guerra estaba desapareciendo, pero, en su lugar, surgía una nueva ciudad, una ciudad de resistencia y esperanza.

Nos habíamos convertido en ratas que se escondían, pero merecía la pena.

Y, aunque el camino hacia la libertad era largo y peligroso, Pablo y yo estábamos decididos a seguir adelante, juntos, hasta el final.

Éramos de los pocos que conseguían que sus misiones salieran bien. Nunca supe si logramos realmente que aquellas personas llegaran a su destino, pero debíamos de hacerlo bien porque, cuando salía mal, sí que te enterabas.