La última frontera PABLO París, junio de 1940
16%

PABLO París, junio de 1940

Hugo me apretaba la mano con fuerza, y yo podía sentir su miedo, tan palpable como el mío.

—Pablo, ¿qué vamos a hacer? —susurró con la voz temblando.

No tenía respuestas, solo un nudo en la garganta y una desesperación creciente. Sabíamos que nuestro amor, ya de por sí clandestino, ahora peligraba mucho más bajo el régimen nazi. Simplemente, le solté la mano. Por miedo. Por supervivencia.

El desfile continuaba y cada paso de los soldados parecía acercarnos más a un abismo de incertidumbre y terror.

Nos aferramos el uno al otro, buscando en nuestro amor un refugio contra la tormenta que se avecinaba.

En ese momento, comprendí que nuestra lucha no solo era por sobrevivir, sino por mantener viva la chispa de humanidad y amor en medio de tanta oscuridad.

—Hugo, tenemos que irnos a casa —afirmé con un tono duro, que realmente solo hablaba del miedo que tenía.

París se encontraba sumida en una atmósfera de incertidumbre y miedo desde hacía meses. Las noticias de la entrada de los nazis en las fronteras francesas se extendieron rápidamente y, con ellas, una sensación de desasosiego se apoderó de todos nosotros.

Las calles, que solían estar llenas de vida y alegría, se volvieron silenciosas y sombrías.

Los cafés, antes bulliciosos, ahora estaban vacíos, y las miradas de los parisinos reflejaban una mezcla de incredulidad y temor.

Cada día, al caminar por los bulevares, sentía el peso de la ocupación en el aire, una opresión invisible pero palpable.

El frente occidental estaba demasiado cerca de la ciudad y nosotros, al final, teníamos más que motivos para tener miedo.

La vida en París, desde aquel día, se convirtió en una rutina de supervivencia y resistencia.

La creatividad de Hugo era de las pocas cosas que me quedaban intactas alrededor, pero él también iba cansándose.

Nuestro pequeño apartamento en Montmartre, lleno de bocetos y lienzos inacabados, se había convertido en un refugio donde intentábamos mantener una apariencia de normalidad.

Hugo, con su espíritu indomable, seguía pintando, sus obras reflejaban tanto la belleza de París como la angustia de esos tiempos.

Salir a la calle era un acto de valentía.

Los mercados se iban desabasteciendo y conseguir alimentos se había vuelto una tarea ardua.

Los precios subían y Hugo cada vez vendía menos pinturas.

El dinero no solo se nos estaba acabando a nosotros.

La gente, a la desesperada, buscaba dinero.

Era una realidad. La ciudad iba cayendo en la pobreza y todo se iba desmoronando.

El miedo en París se sentía en cada rincón de la ciudad.

Las noticias de los avances alemanes eran constantes y la incertidumbre se apoderaba de todos nosotros.

Muchos intelectuales y artistas, el día en que una niebla oscura lo había envuelto todo, comenzaron a abandonar la ciudad, temiendo por sus vidas y su libertad.

Entre ellos, Marc Chagall, con quien habíamos compartido tertulias en distintos cafés hasta demasiado tarde y que fue uno de los primeros en huir de Europa a Estados Unidos, y André, nuestro amigo, que también se había exiliado a América.

La partida de estos grandes pensadores y creadores dejaba un vacío en la vida cultural de París, que se iba apagando poco a poco.

—Deberíais veniros conmigo. A la República Dominicana. Cuando esto pase podremos volver a París, pero los nazis están muy cerca —me había dicho André en una de las últimas tardes que lo vimos antes del horror.

Hugo hablaba con todos de arte y yo me había quedado en un rincón, solo, hasta que André se me había acercado. Me gustaba verlo hablar, en la distancia, sobre todo lo que le importaba: el arte y la capacidad de crear.

—Huir de nuevo, no. André, no podemos irnos otra vez —le respondí tajante.

—Si los alemanes entran en París, habrá registros. Sabes qué significa eso, ¿verdad? Sois pareja, Pablo, abre los ojos. París no está muchas veces preparada para eso, pero lo tolera, lo pasa. La gente aquí os mira, otros ni os ven… Ellos no os lo permitirán.

Me quedé callado. Lo miraba, atentamente, mientras observaba a Hugo en el centro del café.

—Los nazis no entienden el amor, Pablo —me susurró André—.

Para ellos, la homosexualidad es una aberración, una mancha en la pureza de la raza alemana.

Os ven como parásitos antisociales, enemigos del Estado.

Y eso lo transportan a todo lo que tocan, todo lo que conquistan, todo lo que hacen. Todo está manchado por ellos, podrido.

Miré a mi alrededor, consciente de que cualquier indiscreción podría llevarnos a la ruina.

La conversación con André me dejó inquieto.

Sabía que tenía razón, pero la idea de abandonar nuestra ciudad, nuestro hogar, el que tanto nos había costado conseguir, me resultaba insoportable.

Hugo y yo habíamos construido una vida juntos aquí, a pesar de las dificultades y los prejuicios.

París, con sus calles adoquinadas y sus cafés llenos de vida, era nuestro refugio.

Y resultó que estaba tan cerca que, días después de aquella conversación con André, llegaron.

La situación política se volvió todavía más tensa con la suma de los días.

El gobierno de Vichy, colaboracionista de los nazis, había asumido el control en el sur de Francia, mientras que el norte, incluida París, estaba bajo ocupación alemana.

La Resistencia francesa comenzaba a organizarse, pero la represión era brutal.

Cualquier acto de desobediencia podía resultar en arrestos, torturas o ejecuciones.

En nuestro pequeño círculo, la vida se volvía cada vez más difícil. Hugo y yo intentábamos mantenernos ocupados, él con sus pinturas y yo escribiendo en el diario, aunque usaba un pseudónimo.

Las noches eran especialmente duras. El toque de queda nos obligaba a permanecer en casa, y el sonido de las patrullas alemanas en las calles nos recordaba constantemente el peligro en el que vivíamos.

Los escuchábamos llegar, el resonar de sus botas al subir a un edificio cercano, después los gritos, los llantos, el movimiento, más ruido y un disparo.

Finalmente, los sacaban a todos a la calle, como estaban, a veces sin zapatos, y los subían en la parte de atrás de un camión. Y nunca los volvíamos a ver.

La vida en París se iba apagando lentamente.

Los teatros cerraban sus puertas, los cafés quedaban vacíos, y las calles, antes llenas de vida, se tornaban cada vez más desoladas.

Sin embargo, en medio de esa oscuridad creciente, surgían pequeños actos de resistencia y solidaridad que nos recordaban que, aunque en silencio, no estábamos solos.

La esperanza de que algún día París volvería a ser libre era el hilo que nos mantenía unidos.

A menudo, Hugo y yo nos turnábamos para hacer largas filas en busca de pan o unas pocas verduras.

Los rostros de los parisinos en esas filas, surcados de cansancio, reflejaban nuestra propia mezcla de desesperación y determinación.

Eran miradas que expresaban tanto como nuestras palabras de ánimo, susurros de fortaleza compartida en tiempos oscuros.

Si la vida se complicó para todos, para nosotros dos era aún más complicada.

La sociedad ya era poco tolerante cuando salías de algunos círculos y, con la guerra, el peligro de ser descubierto se había multiplicado.

Hugo y yo manteníamos nuestra relación en secreto, con temor a las represalias.

Sin embargo, en la intimidad de nuestro hogar, encontrábamos consuelo y fuerza el uno en el otro.

Recuerdo una tarde en particular, cuando Hugo decidió pintar un mural en una de las paredes del apartamento.

Era una escena de París en tiempos de paz, con niños jugando y parejas paseando por el Sena.

Mientras lo observaba trabajar, sentí una mezcla de tristeza y esperanza.

Sabíamos que esos días de paz quedaban lejos, pero el mural era un recordatorio de lo que estábamos luchando por recuperar.

Solo queríamos ser libres. Amar sin miedo.

Pero se nos volvió a privar de aquello. Y Hugo y yo, al final, volvimos a querernos, de nuevo, solamente entre las cuatro paredes de nuestro apartamento.

Ahora las vistas cambiaban, ya no veíamos el Gótico catalán, ahora veíamos Montmartre.

Distinto lugar y el mismo miedo. Miedo a amarnos, pero ¿para que queríamos vivir huyendo si no íbamos a poder querernos?

Las vistas eran distintas, pero todo igual.

Él allí, con sus rizos y su barba recortada, frente al lienzo.

Y yo tomándome el café, que se había vuelto a aguar y sabía al de Barcelona, con mi camisa blanca mal metida por el pantalón de pinzas y sin abrochar, enseñando la camiseta interior.

El escenario cambiaba, pero los actores éramos los mismos.

Y el agua con la que disolvíamos el café, el miedo y la inseguridad también.

Debimos haber huido. Debimos haber huido cuando todavía podíamos…