HUGO París, octubre de 1939
En mi mente, una mezcla de emociones se arremolinaba: miedo, incertidumbre y una extraña sensación de responsabilidad.
Sabía que la guerra cambiaría nuestras vidas para siempre, pero no podía imaginar cómo.
La idea de que París, mi hogar después de haberme sentido de ningún parte, pudiera convertirse en un campo de batalla era aterradora.
La noche anterior, mientras me acostaba, no había podido evitar pensar en el futuro. ¿Qué nos depararía? ¿Estaríamos a salvo? La incertidumbre era abrumadora, pero también había una chispa de esperanza. Había sobrevivido una vez. ¿Estaba tentando a la suerte?
Iba aprendiendo a Pablo de memoria. Si estaba acostado, pongamos que del lado izquierdo, le miraba las comisuras de los labios y el bigote, perfectamente recortado, y sus hoyuelos bajo la barba.
Su respiración era un suave vaivén que me arrullaba y, en esos momentos de quietud, me dedicaba a trazar con la mirada cada línea de su rostro, cada sombra que la luz de la lámpara proyectaba sobre su piel.
A veces, cuando el sueño lo vencía, murmuraba palabras ininteligibles, y yo me preguntaba qué sueños lo visitarían.
¿Serían tan serenos como su semblante? ¿O acaso escondían tormentas que yo no podía ver?
Me gustaba pensar que, en esos instantes, compartíamos un mundo secreto, uno donde solo existíamos él y yo, lejos del bullicio y las preocupaciones del día a día.
En las mañanas, cuando el sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas, me despertaba antes que él. Me despertaba con palpitaciones, nervioso, alerta por si teníamos que volver a dormir vestidos como en Barcelona, preparados para salir corriendo.
Me quedaba unos minutos más en la cama, observando cómo la luz dorada acariciaba su rostro, dándole un aire casi etéreo. Era en esos momentos cuando me sentía más conectado a él, como si el simple acto de contemplarlo pudiera revelar los secretos más profundos.
A veces, me atrevía a deslizar mis dedos suavemente por su pelo, disfrutando de la textura suave y sedosa. Él se movía ligeramente, pero no se despertaba. Era un ritual silencioso, una forma de reafirmar mi cariño y mi devoción sin necesidad de palabras.
Cuando finalmente abría los ojos, me recibía con una sonrisa perezosa que iluminaba toda la habitación. «Buenos días», murmuraba, con su voz ronca por el sueño. Y, en ese instante, todo parecía estar en su lugar, como si el mundo entero se alineara para nosotros.
Con el paso del tiempo, nuestras mañanas se convirtieron en un ritual sagrado.
Desayunábamos juntos, compartiendo risas y confidencias mientras el aroma del café llenaba la cocina.
Pablo tenía una manera especial de hacer que cada momento pareciera único, como si el simple hecho de estar juntos fuera una celebración, como si lo de fuera no existiera y no tuviéramos de qué preocuparnos.
Por las noches, cuando nos acostábamos, me dedicaba a memorizar cada línea del rostro de Pablo, desnudo y entregado.
Me fascinaba la manera en que la luz de la lámpara jugaba con las sombras, creando un paisaje de claroscuros en su piel.
A veces, cuando Pablo dormía profundamente, me atrevía a susurrarle palabras de amor, sabiendo que, aunque no las escuchara, de alguna manera las sentiría.
Me gustaba hablarle mientras dormía. De nosotros, de la guerra, del miedo que tenía. Y me quedaba dormido.
Todas las mañanas, mientras el sol comenzaba a filtrarse por las cortinas, me despertaba antes que Pablo.
Observaba cómo la luz dorada acariciaba su rostro, dándole un aire casi celestial sobre su piel blanca, que contrastaba con lo oscuro que era su pelo.
Me incliné suavemente y besé su mejilla, disfrutando del momento de paz y quietud.
—Buenos días —murmuró Pablo, abriendo los ojos y sonriendo—. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Solo unos minutos —respondí, acariciando su mejilla—. Me gusta verte dormir. Es uno de mis momentos favoritos del día.
Pablo rio suavemente y me llevó hacia él.
—Eres un romántico incurable —dijo, besándome tiernamente—. Y me encanta.
Éramos dos locos cautivos que se inventaban una atmósfera de paz entre tanta, tanta guerra.
Cada día juntos era una nueva oportunidad para descubrir algo más sobre el otro.
Aprendí que a Pablo le gustaba el café fuerte y sin azúcar, que disfrutaba de la música clásica y que tenía una habilidad especial para cocinar platos deliciosos con ingredientes simples.
Había comida en París, pero era cara. Tirábamos con lo que teníamos: las joyas que me quedaban de mi abuela, los artículos que Pablo iba publicando y, de vez en cuando, las pinturas que yo vendía gracias a algún contacto que el señor Dalí me daba o que Marta y Sira me dejaban para sacarme algunos francos.
Sobrevivíamos, como lo hacían todos, pero no nos resistíamos a intentar ser felices, aunque fuese una vez al día.
Era una norma que yo había impuesto una mañana, cuando las noticias eran desalentadoras.
Ese día, mientras el sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas, me desperté con una determinación renovada.
—Hoy vamos a encontrar un momento para ser felices —le propuse a Pablo mientras preparaba el café. No era aguado como el de Barcelona: en París solo teníamos buen café.
Él me miró con una mezcla de sorpresa y ternura.
—Y ¿cómo planeas hacerlo? —me preguntó, sonriendo mientras se acercaba para besarme en la mejilla.
No tenía ni idea.
—Lo descubriremos.
Nos dedicamos a nuestras tareas habituales.
Pablo trabajaba en su último artículo y leía los diarios de forma compulsiva, mientras yo intentaba capturar la esencia de París en mis pinturas, la de nuestro apartamento, la que él reflejaba y, como un espejo, me devolvía.
Pero, en el fondo de nuestras mentes, ambos buscábamos ese momento especial que nos prometiera un respiro de la realidad.
Al caer la tarde, decidimos dar un paseo por el barrio.
Las calles estaban más tranquilas de lo habitual, pero aún quedaba una belleza melancólica en París.
Nos detuvimos en una pequeña panadería que todavía tenía algunos pasteles en exhibición.
Con las pocas monedas que teníamos, compramos un par de éclairs y nos dirigimos al parque cercano.
Nos sentamos en un banco, disfrutando del sabor del chocolate y la crema. Estuvimos en silencio, observando cómo el sol se ponía detrás de los edificios, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. En ese momento, sentí una paz profunda, una conexión que iba más allá de las palabras.
—Gracias por recordarme que hay algo por lo que ser felices en estos tiempos de mierda —dijo Pablo, apretando mi mano con suavidad.
—No son tiempos de mierda, Pablo. Son tiempos de guerra. Amar vale el doble.
Solo Hugo era capaz de decir aquello mientras, alrededor, la gente seguía matándose. Por eso estaba enamorado de él, porque el amor y la guerra podían rozarse y no odiarse.
Esa noche, mientras nos acostábamos, sentí una gratitud inmensa.
La guerra seguía siendo una sombra en nuestras vidas, pero habíamos aprendido a encontrar la luz en medio de la oscuridad.
Y, en esos momentos de intimidad, lejos del bullicio y las preocupaciones del mundo exterior, construimos un refugio de amor y esperanza.
A pesar de nuestros amigos surrealistas, nos reuníamos con los españoles que resistían en París.
La Resistencia era algo imparable. En octubre de 1939, París era un hervidero de actividad clandestina.
La ciudad albergaba un espíritu indomable de resistencia.
Cada día, me encontraba con otros compatriotas en pequeños cafés y apartamentos oscuros, planeando nuestras próximas acciones.
Ayudábamos a los que llegaban de España, escondidos donde y como podían, a encontrar un futuro y a poder sobrevivir como nuestras amigas habían hecho con nosotros.
Eran tantos que no dábamos abasto, pero aquellas pobres personas entendían que todo era un esfuerzo.
A veces, decidíamos no desayunar por ayudar a algunos o, en otras ocasiones, teníamos a dos catalanes y un madrileño —pongamos eso por dar un número de los que pasaron— durmiendo en el pequeño salón de nuestro apartamento.
Sira y Marta hacían lo mismo, pasando de un lado a otro información en la ciudad, y Pablo, bueno, Pablo hablaba con todos los que llegaban huyendo para contar testimonios en el diario.
Así poníamos nuestro grano de arena. Nos sentíamos útiles en mitad de aquel caos.
El régimen del Generalísimo, como él mismo se había bautizado, adoptó una postura muy dura hacia los republicanos españoles que se habían exiliado tras la Guerra Civil. También a los que lo habíamos hecho antes y durante.
Franco y su gobierno no solo los consideraban enemigos del Estado, sino que también cuestionaban su identidad nacional. En varias ocasiones, Franco afirmó que los republicanos exiliados no éramos verdaderos españoles, sino traidores que habíamos abandonado nuestra patria.
Esta retórica tenía como objetivo deslegitimarnos y minimizar la influencia en el extranjero.
A pesar de estas declaraciones, los exiliados continuamos luchando por la democracia y la libertad desde nuestros nuevos hogares en países como Francia, México y Argentina.
En cada esquina había un compatriota que, según su país, era un apátrida. Nosotros nos entendíamos.
A medida que pasaban los días, nuestras vidas se entrelazaban más con las de otros exiliados.
Cada uno tenía una historia que contar, una pérdida que lamentar y una esperanza que mantener viva.
Las noches en nuestro pequeño apartamento se llenaban de conversaciones apasionadas sobre política, arte y el futuro de España.
Sira y Marta, con su energía incansable, se convirtieron en el alma de nuestro grupo, siempre dispuestas a ayudar y a compartir una sonrisa.
En nuestro salón, en el suyo o en cualquier bar, pero siempre estábamos los cuatro compartiéndonos con los demás.
Pablo, por su parte, se sumergía en su trabajo periodístico.
Sus artículos eran una ventana al mundo para muchos de nosotros, una forma de mantenernos conectados con nuestra patria y de denunciar las injusticias del régimen franquista.
Cada vez que publicaba un nuevo testimonio, sentíamos que nuestra voz se hacía un poco más fuerte, que nuestra lucha no era en vano.
Yo, en mi rincón del salón, encontraba consuelo en la pintura.
Los colores y las formas eran mi refugio, mi manera de expresar lo que las palabras no podían.
Salvador, con su extravagancia y genialidad, me había abierto las puertas de un mundo que nunca había imaginado.
Mis obras empezaron a venderse y, aunque el éxito no era mi objetivo, sentía que cada pincelada era un acto de resistencia, una afirmación de mi identidad y de mi derecho a existir.
Yo solo quería vender, poder vivir de lo que me apasionaba. Aunque todo se desmoronara alrededor.
El mundo parecía haber entrado en una especie de tregua. La guerra, aunque presente, no había alcanzado aún su punto álgido y, en nuestro rincón del exilio, se percibía una calma engañosa. Parecía un respiro.
Las calles de la ciudad rebosaban de gente que intentaba llevar una vida normal, a pesar de la sombra de la guerra que se cernía sobre Europa.
Los cafés y las plazas seguían siendo lugares de encuentro, donde se discutía sobre política y se compartían sueños de un futuro mejor.
Sin embargo, bajo esa aparente normalidad, se sentía una tensión palpable, un ambiente enrarecido que nos recordaba constantemente la fragilidad de nuestra situación.
En nuestro apartamento, las noches eran un remanso de paz.
Nos reuníamos alrededor de la mesa, compartiendo historias y risas, tratando de olvidar por un momento las preocupaciones que nos acechaban.
Sira y Marta seguían con su incansable labor, mientras Pablo continuaba escribiendo con fervor, documentando cada testimonio que llegaba a sus manos.
Yo, por mi parte, encontraba consuelo en mis pinceles, dejando que los colores hablaran por mí.
La política no me interesaba lo más mínimo, no como a ellos.
Yo vivía desconectado de todo tipo de planes, encuentros y reuniones.
Acudía a alguna al igual que Pablo lo hacía conmigo a las de los surrealistas, pero no prestaba atención a nada.
Yo estaba sumido en mis pensamientos. Todo aquello me sonaba extraño, lejano y confuso.
Creo, a día de hoy, que era demasiado joven como para entenderlos.
A pesar de la calma aparente, sabíamos que la paz era frágil, una ilusión que podía desvanecerse en cualquier momento.
Las noticias que llegaban del frente eran cada vez más inquietantes y, aunque intentábamos mantener la esperanza, no podíamos evitar sentir un nudo en el estómago cada vez que pensábamos en lo que el futuro nos deparaba.
Esa falsa paz nos permitió, al menos por un tiempo, recuperar fuerzas y prepararnos para lo que estaba por venir.
Nos aferrábamos a los pequeños momentos de felicidad, a las conversaciones en la penumbra y a los sueños compartidos, sabiendo que, aunque el camino fuera difícil, no estábamos solos.
La solidaridad y el apoyo mutuo se convirtieron en nuestro refugio, en la luz que nos guiaba en medio de la oscuridad.
Al llegar al apartamento en Montmartre aquella noche de otoño, me sentía agotado. Subí las escaleras lentamente, deseando solo un poco de tranquilidad. Al abrir la puerta, me sorprendió encontrar el lugar a oscuras. ¿Dónde estará? , pensé.
De repente, las luces se encendieron y vi a Pablo, a Sira y a Marta de pie en el centro del salón, con una gran sonrisa en sus rostros. Pablo sostenía una tarta de cumpleaños, decorada con velas encendidas. Me quedé sin palabras.
—¡Feliz cumpleaños, Hugo! —exclamaron al unísono. Me acerqué, aún incrédulo, y vi la tarta más de cerca. Era fea. Muy fea. Pero era una tarta de resquicios dulces y otros amargos, compuesta con lo que quedaba y encontraban, hecha con el cariño que nos unía.
—No puedo creer que os hayáis acordado —dije, sintiendo una mezcla de emoción y gratitud.
Pablo se rio y me llevó hasta su boca.
—Para ser honestos, casi se nos pasa. Pero mientras hablábamos esta tarde, de repente me di cuenta de qué día era. No podíamos dejar pasar la oportunidad de celebrarlo contigo.
—Ya eres mayor de edad, pequeño —me afirmó Marta con cariño.
Nos sentamos alrededor de la mesa y, mientras Pablo cortaba la tarta, compartimos historias y risas. Esa noche, en nuestro pequeño apartamento en Montmartre, sentí una paz y una felicidad que hacía tiempo no experimentaba. A pesar de todo, estábamos juntos, y eso era lo que realmente importaba.