PABLO París, agosto de 1939 #3
—No podemos permitir que el franquismo destruya todo por lo que hemos luchado. Si Hitler cae, Franco cae. Eso es así. El fascismo caerá.
Hugo y Marta nos miraban, sin llegar a entendernos. La Resistencia continuaría y, algún día, la libertad volvería a nuestra tierra.
Las semanas pasaban y nuestra relación se fortalecía a medida que íbamos entendiendo la ciudad.
Hugo vendía todo lo que tenía y se iba haciendo un hueco entre los intelectuales.
Aquel era su sitio. Vendía las joyas que su abuela le había dado y lo que valía algo que encontraba por el piso. Y así resistíamos.
Y yo, bueno, yo me limitaba a acompañarlo.
Lo quería y aquello era suficiente. Redactaba bien y, pronto, en una de esas exposiciones a las que íbamos, conseguí una colaboración en el diario Le Monde .
Me la dio una periodista que cubría la noticia de la exposición.
Se llamaba Loreine y era una francesa convencida de que había que contar la verdad, ser fiel a los ideales y mirar hacia el futuro con un ojo puesto el pasado para no repetirlo.
Era dura, seca y algo cortante, pero confió en mí.
Supe que bajo su media melena rubia y traje impecable de chaqueta y falda de pinzas había alguien en quien poder confiar.
Escribía con dificultad en francés, pero Hugo me corregía y entre los dos sabíamos escribir bajo mi pseudónimo.
En Le Monde me dejaron hablar sobre España y su guerra, sobre lo que me iba enterando que sucedía en mi país.
Había perdido mi profesión, pero seguía enseñando.
Ya no eran niños, ahora había que comunicarle al mundo lo que pasaba en España.
Y aquello hacía que mi rueda siguiera teniendo sentido.
Una tarde, mientras visitábamos una exposición de arte en el Musée de l’Orangerie, nos encontramos con Salvador Dalí nuevamente. Esta vez, estaba acompañado por Gala, su musa y compañera.
—¡Ah, mis queridos amigos! —exclamó Dalí al vernos—. ¿Qué os trae por aquí hoy?
—Seguimos explorando la ciudad, señor —respondió Hugo, sonriendo.
—París es un lugar de infinitas posibilidades —dijo Gala, con una sonrisa enigmática—. Aquí, los sueños se mezclan con la realidad.
Pasamos la tarde conversando sobre arte, amor y la vida en París. Dalí, con su habitual excentricidad, nos habló de sus proyectos y visiones, mientras Gala nos contaba historias de sus viajes y experiencias. Le dio a Hugo unos de sus contactos para ampliar su rango de ventas en la ciudad.
—La vida es un lienzo en blanco —dijo Dalí, mirándonos a Hugo y a mí—. Y vosotros, mis amigos, tenéis la oportunidad de pintarlo con los colores que elijáis. Sois la viva imagen de la libertad.
La tarde avanzaba entre risas y anécdotas, hasta que, como si una sombra hubiera atravesado la luz del salón, la conversación derivó inevitablemente hacia la guerra.
—La guerra… —murmuró Hugo, casi sin querer—. Siempre acaba encontrándonos, incluso cuando creemos haber escapado. Dejé Barcelona para seguir hablando de ella.
Dalí ladeó la cabeza, observándolo con esa mezcla de curiosidad y dramatismo tan suya.
—¡Ah, la guerra! —exclamó, abriendo los brazos—. Es la mayor de las catástrofes y, al mismo tiempo, el espejo donde el hombre contempla su locura más sublime.
—«Sublime» no es la palabra que yo usaría —respondí, con un tono que buscaba ser respetuoso, pero no pudo ocultar el cansancio—. Los que la hemos visto de cerca solo conocemos su horror. No sé dónde pasaste la guerra de España, pero Hugo y yo la vimos, la sentimos hasta el final.
Dalí me miró fijamente, y por un momento se despojó de su máscara de genio teatral.
—Lo sé, amigo mío. Pero incluso el horror tiene una forma. Yo la busco, para entenderla. El arte no huye del caos, lo transforma.
Gala, que hasta entonces había permanecido en silencio, habló con voz serena:
—La guerra destruye, sí… pero también revela quiénes somos. Los que crean, los que aman, los que todavía creen en algo… esos son los que la vencen, aunque pierdan todo lo demás.
Hugo la miró con una mezcla de admiración y melancolía.
—Nosotros solo intentamos sobrevivir —dijo—. Pintar, vender, comer, escribir… y seguir creyendo que el mundo puede volver a tener color.
Dalí sonrió levemente, y su bigote pareció moverse como una pequeña ola.
—Entonces, ya sois artistas, aunque no lo sepáis —declaró—. Porque el arte, mis queridos, es precisamente eso: sobrevivir al desastre con la imaginación intacta. Desde los márgenes.
Sus palabras resonaron en mi mente mientras caminábamos de regreso a nuestro apartamento.
Dalí era tan excéntrico que siempre tenía razón.
Hugo y yo siempre estábamos fuera de los márgenes de la vida.
París nos había dado la libertad de ser nosotros mismos, de amar sin miedo y de soñar con un futuro mejor.
Y, aunque el clima político seguía siendo incierto, sabíamos que, mientras estuviéramos juntos, podríamos enfrentar cualquier desafío.
O eso creíamos. Claro que, por aquel entonces, todavía no sabíamos nada.
De que en la Tierra podríamos estar como en el infierno.